31 diciembre 2010

Paraguas derrotados

Lisboa es una ciudad llena de paraguas derrotados. Allá por donde andemos, encontramos sus esqueletos, sus pieles, partidos, rasgadas, tumbados sobre la acera o en cualquier esquina, junto a los contenedores de basura, con las entrañas abiertas y las alas destrozadas. Los días de lluvia y viento las calles de Lisboa se llenan de cadáveres de paraguas: grandes, pequeños, azules, negros, con sus huesos metálicos retorcidos, con sus carnes de tela agrietadas, de todos los tamaños, de todos los colores. Hay un rastro de huesos, de tripas, que inunda las aceras. Allá un mango, aquí una varilla, al otro lado unos hierros que recuerdan radios de bicicleta, satélites caídos, antenas partidas, intestinos de lavadora. Apenas un fragmento del cierre de un paraguas nos recuerda toda la vida de uno que protegió a su dueño de un chaparrón, de un chubasco, de una tormenta, y así se lo pagan cuando una ráfaga de viento le voltea las entrañas y lo vuelve del revés, reventándole la piel, quebrando su esqueleto. Así se lo pagan. Ni siquiera tienen la decencia de arrojarlo a la basura, sino que ahí tirado, como un objeto cualquiera, ya inservible, ya inútil, en medio del asfalto, como un pañuelo usado, como una colilla. Si al menos lo tiraran dentro de un contenedor de basura, donde podría entonces juntarse con los restos de otros paraguas y contarse sus secretos, las lluvias que pararon, las cabezas que cubrieron, los niños que los empuñaron como espadas y lucharon mil batallas invencibles, los abuelos que los creyeron bastones improvisados. Pero no. Ahí, en medio de la calle, tirados como trapos, los paraguas, exhaustos, agotados, después de tanta lucha contra el viento y la marea, sin que nadie reconozca su mérito, su esfuerzo, su dedicación exclusiva a proteger la ropa y el cabello de una inmensa muchedumbre que ahora ni siquiera piensa en una tumba donde enterrar sus restos.