07 mayo 2013

El cangrejo y la muerte

Él no pensaba nunca en aquella cosa, de hecho sus padres cambiaban de canal cuando salía en la tele, o lo dejaban en casa de algún amigo cuando la cosa era de verdad y tenían que ir a aquel sitio que no era para niños, de modo que no era un tema en el que pudiera pensar porque constantemente se le había escamoteado. En el sexo, sin embargo, aunque se le ocultaba de la misma manera, sí que pensaba, sin saber cómo ni cómo no, y de vez en cuando se sorprendía con pensamientos de esa índole.
Pero un día tuvo que afrontar aquella cosa. Era un sábado templado de invierno y él exploraba la playa, que estaba llena de cañas y de corchos y de maderas y de latas y botellas y bolsas de plástico y de docenas de otros objetos (paraguas rotos, tapones, tampones, zapatillas y zapatos destrozados, jirones de ropa, etcétera; todo manchado con pegotes de galipote), que la marea había arrastrado hacia fuera. Cualquier otro fin de semana habría estado con tres amigos, pero esta vez estaba solo, y se moría de ganas por encontrar algo chulo en aquel revoltijo que el mar había vomitado sobre la playa de una manera furiosa, como si el propio mar tuviera una indigestión de tanta porquería con que lo infestan los humanos.
No podía parar de preguntarse de dónde saldrían tantas cañas: cientos, miles de cañas entrecruzadas que formaban una plataforma por la que podía caminar con cuidado a un metro sobre la arena. Caminaba despacio, fijándose muy bien en dónde ponía los pies, y deteniéndose cada dos o tres pasos para escrutar entre las cañas, a ver si encontraba algo guay que enseñarles el fin de semana siguiente a sus amigos de la playa.
Él también llevaba una caña larga para afianzarse en su avance y, de paso, tentar los objetos que iba viendo entre las cañas. Con la caña pudo comprobar que un balón de cuero estaba pinchado, que a un muñeco le faltaba la cabeza y un brazo, que un coche de juguete estaba lleno de galipote, que lo que parecía un joyero era en realidad un trozo de corcho, que lo que le pareció una pulsera de oro simplemente era un trozo de hilo dorado. Con la caña se ahorraba tener que descender entre el amasijo de cañas hasta el objeto en cuestión y comprobar si estaba en condiciones para quedárselo.
Y con la caña afrontó aquella cosa que encontró a mitad de la playa, atrapada por las cañas. Al principio le pareció una muñeca hinchable, con su pelo negro artificial y largo sin brillo, y se ilusionó, aunque no fuese a quedársela, simplemente por verla, pues nunca había visto ninguna de verdad, tan solo a través de Internet; pero en cuanto quitó con la caña la bolsa de plástico que había sobre lo que sería la cara, empezó a tomar consciencia de qué era. Es un muerto, pensó, no, es una muerta, tiene el pelo largo. Tener ese pensamiento, que se generó como una explosión en su cerebro, tuvo unas consecuencias inauditas en él. Notó cómo el pecho se le hinchaba y el cuerpo se le llenaba de una sensación de miedo, o de inseguridad; como si le hubiera salido del estómago una mano que se estuviera abriendo paso dentro de su barriga y le provocase una ligera corriente eléctrica que lo inmovilizara durante unos segundos, al cabo de los cuales cayó en la cuenta de que había dejado de respirar, así que volvió a hacerlo, expulsando todo el aire que había guardado en sus pulmones desde que vio el cadáver. La sensación se transformaba, y ahora le recorría todo el cuerpo una especie de cosquilleo lento que le provocaba un entumecimiento en los brazos y en las piernas.
Volvió a dejar de respirar cuando de la nariz del muerto asomó la pinza de un cangrejo. La reconoció de inmediato, pues era un experto en pescar cangrejos en las rocas y los conocía muy bien. Una mañana cualquiera de verano podría pescar veinte o treinta cangrejos, y con suerte alguno de esos enormes y peludos cuyas pinzas eran tan grandes como su dedo índice. El cangrejo salió, se detuvo en el labio, abrió y cerró despacio sus pinzas, se las llevó a la boca, movió los ojos y volvió a meterse lentamente dentro de la nariz.
Exhaló otra vez el aire que había quedado congelado en sus pulmones y su respiración se aceleró. Miró alrededor por si veía a alguien a quien decirle lo que había allí, pero no vio mucho. Se sentía confuso, desubicado. Su pulso se disparaba. Volvió a darle al cadáver con la caña. Estaba muy duro, muy rígido, parecía de madera, y le vino a la memoria el maniquí que habían utilizado hacía un mes en clase de gimnasia para practicar los primeros auxilios.
Al cabo de un rato dejó la caña allí mismo y se fue a su casa sin apenas darse cuenta de que volvía a su casa. Sus padres lo recibieron enfadados porque llegaba muy tarde: comían a las dos y eran las tres y media. Les dijo lo que había visto. No sé cuánto tiempo estuve mirándolo, no podía dejar de mirarlo, me he retrasado por eso, les dijo. El resto del día lo pasó en casa, sin levantarse del sofá, sin apenas hablar. Sacó sus propias conclusiones sobre aquella cosa que era la muerte, aunque a lo largo de su vida tales conclusiones fueron modificándose conforme leyó. A lo largo de su vida, sin embargo, jamás volvió a pescar un solo cangrejo.