04 marzo 2008

Julio Jaula

Abrió el correo de la revista literaria y filosófica que dirigía. Respondió algunos de los mensajes que tenía pendientes y miró algunos de los nuevos. Había uno de un tal Julio Jaula, que enviaba un texto para que la revista considerase la pertinencia de su publicación. Abrió el archivo y leyó las tres páginas escritas por Julio Jaula, un pseudónimo cuanto menos llamativo. Cuando acabó de releerlo, supo que ese texto no se podría publicar, porque nadie querría publicarlo. Tuvo que reconocer que le había gustado: formalmente era magnífico, pero el contenido, aun siendo genial, era demasiado irreverente. Julio Jaula utilizaba una ironía mordaz que hería al propio lector como un desgarro, realizaba unas preguntas que contenían la respuesta, pero se trataba de respuestas tan cáusticas que sería imposible sacarlas a la luz, al menos en su revista.

No obstante, a la mañana siguiente se reunió con los miembros del consejo de redacción y con los coordinadores de la revista para discutir la pertinencia de publicar el texto de Julio Jaula. Le entregó a cada uno una copia del escrito. Leyeron. Mientras lo hacían, él observaba las expresiones de sus caras. Fruncían el ceño, entrecerraban los ojos, tomaban el nombre de Dios en vano, estiraban los labios hacia atrás enseñando todos sus dientes, se llevaban las manos a la frente y a la cabeza, inspiraban aire poniendo los labios como si fueran a dar un beso. Y todo eso, en alguna ocasión, simultáneamente.

Coincidieron en que el texto era magnífico desde el punto de vista de su configuración formal. Uno de los coordinadores alabó especialmente los mecanismos de la ironía que lo articulaban; uno de los redactores elogió la utilización de las figuras retóricas y la confluencia de todos los significados textuales en la afirmación final, tan breve, tan concisa, tan certera. Él, por su parte, dio a entender que se haría lo que decidieran, que él, si querían, también estaría dispuesto a publicarlo.

Sin embargo, todos dijeron que aquel texto no se podía publicar en la revista, porque lo que en él se decía les pondría en aprietos muy serios. Aunque no fuesen responsables de las opiniones expresadas por la gente que publicaba, en cierto modo sabían que sí lo eran, pues decidían qué se publicaba y qué se excluía de las páginas de la revista.

Cuando el director llegó a su casa, poco antes de comer, abrió de nuevo el correo y le envió a Julio Jaula una respuesta, escueta y diplomática, del tipo siguiente: Lamentamos informarle de que su texto no ha sido seleccionado para formar parte del próximo número de la revista, pero le invitamos a que envíe otros textos para su consideración. Reciba Ud. saludos cordiales, etc.

*

Por la noche, antes de acostarse, el director miró su correo. No el de la revista, sino su correo personal. Tenía seis mensajes nuevos. Su hermano le decía que el sábado habían quedado para comer con sus padres; su amigo le enviaba otro powerpoint de mierda; dos mensajes basura; otro mensaje de su amigo, otro powerpoint de mierda; y otro mensaje... El último mensaje se le había reenviado desde la dirección de correo que utilizaba para mantener su anonimato en el ámbito filosófico y literario. Al principio lo abrió con curiosidad, pero en cuanto vio el remitente se le dibujó una sonrisa sardónica en la cara, más propia de Julio Jaula que del director de la revista. No tenía por qué, porque sabía perfectamente lo que decía, pero se leyó a sí mismo: Lamentamos informarle de que su texto no ha sido seleccionado...