19 diciembre 2006

Bécquer

A ese hombre se le caía el ritmo de los bolsillos cada vez que metía la mano, ya fuese para sacar un pañuelo y limpiarse las lágrimas o para sacar una moneda y comprarse un retrato.

Sus estornudos siempre corrían el riesgo de ser penta, sexa, hepta, deca o endecasílabos, y asonantes, por más que sonaran y sonaran sus narices.

No había esquina que no redondease sus perfiles al verlo aproximarse. Hinchaban sus rectas siluetas de yeso, como nubes con forma de globo aerostático, para que el ritmo rebotase en ellas con la energía del aire incendiado.

Los gatos de su barrio lo miraban de refilón, sin recelos, esperando ver salir de entre sus labios la palabra 'barro', conjugada en segunda persona, y aunque nunca lo vieron, no por ello dejaron de soñar con una tumba, sin memoria y sin nombre, rodeada de ortigas y de flores sin pétalos.