04 septiembre 2006

El mundo de la crueldad

El 4 de septiembre de 1896 nació A. Artaud, un tipo que se dedicó a la dramaturgia y que con su libro El teatro y su doble sentó las bases del llamado Teatro de la crueldad, con la propuesta de volver a los orígenes del teatro, a un mundo divino, mítico, a su vinculación con la poesía, con la magia ancestral, y retomar la importancia de los gestos y la expresión del cuerpo en la representación, suprimiendo las barreras entre escenario y público.

En su Segundo Manifiesto del Teatro de la crueldad dice que "lo advierta o no, consciente o inconscientemente, lo que el público busca fundamentalmente en el amor, el crimen, las drogas, la insurrección, la guerra, es el estado poético, un estado trascendente de vida. El Teatro de la Crueldad ha sido creado para devolver al teatro una concepción de la vida apasionada y convulsiva; y en ese sentido de violento vigor, de extrema condensación de los elementos escénicos, ha de entenderse la crueldad de ese teatro. Esa crueldad, que será sanguinaria cuando convenga, pero no sistemáticamente, se confunde pues con una especie de severa pureza moral que no teme pagar a la vida el precio que ella exige".

Podemos acogernos al tópico del mundo como teatro y decir que el mundo en el que vivimos es el mundo de la crueldad y que, ciertamente, vuelve a los orígenes: a la concepción del hombre como mono, un mono interesado no por bananas ni cocos, sino por dinero y apariencias; un mundo donde el mono se tapa los ojos y las orejas y la boca para no ver la crueldad ni oír el dolor ni hablar revoluciones cotidianas. Este mundo de la crueldad utiliza una magia llamada televisión para inyectar en los espectadores una vacuna que los inmuniza ante las miserias humanas: miserias como el hambre y las guerras, la muerte de seres humanos únicamente porque no tienen nada que comer, porque carecen de dinero para comprar vacunas, porque el mundo autodenominado civilizado los ha exprimido primero y abandonado después.

Este mono-mundo cruel también retoma la importancia de la magia y de los gestos: sus representantes hacen gala de ser grandes prestidigitadores que te emboban con sus gestos para que no te sorprenda la discordancia entre palabras dichas y acciones realizadas.

Mundo de la crueldad que suprime las barreras entre escena y público: esa separación que antes estaba asegurada por ciertos derechos del espectador o ciudadano, se hace cada vez más débil, más difusa, e invocando la amenaza inminente sobre ciertas “grandes palabras” como ‘libertad’ o ‘democracia’ se van limando los ladrillos de la barrera.