22 enero 2011

"...pero si solamente se hace por burla y desprecio..."


Según esto, si haces burla y desprecio a un dios cuya falsedad y quimera reconoces no estás cometiendo blasfemia. Pero antes de seguir pongamos de manifiesto el malabarismo lingüístico empleado en este fragmento, pues todos los fragmentos de la teología son malabarismos lingüísticos. Nótese que dice: "blasfeman los que juran ó votan por dioses falsos si lo hacen seriamente, ó les atribuyen en su interior alguna de las divinas perfecciones". Parte de la premisa de que hay dioses verdaderos y dioses falsos, y entiende que quien cree en un dios distinto al suyo y jura por él comete blasfemia y herejía, sin tener en cuenta que a esa persona no le son aplicables los pecados cristianos, pero aún así, por sus ansias de expansión y mundialismo, el cristianimos hace culpables y pecadores a todos los hombres, incluso los que no forman parte de su sistema religioso. Además, el teólogo de turno afirma, sin saber cómo, que los dioses verdaderos son sólo uno que es tres personas, aun cuando las personas sólo pueden ser humanas o gramaticales.

Pero, a pesar de todo, así se sigue manteniendo en el Catecismo de la Iglesia Católica: "El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban. Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico)" (artículos 464-465). Como se entiende, el sintagma "esta verdad de fe" es un oxímoron, pues los términos verdad y fe son radicalmente contradictorios: la verdad es un conocimiento que no se puede negar racionalmente; la fe es una creencia infundada e irracional.

Además de declarar -sin más pruebas que un libro manipulado textualmente a lo largo de los siglos y que está plagado de plagios y de contradicciones- la falsedad de todos los dioses que no sean su dios, la teología cristiana entiende que se puede hacer burla y desprecio de los demás dioses, y no pasa nada: "si se hace por burla y desprecio, reconociendo la falsedad y quimera de semejantes dioses, no habrá blasfemia".

¿Y qué pasa, entonces, cuando yo digo "me cago en dios y en su puta madre" -que, por lo demás, es una expresión que últimamente empleo hasta cuando el mechero no enciende, cosa que ocurre cada dos por tres porque tengo un clipper que falla mucho-? Pues que muchas personas me miran raras, e incluso hay quien dice, alarmado: "Uy, muchacho, eso no se dice", a lo que yo tengo que responder: "No pasa nada, no hay blasfemia, porque lo digo sólo por burla y desprecio, reconociendo su inexistencia y su condición quimérica".

Lo que quiero decir es que la teología está tan mal hecha, tan mal elaborada y tiene tantas incongruencias porque responde a la más pura fantasía: un sistema tan mal construido que me da licencia para decir eso y justificarlo empleando sus propios argumentos.

(Que no, que es broma. Yo no puedo blasfemar de la misma manera que tú no puedes blasfemar, porque la blasfemia no tiene un estatuto diferente al juramento de los elfos: tiene, exactamente, la misma validez, con una salvedad: si crees en ella te atormentará el cerebro, y necesitarás confesarte para que la corrosión cerebral se estabilice. Son las consecuencias mentales de ser adoctrinados por sectas religiosas.

¿Alguna vez te has preguntado por qué a las personas que pertenecen a una secta les cuesta tanto darse cuenta de que la secta les ha corroído el cerebro para aprovecharse de ellas, para que los líderes de la secta tengan más poder y más dinero...? ¿Por qué es tan difícil darse cuenta?)


________________
*Referencias bibliográficas:
Larraga, Francisco (1833): Prontuario de la teología moral, Barcelona, Impr. de Sierra y Martí.
Catecismo de la Iglesia Católica.