21 octubre 2009

Las distopías no son novelas, son metáforas de la realidad

La ignorancia da la felicidad. Y usted tiene derecho a ser feliz: tiene todo el derecho del mundo a ser feliz. En consecuencia, usted no sólo tiene el derecho, sino también la obligación de ser ignorante. Por tanto, el gobierno de su país se encarga de proporcionarle a usted la felicidad, toda la felicidad del mundo.

Distopías como 1984, Un mundo feliz, Fahrenheit 451 o Rebelión en la granja, no son novelas. Repetimos: no son novelas. Precisamos: no son ficción.

Son, sencillamente, metáforas de la realidad. Puesto que hacer una descripción de la realidad tal y como es no sirve para nada, los autores de estos textos optaron por elaborar metáforas de la realidad.

Como se sabe, toda metáfora tiene dos planos: el plano real (R) y el plano evocado (M). El libro sólo presenta el plano evocado (M). El lector debería advertir que el plano real (R) se sitúa, ni más ni menos, donde mueve su culo, es decir, en la mismísima realidad. Y al advertirlo se dará cuenta de que él forma, como le ocurre a los personajes de la metáfora que lee, parte de un sistema que aniquila la personalidad, la identidad, la individualidad.

La literatura arroja luz sobre los ojos, pero los ojos, que están hechos para recibirla, están acostumbrados a la penumbra en la que viven durante tantos años. Primero: el Ratoncito Pérez, el Hombre del Saco, el Coco, el Niño Jesús, los fantasmas, los Reyes Magos, los espíritus. Después: Cupido, la media naranja, el alma y el espíritu, el Cielo y el Infierno, Dios y Satanás.

Tantas mentiras inculcadas –consciente e inconscientemente– desde la más tierna infancia tejen al hombre una telaraña en las pupilas y lo convierten en un ser incapaz de ver. La literatura va rasgando las telarañas y permite que se adentren en tus ojos rayitos de luz, hasta que un día no es un rayito, sino el sol mismo el que se adentra en tus ojos y entonces ya tú eres todo visión.

Al calificar estas obras como “novelas” el lector se despista. Cree que lee ficción, que lee cuentos, que lee mentiras. (Marcel Bataillon no quería que lo llamasen filósofo, porque la filosofía es más ficción: reivindicaba que lo que él hacía era describir la realidad, pero se le sigue encorsetando bajo la etiqueta de filósofo y, por tanto, de constructor de sistemas racionales de pensamiento.)

Así que, repetimos: no son novelas, no son ficciones. Son metáforas de la realidad. El lector que piense que lo que lee es pura ficción y que no tiene mucho que ver con la realidad en la que vive será, sin duda, el hombre más feliz sobre la faz de la tierra: el hombre más ignorante, porque ya se sabe: La ignorancia da la felicidad.

Así que ya saben: si ustedes quieren ser extremadamente felices, profundicen en su ignorancia. Sigan manteniendo sus ojos cerrados, no permitan, ni por un instante, que les entre un poquito de luz, porque la luz quema, y sus ojos, que se hicieron para ver, están más tranquilos tras los párpados, bajo el sueño.

La ignorancia da la felicidad. Y usted tiene derecho a ser feliz: tiene todo el derecho del mundo a ser feliz. En consecuencia, usted no sólo tiene el derecho, sino también la obligación de ser ignorante. Por tanto, el gobierno de su país se encarga de proporcionarle a usted la felicidad, toda la felicidad del mundo.

Desprecie el conocimiento.

El conocimiento no da felicidad.

Sea ignorante.

Sea feliz.

5 comentarios:

La Aspirante dijo...

Me gustan las distopías. Me gustan las metáforas sobre el mundo en que vivimos, me gusta que tengan un trasfondo didáctico o irónico en cada caso, intentando enseñarnos la Verdad por encima de todas las mentiras que nos ciegan o simplemente llevando la realidad a tal extremo que parece una burla sobre el mundo, sobre hasta dónde está dispuesto a llegar el ser humano.

Me gustan. Y, bueno, si nunca seré feliz por no ser una ignorante es un peso con el que tendré que vivir. Ya me voy acostumbrando.

Ed. Expunctor dijo...

...Y hasta la costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas, como decía aquél.

Matías Brasca dijo...

Ay, y la felicidad y el miedo a lo desconocido; pan, circo y rejas: cómodos bastiones para cimentar ésta ficción que nos leen cada noche antes de ponernos a dormir tan confortablemente aterrados...

Thedarksunrise dijo...

Querido Ed. Me veo en la obligación de desmontarle este post en cuatro cómodos pasos.

1. El ratoncito Pérez también es una metáfora.

2. La fuente de la verdad sólo la barajan ciencias como la Filosofía y, en su defecto, la Antropología y la Sociología. Deben estar más cerca de la verdad quienes no deja jamás de buscarla que quienes se acomodan firmando con iniciales su versión de verdad.

3. Más que le pese, la novela jamás sacará a nadie de la ignorancia.

4. Yo soy ignorante e infeliz.

Ale!!

Ed. Expunctor dijo...

--> Terror es una buena palabra, sin duda.

--> Me veo en la misma obligación con respecto a tu comentario, querida Dark:

1. El ratoncito Pérez es una mentira. A ti también te engañaron. Nos pasó a todos...

2.Metáforas de la verdad las tienes en algunos libros. Muchos filósofos no indagan en la verdad, sino en construcciones que nada tienen que ver con ella. La antropología, sin duda, ayuda a acercarse a la verdad, porque desmonta las mentiras que cuentan las religiones, por ejemplo. Sociología..., montajes mentales (bla, bla, bla).

3.La novela, en cuanto literatura, despierta, golpea la conciencia, te estira de las pestañas y te levanta los párpados. Muchos párpados vuelven a caer, pero a veces algunos se quedan abiertos.

4.Si no lo cambias es porque no quieres. Todo es ponerse. En este punto, Schopenhauer discurre acerca de la voluntad...

Salud.