03 septiembre 2006

Barba y pensamiento

El 3 de septiembre de 1883 murió Ivan Turgueniev, escritor ruso del que podemos recordar, por su conexión con el post anterior, la novela Humo, una procelosa historia de amor, aunque su libro más interesante es Padres e hijos, cuyo protagonista trata de conseguir la libertad universal.

Turgueniev, como se ve en la foto, tenía barba, una barba blanca y cuidada. No fue por ese motivo que estudió, entre otros, a Bakunin, otro ruso con barba, pero éste tenía una barba, como se aprecia en la foto, algo más descuidada, seguramente porque se devanaba los sesos pensando acerca de la anarquía. A propósito de las barbas, Macedonio Fernández también tenía barba y fue un gran pensador y metafísico, a pesar de su apariencia espectral, debida posiblemente a que estaba más cerca del lado de allá que del lado de acá, y a pesar de que su barba no podía existir, como tampoco existimos ni tú ni yo; al barbudo González Olaza dedicó Felisberto Hernández (que no tenía barba, sino bigote, porque las partes de su cuerpo tenían tal independencia que lo abandonaban cuando querían) su relato La barba metafísica; imperdonable sería pasar por alto la inabarcable barba de Valle-Inclán; Unamuno también tenía barba; barbados eran Pío Baroja y Wilkie Collins, como barba tenían León Felipe y el Che Guevara, Julio Cortázar y tantos otros.

No resulta, por lo demás, curioso ni significativo, sino totalmente lógico, que tanto Turgueniev como Bakunin tengan otro punto de contacto: Bakunin tradujo a Hegel y Turgueniev lo estudió.

Recordemos unas palabras de Bakunin:

Yo soy un buscador apasionado de la verdad y un enemigo, no menos apasionado, de las ficciones desgraciadas con que el partido del orden, ese representante oficial, privilegiado e interesado en todas las torpezas religiosas, metafísicas, políticas, jurídicas, económicas y sociales, presentes y pasadas, pretende servirse, todavía hoy, para dominar y esclavizar al mundo. Yo soy un amante fanático de la libertad, a la que considero como el único medio, en el seno de la cual pueden desarrollarse y agrandarse la inteligencia, la dignidad y la felicidad de los hombres... La libertad que consiste en el pleno desarrollo de todas las potencias materiales, intelectuales y morales que se encuentran latentes en cada uno... Yo entiendo esta libertad como algo que, lejos de ser un límite para la libertad del otro, encuentra, por el contrario, en esa libertad del otro su confirmación y su extensión al infinito; la libertad limitada de cada uno por la libertad de todos, la libertad por la solidaridad, la libertad en la igualdad; la libertad que triunfa de la fuerza bruta y del principio de autoridad, que no fue nunca más que la expresión ideal de esta fuerza... Yo soy partidario convencido de la igualdad económica y social, porque sé que, fuera de esta igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos, así como la prosperidad de las naciones, no serán nunca nada más que mentiras.

P.D. El nombre 'Bakunin' me trae a la memoria el nombre 'Binbiniqegabenik', personaje de un libro cuyo título tendréis que buscar en el google. Y ya que estáis ahí poned 'miserable failure' y dadle a 'voy a tener suerte'. Así podréis comprobar qué certero y preciso es el google.

3 comentarios:

LOLA GRACIA dijo...

¿Ves porqué la cara es importante? Todo marca y todo se marca en nuestra cara. Por eso me encanta ver las caras de la gente. Se aprende mucho

Ed. Expunctor dijo...

Siguiendo a Felisberto, diré que en este caso la cara no es lo importante: lo importante es la barba, y lo es por la función que ha desempeñado mientras estos pensadores y poetas se dedicaban a pensar y componer: la actividad de pensar que desarrollaban llevaba aparejada, seguramente indiscutiblemente, la actividad de mesarse las barbas, que crea un ritmo en el pensamiento que aún está pendiente de ser investigado, porque pocos científicos se atreven.

LOLA GRACIA dijo...

Me parto, ja,ja. Muy bueno...Habrá que ir investigando a ver eso de mesarse como estimula la actividad cerebral