15 septiembre 2010

Ironía de destino

Frente a la creencia generalizada —y fundada únicamente en la labor sistemática de lavado de cerebro llevada a cabo por las religiones y sus portavoces— de que el alma es inmortal, lo que podemos llamar 'alma' es verdaderamente lo único perecedero: nuestra mente fenecerá, nuestra consciencia se extinguirá como una llama en una noche de viento: se sumirá en un sueño y jamás despertará.

Sin embargo, nuestro cuerpo sí que será eterno: la materia que lo constituye va a perdurar por siempre, por los siglos de los siglos de los siglos. Se pudrirá nuestra carne, se evaporará el agua que nos compone, nos comerán los gusanos y demás bichos que nos nazcan adentro. Desde el preciso momento en que muramos, nuestro cuerpo comenzará un nuevo florecer: esparcirá, disgregará su materia, y cualquier día seremos un poco árbol, un poco pájaro, un poco cerdo, un poco pavo real, un poco lluvia, un poco polvo, un poco oxígeno, un poco metano, finalmente sólo gases y flotaremos a la deriva, sin consciencia, por el universo.

Gozamos de un cuerpo infinito.

¡Somos materialmente eternos...!

2 comentarios:

Jesús Garrido dijo...

Perdón, llegué por accidente, estaba hablando con mi amiga cuando un mosquito se ha detenido en la pantalla de mi teléfono móvil, echaré un vistazo a tu blog, [el mosquito ha muerto, lo he chafao]

Ed. Expunctor dijo...

Tendrás que limpiar la pantalla de tu teléfono, no sea que las emanaciones deletéreas del mosquito se te metan por la oreja.