04 enero 2011

Capítulo V. Las raíces de la religión

«La religión como subproducto de alguna otra cosa

[...]

Mi hipótesis específica es sobre los niños. Mucho más que cualquier otra especie, nosotros sobrevivimos gracias a la experiencia acumulada por las generaciones previas, y esas experiencias necesitan ser transmitidas a los niños para su protección y bienestar.

Teóricamente, los niños podrían aprender de la experiencia personal a no acercarse al borde de un precipicio, a no ingerir frutas de color rojo que nunca hubiesen visto ni probado antes, a no nadar en aguas infectadas de cocodrilos. Pero, por no decir más, habrá una cierta ventaja selectiva para aquellos cerebros infantiles que tienen una regla de tres: creer, sin dudar, cualquier cosa que tus mayores te digan. Obedecer a tus padres, obedecer a los ancianos de la tribu, especialmente cuando adoptan un solemne y conminatorio tono de voz. Confíar sin dudar en nuestros mayores. Esta es una regla generalmente valiosa para un niño. Pero, como ocurre con las mariposas nocturnas, puede ir mal.

Nunca he olvidado un terrorífico sermón, predicado en la capilla de mi escuela cuando era pequeño. Aterrorizante en retrospectiva, esto es, en ese tiempo mi cerebro de niño lo aceptó en el sentido intentado por el predicador. Él nos relató un cuento sobre una escuadra de soldados que estaban ejercitándose al lado de una vía férrea. En un momento crítico, la atención del sargento que los dirigía se distrajo, y él falló en dar la orden de detenerse. Los soldados estaban tan bien entrenados a obedecer órdenes sin pestañear que se mantuvieron marchando hacia el camino de un tren que se aproximaba. Ahora, por supuesto, yo no creo el relato y espero que el predicador tampoco. Pero lo creí cuando tenía nueve años, porque lo escuché de un adulto dotado de autoridad sobre mí. Y aunque él lo creyese o no, deseaba que nosotros, los niños, admirásemos y nos moldeásemos a nosotros mismos conforme a la obediencia esclava e incuestionable ante las órdenes, por más irrazonables que fuesen, mientras proviniesen de una figura de autoridad. Hablando por mí mismo, pienso que nosotros admiramos ese comportamiento.

Como adulto encuentro casi imposible darle crédito a que mi ser de niño se preguntase si yo hubiese marchado hacia un tren que se aproximara. Pero eso, por lo que vale, es como recuerdo mis sentimientos. El sermón, obviamente, me dejó una gran impresión, porque lo he recordado y se lo he relatado a ustedes.

Para ser justo, no pienso que el predicador pensase que él estaba transmitiéndonos un mensaje religioso. Era probablemente más militar que religioso, en el espíritu de la “Carga de la Brigada Ligera” de Tennyson, que él pudo muy bien haber citado:


“!Adelante Brigada Ligera!”

¿Se desmayó algún hombre?

No que supieran los soldados

Alguien había murmurado:

No está en ellos replicar

No está en ellos razonar el porqué

Lo de ellos es hacer y morir:

Hacia el valle de la muerte

Cabalgaron los seiscientos.


(Una de las más antiguas y rayadas grabaciones de la voz humana hechas alguna vez, es la del mismísimo Lord Tennyson leyendo este poema, y la impresión de una declamación fantasmal a lo largo de un oscuro túnel desde las profundidades del pasado luce como tenebrosamente apropiado). Desde el punto de vista del alto comando, sería una locura permitir a cada soldado individualmente tener discreción sobre si obedecer o no las órdenes. Las naciones donde los soldados de infantería actúan por iniciativa propia en vez de seguir órdenes tenderán a perder las guerras. Desde el punto de vista de la nación, ésta permanece como una buena regla, aun si algunas veces conduce a desastres individuales. Los soldados son entrenados a convertirse en algo parecido a un autómata, o computadora, en la medida que sea posible.

Las computadoras hacen lo que se les dice que hagan. Ellas obedecen como un esclavo cualquier instrucción que se les dé en el mismo idioma de su programación. Así es como ellas hacen cosas útiles como procesar palabras y resolver operaciones matemáticas en hojas de cálculo. Pero, como un inevitable sub-producto, ellas son igualmente robóticas en obedecer las instrucciones equivocadas. Ellas no tienen forma de saber si una instrucción va a tener un efecto bueno o malo. Ellas simplemente obedecen, como se supone que hacen los soldados. Es su incuestionable obediencia lo que hace útiles a las computadoras, y exactamente la misma cosa las hace irremediablemente vulnerables a la infección de virus y gusanos de software.

Un programa maliciosamente diseñado que dice: “Cópiame y envíame a todas las direcciones que puedas encontrar en este disco duro”, será simplemente obedecido, y después también obedecido por las otras computadoras a las cuales es enviado en una expansión exponencial. Es difícil, quizás imposible, diseñar una computadora que sea usualmente obediente y al mismo tiempo inmune a las infecciones.

Si he hecho bien mi trabajo de suavización, usted ya debe haber completado mi argumento sobre los cerebros infantiles y la religión. La selección natural construye cerebros infantiles con una tendencia a creer cualquier cosa que sus padres y adultos tribales les digan. Tan confiada obediencia es valiosa para la supervivencia: el análogo de la dirección por parte de la luna para una polilla. Pero el otro lado del disco de la confiada obediencia es una credulidad esclava.

El inevitable sub-producto es la vulnerabilidad a las infecciones por virus mentales. Por excelentes razones relacionadas con la supervivencia darwiniana, los cerebros infantiles necesitan confiar en sus padres y en los otros adultos en los cuales sus padres les dicen que confíen. Una consecuencia automática es que quien confía no tiene forma de distinguir los buenos consejos de los malos. El niño no puede saber que “No chapotees en el Limpopo* infectado de cocodrilos” es un buen consejo, pero “Debes sacrificar una cabra cuando llegue la luna llena porque de otra forma no lloverá” es, en el mejor de los casos, un desperdicio de tiempo y de cabras. Ambas advertencias suenan igualmente confiables. Ambas provienen de respetadas fuentes y son transmitidas con solemne insistencia que demandan respeto y obediencia. Lo mismo ocurre con proposiciones sobre el mundo, sobre el cosmos, sobre moralidad y sobre la naturaleza humana. Y, muy probablemente, cuando el niño crezca y tenga niños propios, naturalmente les transmitirán a sus niños todo el lote completo —tanto las tonterías como el sentido común— usando la misma infecciosa gravedad de maneras.

En este modelo nosotros debemos esperar que, en diferentes regiones geográficas, diferentes creencias arbitrarias, ninguna de las cuales con una base cierta en los hechos, se transmitirán para ser creídas con la misma convicción que las útiles piezas de sabiduría tradicional como la creencia en que la bosta del ganado es buena para las cosechas. Debemos esperar también que las supersticiones y otras creencias tampoco basadas en hechos, evolucionen localmente —cambien a través de las generaciones— ya sea por desviaciones al azar o por alguna forma análoga a la selección darwiniana. Eventualmente, mostrando un patrón de significativa divergencia del antepasado común. Los idiomas se separan de un progenitor común si se les da suficiente tiempo en regiones geográficas separadas (regresaré a este punto en un momento). Lo mismo parece ser cierto de creencias y mandatos sin base y arbitrarios; transmitidos a través de las generaciones —creencias a las que quizá la útil programabilidad del cerebro infantil les dio un aire justo.

Los líderes religiosos son bien conscientes de la vulnerabilidad del cerebro infantil y de la importancia de lograr el adoctrinamiento bien temprano. El alarde de los jesuitas: “Denme al niño durante sus primeros siete años, y yo les daré al hombre”, no es menos preciso (o siniestro) por ser muy común. En tiempos más recientes, James Dobson, fundador del hoy infame movimiento “Enfoque sobre la Familia”** está igualmente familiarizado con el principio: “Aquellos que controlan lo que se les enseña a los jóvenes y lo que ellos experimentan —lo que ven, oyen, piensan, y creen— determinarán el curso futuro de la nación”. Pero recuerde que mi sugerencia específica sobre la útil credulidad de la mente infantil es sólo un ejemplo del tipo de cosas que podrían ser análogas a las polillas navegando guiadas por la luz de la luna y las estrellas. El etólogo Robert Hinde, en Por qué persiste Dios, el antropólogo, Pascal Boyer, en La religión explicada, y Scott Atran, en En los dioses confiamos, han propuesto independientemente la idea general de que la religión es un subproducto de las disposiciones psicológicas normales —muchos sub-productos, diría yo.

Porque los antropólogos están especialmente dedicados a enfatizar la diversidad de las religiones del mundo, así como lo que ellas tienen en común. Los hallazgos de los antropólogos nos parecen extraños a aquellos de nosotros no criados conforme a esos hallazgos. Todas las creencias religiosas parecen extrañas a aquellos que no son criados conforme a ellas. Boyer hizo una investigación sobre los fang de Camerún, quienes creen...


...que las brujas tienen un órgano interno parecido a un animal que vuela durante la noche y arruina las cosechas de otros pueblos o envenena su sangre. También se dice que estas brujas algunas veces se reúnen para enormes banquetes, donde devoran a sus víctimas y planifican futuros ataques. Muchos le dirán a usted que un amigo de un amigo realmente vio a las brujas volando sobre la aldea durante la noche, sentándose en un hoja de plátano y lanzando dardos mágicos a varias víctimas desapercibidas.


Boyer continúa con una anécdota personal:


Yo estaba mencionando éste y otros exóticos relatos durante una cena en la Universidad de Cambridge, cuando uno de nuestros invitados, un prominente teólogo de Cambridge, se giró hacia mí y dijo: Eso es lo que hace a la antropología tan fascinante y tan difícil también. Uno tiene que explicar cómo pueden las personas creer tales sin sentidos, lo que me dejó estupefacto. La conversación había avanzado antes de que yo pudiese hallar una respuesta pertinente —relacionada con pailas y ollas.


[…] »


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*El Limpopo es un río de 1600 kilómetros de largo, que partiendo del norte de Suráfrica atraviesa a Mozambique hasta desaguar en el océano índico.
** Me divertí cuando vi “Enfóquese En Su Propia Maldita Familia” en un letrero pegado en el parachoques de un carro en Colorado; pero ahora me parece menos chistoso. Quizás algunos niños necesitan ser protegidos de sus propios padres (vea el capítulo noveno).

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*****Fragmento de Richard Dawkins: El espejismo de Dios (aquí en pdf; hay una edición de bolsillo por 10 €: Booket-Espasa, Madrid, 2010; la traducción de esta edición es mucho mejor que la traducción del pdf, que es la que he copiado aquí y deja bastante que desear, tanto que he tenido que arreglarla un poco y mejorarla incluso cambiando algunas de sus frases por otras de la edición de Booket.)*****