18 octubre 2009

Dolor de dedos

Por más que insistía, no era capaz de desatar aquella cuerda. Estaba atada al respaldo del banco del parque en el que se sentaba todos los días a la hora del almuerzo. Cuando empezaron a dolerle las uñas, sacó las llaves y lo intentó con ellas, pero también le dolían las yemas de los dedos, y las uñas se le ponían blancas de la presión, pero, para presión, la que experimentó en las uñas de sus dedos índice y corazón de la mano derecha cuando ésta resbaló y golpeó, con una fuerza tremenda, el respaldo de madera del banco.

Fue como sentir dos alfileres enormes atravesándole las uñas a esos dos dedos y las respectivas yemas. Fue un dolor tan intenso que le provocó un mareo vertiginoso. Se le nubló la vista. Sus ojos parecían estar ardiendo. Le gustaría decir que apenas sentía sus dos dedos, pero, taladrados por aquellas púas, los sentía demasiado, y pensó que hay ciertas cosas que no habría que sentir tanto.

En cambio —pensaba mientras, aún con los ojos cerrados, se chupaba las puntas de sus dos dedos, las embadurnaba en saliva y les soplaba—, otras cosas más importantes ni siquiera las sentimos, porque no somos conscientes de la realidad de su existencia, de hasta qué punto existen con tanta o más, claro, muchísima más intensidad que este dolor de dedos incapaces de desatar un mísero nudo.

#x#

2 comentarios:

Thedarksunrise dijo...

Suele pasar que la obstinación tenga castigo y no recompensa. Quizá eso sea legal en algún estado moral. Besisss

Ed. Expunctor dijo...

Querida Darkie, este asunto no está sujeto a legalidades.

Según de qué se trate, la obstinación puede o no tener recompensa. Si es algo que depende exclusivamente de ti -¡exclusivamente!- tendrá recompensa y beneficio, porque lo conseguirás (el "exclusivamente" es fundamental).

Castigo, pocas veces.

A lo sumo, ningún fruto deseado.

Saludos obstinados! XDD