27 julio 2015

Nocturno @ Torre de la Horadada


Grillos ciegos salpican la noche con las chirriantes melodías que componen las grietas cíclicas de sus élitros remotos.

De fondo el mar balancea sus olas adormecidas sobre la mínima arena y magnífica de la cala de La Lombriz.

Dos calas más allá dormita la del Gato, mas no este gato que acaba de trepar a mi tejado, que me mira extraño y pasa de un brinco infinito al patio del ocaso.

Si atentamente miras la calzada, antes o después verás pasar rauda y parar disimulada y continuar más rápida una cucaracha de playa con chanclas rojas, sombrilla de alas plegables y antenas de rara simetría.

El camión de la basura devora los residuos y los escombros y los desperdicios y los despojos y los desechos de los torreños, los adentra en sus tripas y los estruja.

Dos murciélagos gravitan en torno a la farola que casi me ilumina la buhardilla. Es la hora de su cena y bendigo los mosquitos que van a recibir, amén.

Una estampida de risas femeninas, apenas un estallido inconcreto en la lejanía, me inunda el horizonte y me alerta la vista.

Una bicicleta derrapa en la esquina de mi calle, que sin quizás también es tuya. (En esa misma esquina me dejé yo más de una vez los codos y las rodillas.)

Dos paseantes insomnes se murmuran casi sonámbulos algún sueño furtivo y sus palabras apenas son humo dormido cuando me llegan.

Al salir de la calle Pío XII, el rumor remoto de un coche insinúa que alguien abandona La Torre. (Pío XII fue Papa en la época de los nazis y nunca jamás pronunció una sola ni escasa palabra en contra de aquel genocidio: es triste que una calle tan bella de un lugar tan precioso tenga un nombre tan cómplice de un hecho tan abominable.)

Grillos ciegos salpican la noche.

El mar me adormece en sus olas.