Su taconeo marcaba un ritmo trepidante y
cadencioso. Cada vez que apoyaba un tacón en el suelo, el sonido y su eco
parecían anunciar que iba a suceder algo inesperado, quizá sublime, aunque no
siempre ocurría. Sin embargo, hoy estaba a punto de tener lugar un
acontecimiento que cambiaría el curso del resto de su vida.
Apenas eran las ocho de la mañana del último
domingo que pasaría en España durante los próximos seis meses y Lidia Devil
caminaba, como de costumbre en las mañanas dominicales, en dirección al parque,
tan elegantemente vestida que parecía una imagen onírica a esas horas de un día
de fiesta en el que, por tanto, apenas había nadie en la calle: falda roja,
blusa blanquísima, chaqueta roja, y unos espectaculares zapatos de tacón. Le
gustaba caminar con ellos todos los domingos durante media hora para fortalecer
sus gemelos y poder avanzar, por los pasillos de su trabajo, con énfasis y
decisión: sabía que el resonar de unos tacones impone un profundo respeto y un
divino temor en la mayoría de los hombres, aunque algunos confundan tales
emociones con otras cosas, pues qué saben los hombres de las emociones. Pero
ahora ella no pensaba en eso, sino en cuestiones relativas a las ventas y a la relación entre el nivel de estas y la
disposición de los elementos del establecimiento, así como la decoración y todo
tipo de estímulo positivo para animar al cliente a la adquisición de productos,
cuantos más, mejor.
Distraída como iba, pues, tropezó con una cuerda
que algún gamberro adolescente, pensó mientras caía, habría atravesado en la
acera. La caída la vivió a cámara lenta. Fue plenamente consciente del tropiezo
a partir del instante en que el empeine de su pie derecho, aún resonando el eco
del último tacón que impactó en el suelo, tocó la cuerda. Se dio cuenta
entonces de que aquel cordel, pues era demasiado fino para ser cuerda, estaba
atado a la farola, y mientras caía tuvo ocasión de pensar que tendría que poner
las manos delante, aunque sus manos no se dieron por aludidas. Sin embargo, no
tuvo tiempo de ver el coche que paró a su lado justo en el preciso momento en
que su cabeza golpeaba el suelo, mientras en su mente se apagaba un pensamiento
que parecía lejano: destruir al hijoputa que había puesto el puto cordel,
aunque por desgracia iba a ser difícil, si no imposible, encontrar al imbécil
en cuestión.
Cuando despertó estaba atada de pies y manos a
una silla. Bueno, en realidad, cuando despertó estaba sentada en una silla y al
ver las caras de las dos personas que tenía delante imaginó que tendría las
manos y los pies atados, quizá con cinta americana, quizá con esposas, quizá
incluso con un cordel delgado, aunque no sabía por qué le venía la imagen del
cordel a la cabeza que, por lo demás, le dolía mucho, y especialmente le
molestaban las palpitaciones en la sien derecha, justo la que amortiguó la
caída.
La caída. Eso lo recordaba. Y ahora le venía la
imagen del cordel atado a la farola. Lo que no entendía era por qué estaba
sentada frente a dos tipos de algún lugar de Sudamérica en vez de estar en el
hospital o, al menos, en su casa.
—¿Se puede saber quiénes sois vosotros, si no es
mucha molestia?— Preguntó algo vacilante.
—Buenas tardes, doña, ya era hora de que
despertase —dijo, sin responder, el de la perilla.
—Pues sí, ya estuvo buena la siesta que se echó,
comadre —dijo, con el mismo tono, el otro.
—¿Y hablo con…?— Volvió a preguntar mientras
guiñaba el ojo derecho por el latido que estaba experimentando en esa parte de
la cabeza.
—Sin pendejadas, doña, los guiños no le van a
servir para nada, aquí vinimos a proponerle un negocio —dijo el de la perilla.
—Pues a mí si querés me podés guiñar, comadre,
que le sigo el juego —añadió el otro, que inmediatamente recibió un codazo en
la boca.
—Ya le avisé, Pinche, de que nada de mierdas,
acá vinimos a lo que vinimos no más, ome —susurró el de la perilla—. Y vos preste
atención, doña —se dirigió a Lidia—, estos son los términos del negocio: cuando
vos esté allá, deja que todo siga pasando como hasta ahora y ya, así todo le va
a ir bien, ¿sí me entendió?
—A ver cómo os lo explico, para que me entendáis
a mí —dijo Lidia mientras se reincorporaba en la silla, llevando su mano a su
parietal derecho—. No tengo ni puta idea de quiénes sois vosotros, así que cómo
voy a saber qué es lo que tiene que seguir pasando como hasta ahora— y, aunque
les hablaba a los dos, solo miraba al de la perilla. Estaba claro que el otro
no pintaba mucho, salvo taparse la boca para evitar que le saliera sangre.
—Es perfectamente normal, doña, que vos no sepás
—decía mientras se encendía un cigarro— quiénes somos nosotros, pero yo sí sé
quién sos vos—y el hecho de que entonces aquel tipo le apuntase con el dedo índice
de su mano derecha hizo que Lidia se pusiera alerta—. Vos trabajás para
8&N, la famosa cadena de almacenes de ropa, y recién a vos te van a
trasladar de esta ciudad de Murcia donde vivís a la ciudad donde vivimos
nosotros, la relinda Bogotá de mis amores…
—Pero cómo… qué… —trató de replicar Lidia. Era
cierto que en cuatro días se marcharía a Colombia, pues la habían trasladado a
Bogotá para organizar la sucursal de allí, cuyos resultados dejaban mucho que
desear. No es que ella hubiese solicitado el traslado, al menos no es que lo
hubiese solicitado en serio: todo fue una broma que su supervisora no entendió
como tal. Cuando esta le dijo que habían decidido hacerle un contrato fijo
después del año que llevaba como temporal, en la euforia del momento a ella no
se le ocurrió otra cosa que asegurarle a su jefa que estaba dispuesta a hacer
cualquier cosa por la empresa, incluso irse a Bogotá. Dijo Bogotá como podía
haber dicho Boston, o Bombay. Y su jefa le tomó la palabra, literalmente.
—No me interrumpás —la cortó tajante—. Escuchás
primero y luego preguntás. Así que vos te vas a ir a Bogotá y te vas a encargar
durante un tiempito de manejar una de las franquicias de 8&N. Esa
franquicia en cuestión funciona, además, como centro de distribución de todas las
franquicias del país y, consecuentemente, escúcheme esto bien, mijita, como
centro de devolución al punto de origen de las mercancías, ¿me escuchó bien?,
cen-tro de de-vo-lu-ción —repitió estas tres palabras, silabeando— al lugar de
origen, que no es otro sino un polígono industrial en la ciudad de Madrid. Así
que te vas a ir a Bogotá y vas a dejar que todo siga pasando como hasta ahora,
y así podrás volver a tu querida ciudad de Murcia cuando acabes tu gestión en
Bogotá, lo que ocurrirá, según nuestra información, que es la misma que vos
manejás, dentro de seis meses y cuatro días. Así que, doña, la cosa está de
este tamaño: vos te hacés la ciega y te embolsás unos cuantos gramos de plata o
vos te hacés la lista y te embolsás unos cuantos gramos de plomo.
Aunque alguna vez en su vida se había enamorado,
e incluso en una ocasión experimentó un amor tan febril que la llevó a delirar
durante un breve periodo de insomnio (justo el periodo que comenzaba cuando se
sentaba en la orilla de la cama, tras haberse quitado la bata, y que acababa
cuando, tras acostarse, apagaba la luz sacando el brazo por debajo de la
sábana); y aunque alguna vez había probado alguna sustancia ilegal que le había
producido una taquicardia que casi arruina la boda en la que se le ocurrió
darle aquellas caladas a aquel canuto que parecía igual que los otros que había
probado; a pesar de todas esas experiencias, nunca jamás antes había sentido
cómo su corazón bombeaba a un ritmo más trepidante que el de sus tacones cuando
salía a caminar los domingos por la mañana para fortalecer sus gemelos.
La verdad es que había visto alguna que otra película
sobre las mafias y los narcos, pero no podía haber imaginado que iba a verse
involucrada en uno de los negocios más lucrativos de la historia, y mucho menos
podría haber imaginado, bajo ningún concepto, que iba a mejorar la posición de
un cartel en el mercado internacional de tráfico de drogas.
No necesitó mucho tiempo para responder al tipo
de la perilla. La respuesta fue rápida porque, en realidad, había visto muchos
documentales, y muchas películas, y muchas series, sobre las mafias del
narcotráfico, incluso alguna vez había pensado en leerse un libro sobre el
tema.
—Pues plata, qué remedio —respondió, lacónica—.
¿Me puedo ir ya?
—Claro, doña. Te encontraré dentro de cuatro
días en mi relinda Bogotá. Quién sabe, igual te enamorás de nuestra ciudad y ya
te quedás a vivir allá. Pero escúcheme, mija, hágame un favorcico…
El de la perilla se levantó y se acercó a la
silla de Lidia, que por un momento dejó de respirar al ver asomar la culata de
un revólver por la chaqueta de aquel tipo, que a su vez acercó su boca a la
oreja de ella, de cuyo lóbulo florecía un pendiente largo, fino y dorado, y
susurró algo que le quitó de inmediato el dolor de cabeza.
La dejaron en la puerta de su casa. Mientras
subía en el ascensor recordaba aquellas palabras que le habían susurrado al
oído: No te gastés los trescientos mil
dólares en pendejadas, y no te los gastés demasiado rapidito. Vaya favorcico le había pedido el de la
perilla. De momento solo podía pensar en el número y en su medida: trescientos
mil dólares. Trescientos. Mil. Dólares. Un tres, dos ceros, un punto, tres
ceros y una ese mayúscula atravesada de arriba abajo por una línea. 300.000$.
De momento, y aunque se había puesto una bolsa de guisantes congelados en la
sien derecha, no quería pensar nada más que en el número y en su medida, porque
pensar en otras cosas (¿El cartel? ¿El futuro? ¿Hay vida más allá del cartel?) le
daba tanto vértigo que le volvía con
creces el dolor de cabeza.
***
No le extrañó encontrarse, nada más salir de la
terminal de llegadas del aeropuerto El Dorado, al tipo de la perilla, que la
esperaba desde hacía exactamente un minuto y treinta y cinco segundos, por eso ya
se había fumado la mitad del cigarro que sostenía entre sus dedos.
—Bienvenida a la relinda Bogotá de mis amores,
doña Linda…, digo…, doña Lidia —el retumbar de los tacones de Lidia lo
desconcentró por un momento, no sabía por qué—. Suba, que le explico unos
asunticos por el camino.
Y le explicó cómo la mercancía del cartel se
enviaba, junto con la mercancía de devolución de 8&N, a Madrid. El cartel,
al contrario de la idea que ella se pudiera haber formado, no era en realidad
un gran cartel: más bien, decía el de la perilla, que resultaba llamarse Zé,
eran un cartelico —o quizá ni siquiera llegaban a cartelico, quizá sería más
apropiado llamarlo panfleto, o quizá octavilla, aunque estas últimas
apreciaciones solo las pensaba, no las decía—; en cualquier caso, los negocios
que tenían los amarraban bien amarrados, y la plata entraba segura. Y para que
siguiera entrando sin problemas, ella tenía que dejar que todo siguiera pasando
como hasta ahora.
—¿Y solo enviáis mercancías a Madrid? —Preguntó
intrigada, aunque no sabía por qué preguntaba, ni siquiera sabía si podía
preguntar. De ser así, habría que revisar la estrategia comercial,
especialmente en lo relativo a la diversificación geográfica. Lo cierto es que
se le ocurrían ideas para la ampliación del negocio, al fin y al cabo ese era
su trabajo.
Desde su primer encuentro cuatro días atrás con
los hombres del cartel, la mente de Lidia no había parado de darle vueltas al
asunto, tanto consciente como subconscientemente, y había decidido a nivel
subconsciente, por eso ella aún no lo sabía, que no estaba dispuesta a quedarse
sentada en el banquillo durante su tiempo de juego en semejante liga, y esto
debía ser así porque su prioridad número uno era regresar viva a Murcia.
—Claro —respondió Zé, como si fuera algo obvio—,
solo podemos devolver las mercancías allí, que es de donde vienen, ¿o creés que
no lo habíamos pensado ya? Como te he dicho, los negocios están bien amarradicos.
—Y si pudierais devolver mercancías a otros
países, ¿ampliaríais las amarras del
negocio…? —Inquirió Lidia, que de repente vislumbraba una expansión comercial
sin horizonte.
—Eh… Pues… claro —titubeó Zé—, pero… eso… no
puede ser… ¿o sí es posible?
—Por supuesto —sentenció tajante Lidia. Por su
cabeza rondaba la idea de que si se hace una buena gestión en las compras, no
hay límites en cuanto a los lugares donde se puede devolver la mercancía, pero
no sabía muy bien por qué lo pensaba, aunque de fondo resonaban las palabras
“expansión comercial” y “supervivencia”, que formaban un binomio inseparable
cuyos lazos se estrechaban cada vez más, hasta fundirse en el sintagma “expansión
supervivencial”.
—Entonces… —el rostro de Zé cambió de expresión,
manifestando cierto recelo—. Vos recuerda y haz lo que te he dicho que tenés
que hacer, y ya. Las cosas deben seguir del mismo tamaño que están.
***
En vez de ir al apartamento que le había
prestado la empresa para su estancia de seis meses, se dirigieron a la misma
empresa. 8&N se
encontraba en la Avenida Carrera 30, haciendo esquina con la Calle 56, frente al
Estadio Nemesio Camacho El Campín. Ocupaba un edificio de tres plantas, algo viejo
y parcheado; en la parte de atrás, otro edificio, aún más viejo y menos
parcheado, hacía las funciones de almacén.
—Vos te
quedás acá —dijo Zé mientras frenaba frente a la puerta principal—, tenés que
buscar a Mery, ella estará en la tercera planta y te va a explicar unos
asunticos que te conviene saber. Tus maletas las traslado ahorita a tu
apartamento, igual te tenés que buscar la vida para llegar allá, ¿sí, mijita?,
pues andate.
Sin más
preámbulos, Lidia bajó del coche y enfiló hacia el comercio. Mientras caminaba
por su interior, observaba la distribución y la decoración. Estaba todo
exactamente igual que en la foto que le había enseñado su supervisora en Murcia
diez días atrás, solo que la foto era del día de la inauguración ocho años
atrás. Si Ochoa y Nacho, los creadores de 8&N, vieran aquello, llorarían.
Tomó el
ascensor y pulsó el tres. Tras un viaje lento y ruidoso durante el cual no se
sintió segura, las puertas se abrieron y salió a un pasillo lleno de puertas,
seguramente de despachos.
—Perdona,
¿me puedes decir dónde puedo encontrar a Mery? —Preguntó a una mujer rubia que
salía de una de las puertas.
—¿Quién la
busca? —Preguntó esta, que dio un repaso lento a la recién llegada, escrutando
sus facciones y su flequillo; sus ojos serpentearon despacio por el cuerpo de
Lidia, trazando parsimoniosas curvas, hasta casi tocar la moqueta de linóleo,
pues se detuvieron finalmente en los zapatos de esta, cuya mirada habían trazado
un recorrido similar por aquella, aunque se detuvo más en sus labios, junto a
los que había un piercing redondo y plateado.
—Lidia,
Lidia Devil, vengo de España para…
—Sí, sí, ya
sé —la interrumpió—, yo soy Mery—le estrechó la mano—, pasá aquí y sentate,
vuelvo en un minutico —y siguió su camino hacia el final del pasillo.
Lidia pasó
y se sentó en un sillón. Después de diez horas de avión, su cuerpo necesitaba
ciertas cosas, por ejemplo dos días de descanso, por eso apenas acomodarse y
apoyar la cabeza en el respaldo se quedó dormida. Soñó con ella misma corriendo
por el parque desnuda con sus tacones, pero el ruido del taconeo se fue
convirtiendo progresivamente en el ruido de un tiroteo, y se despertó con el
sonido no muy lejano de unos disparos que no procedían de su sueño, sino de la
calle. Le volvió a dar otra taquicardia, pero en los últimos días había
aprendido a controlarlas, así que respiró hondo y se calmó. Volvió a quedarse
dormida.
Quince
minutos después volvió Mery, que la despertó con dos cafés en las manos.
—¿Tenés
sueño a estas horas? —Le preguntó.
—Un poco
sí… Es que acabo de aterrizar y llevo el jet
lag en el cuerpo…
—Ay, pobre,
¡recién aterrizaste! Seguro que ese cabrón de Zé te trajo acá directamente,
¿verdad? —Sin darle tiempo a responder, siguió hablando—, pero no te preocupés,
linda, que voy a ser muy breve y en cinco minuticos te podés ir a descansar.
Estuvo
hablándole cerca de dos horas y media sobre los dos negocios que allí se desarrollaban.
El primero, la venta de ropa, era asunto suyo; el otro no lo era. Con el
primero podría hacer lo que había venido a hacer; con el segundo solo tendría
que hacer lo que se le dijera que tenía que hacer, lo cual podría incluir,
añadió Mery en respuesta a una pregunta de Lidia, desde conducir el camión con
las devoluciones al aeropuerto (¿No tenés carnet de conducir? Ni yo, y hace
siete años que llevo de vez en cuando el camión a la terminal, le respondió
Mery a su objeción) hasta coserles botones a las camisas (¿O tampoco tenés
carnet de coser?), todo dependía del número de trabajadores disponibles y de
las consecuentes necesidades de la empresa.
Los miedos
de Lidia se fueron evaporando conforme Mery le contaba acerca de la
organización y del funcionamiento de los negocios. Realmente, aquel no era ni
siquiera un cartelico, como lo había
llamado Zé, como mucho era una pequeña tarjeta publicitaria. Parecía que la
cantidad de droga que exportaban valiéndose de las devoluciones de ropa a
España era ridícula comparada con las cantidades que movían los carteles de los
documentales y películas que Lidia había visto. Y es que la única droga que
enviaban a Madrid eran los botones de las camisas, que estaban hechos de
cocaína. Pero era un negocio pequeño, casi familiar. De hecho, por cómo le
hablaba de los trabajadores, parecían una familia.
Sin embargo,
el comercio de la ropa no lo gestionaban demasiado bien, pues lo mantenían
únicamente como tapadera. En sus inicios se ajustaron a las directrices de los
franquiciantes, pero pronto se desentendieron de ellas, a pesar de las quejas
de estos, que por cuestiones legales no podían retirar la franquicia. Así que
la empresa tenía el mismo aspecto que ocho años atrás y unos resultados
catastróficos que, por lo demás, a nadie le importaban, pues con los botones
ganaban más que suficiente.
Y pensó que
sería muy fácil echarles una mano para crecer en el mercado de la venta de ropa,
aunque no imaginó —o quizá sí, pero no quería reconocerlo, porque le producía
un placentero cosquilleo que quería preservar en lo más profundo de su ser— que
la mejora en ese campo supondría el inicio de una expansión en el otro.
Tras la
charla y la resolución de dudas, Mery acompañó a Lidia a su apartamento, que se
encontraba dos calles más allá, en la 54, y no por cortesía, sino porque le
venía de paso para ir a la oficina del paro a sellar el desempleo de veintidós
de sus trabajadores.
—Sí, mija,
cada seis meses despido a la mitad de los trabajadores, y durante los seis
siguientes cobran el paro en blanco y el trabajo en negro, y después los vuelvo
a contratar y despido a la otra mitad, y así andamos, hay que sacar plata de
donde se pueda, tomá —le entregó las llaves del apartamento, que en realidad
era una casa de dos plantas, con ventanas de madera y un patio de césped
artificial rodeado por una valla blanca—, te veo mañana a las nueve, chao.
***
Tres
semanas después, Lidia se había integrado plenamente en la vida bogotana y
había mejorado bastante el aspecto de la tienda. Hubo que cerrar dos semanas el
local, y estar encima de los trabajadores para meterles prisa y supervisarlo
todo, pero el esfuerzo valió la pena, pues ahora se podía usar la palabra aceptable para calificar el
establecimiento. Las reformas llamaron la atención de los vecinos,
especialmente aquella estatua de tres metros y medio de una sirena, de una
belleza y un realismo inauditos, como aquel detalle del cangrejo que le salía
de entre los cabellos. Algunos vecinos y algunos transeúntes le tomaron fotos
cuando la estaban descargando, y las difundieron a través de las redes sociales
y de Whatsapp, lo que inexplicablemente causó un efecto llamada que hizo que el
día de la reapertura hubiese una considerable cola de gente esperando para
poder entrar. Y aunque casi nadie había ido a comprar, pues la mayoría solo
quería hacerse una foto con la sirena, o un selfie,
o las dos cosas, lo cierto es que ese día se hizo una caja que centuplicaba la
máxima anterior. Los días posteriores siguió goteando gente que quería fotografiarse
con la estatua, las ventas disminuyeron, como era de esperar, pero tras la
cuarta semana se estabilizaron en una cifra que septuplicaba la máxima previa a
la llegada de Lidia, lo cual no estaba nada mal, ¿no?
A pesar del
ajetreo de las primeras semanas, Lidia estrechó lazos con Mery, que entre
tragos de aguardiente y chicha le contó la historia de su vida y, de paso, la
historia de las vidas de los demás empleados de la empresa, que resultaron ser
casi una familia, pero qué familia. Todos ellos habían pertenecido a las
Autodefensas Unidas de Colombia, no por principios ideológicos sino por
casualidades de la vida que les permitieron conservar su existencia, y tras el
proceso de desmovilización de 2003, cuando los paramilitares, o al menos
algunos de ellos, se desarmaron, decidieron que ya había estado bien de ir por
los pueblos arrasando con todo lo que les decían que tenían que arrasar, y se
plantearon una nueva vida, pero en la ciudad, pues estaban hartos de tanta
tierra y tanta selva, de dormir en el suelo, de ser una bolsa de sangre para
los mosquitos, de cagar en cuclillas y limpiarse con piedras, de no cambiarse
de ropa en semanas, en fin, de las privaciones que debían soportar y de los
dolores que debían padecer, que no eran nada en comparación con las privaciones
que obligaban a otros a soportar ni con los dolores que obligaban a otros a padecer,
pero, decía Mery, cada uno tiene su vida y allá se las arregle cada cual.
***
Y lo decía
con conocimiento de causa. Cuando tenía apenas catorce años recién cumplidos,
entraron en El Doncello, su pueblo, unos guerrilleros de las FARC, minutos
antes de que un grupo de las Autodefensas decidiera hacer una visita inesperada
al comerciante y ganadero Don Aurelio Giraldo, que era el objetivo de los
guerrilleros y, antes que eso, el padre de Mery. Tanto unos como otros buscaban
plata, y para ello tanto unos como otros se dedicaban a lo mismo: narcotráfico,
amenazas, extorsiones, robos, saqueos, expolios, secuestros, torturas,
asesinatos, homicidios, masacres. La diferencia es que los guerrilleros
llegaron antes y querían secuestrar, mientras que los paracos llegaron después
y querían negociar. Por eso, los trabajadores del terrateniente Don Aurelio Giraldo,
que dedicaban una hora del día a recibir instrucción militar, acribillaron a
los de las FARC en cuanto se acercaron a la casa de Don Aurelio Giraldo, lo
cual fue aplaudido por el Comandante Aristipo Restrepo y su tropa.
Por aquella
época la guerrilla y los paramilitares luchaban entre sí para, entre otras cosas,
repartirse el negocio del narcotráfico, y llegaron en su expansión al
Departamento de Caquetá, y aquella noche habían confluido en El Doncello, cuyo
habitante más notable, Don Aurelio Giraldo, no estaba dispuesto a perder por
las armas lo que tanto le había costado ganar con el trabajo, de modo que,
cuando escuchó los primeros rumores sobre los grupos armados ilegales que se
estaban extendiendo por la zona, decidió formar su pequeño ejército, para lo
cual compró un pequeño arsenal y formó a sus trabajadores, incluidos los
ancianos y las mujeres y los niños, e incluso los perros. Mery Giraldo, su
hija, recibió una instrucción aún más estricta, desde los siete años, por eso
no resultó nada asombroso que aquella noche, desde la ventana de su dormitorio,
abatiese con su rifle M24 con mira telescópica de visión nocturna a cinco de
los asaltantes, aunque nunca se lo había dicho a nadie.
Curiosamente,
se despertó dos segundos antes de que sonase la alarma, y en cuanto oyó la
sirena saltó de la cama, gruñó, cogió el fusil de su armario, donde estaba
entre los brazos de Betsy, su muñeca favorita cuando era pequeña, se apostó en
la ventana y, respirando como había aprendido en sus miles de horas de entrenamiento,
apuntó, soltó el aire y apretó el gatillo, y repitió la operación cuatro veces
más. Al quinto lo abatió cuando este se trataba de ocultar tras un árbol, a
seiscientos metros de la casa. Y es que cada uno tiene su vida, y allá se las
arregle cada cual.
Y la de
Mery se complicó. Meses después de aquella noche, cuando volvió de un viaje de
quince días a Bogotá, se encontró con que parte de su pueblo había sido saqueada
y las propiedades de su padre arrasadas y ocupadas, una represalia de la
guerrilla por los diecinueve guerrilleros que murieron en las proximidades de
la casa de Don Aurelio Giraldo, cuyo cuerpo acribillado se balanceaba en una
horca improvisada en la plaza del mercado de El Doncello.
Mery podría
haber desenterrado la mochila que su padre había enterrado para ella en su
décimo cumpleaños “no más por si algún día la necesitás de a de veras”, pero no
tenía muy claro qué hacer ni dónde ir. Después de llorar un rato largo, se
marchó a El Paujil, donde quizá encontrase a un tío abuelo suyo, pero lo que se
encontró fue a algunos trabajadores de su padre, a los que les habían quemado
las casas y habían obligado a irse del pueblo. Le dijeron que iban en busca del
Comandante Aristipo Restrepo, para unirse a su tropa, y a Mery no le pareció
mal, pues aquel hombre estuvo conversando cordialmente con su padre después del
altercado con la guerrilla, hasta lo felicitó por haber acabado con la
incursión con tanta eficacia. Lo que no sabía Mery es que, en esa conversación,
el Comandante Aristipo Restrepo le dijo a Don Aurelio Giraldo que tenía que
colaborarle con la causa anticomunista y darle tres cuartas partes de sus
tierras a las Autodefensas. Tampoco sabía que su padre se había negado,
desoyendo la advertencia del Comandante: Los
guerrilleros van a volver, Don Aurelio, para afusilarlo por lo que les hizo
esta noche a sus hombres; nosotros le podemos defender de esa gente de
izquierdas, somos muchos y bien armados. Pero Don Aurelio creía tener
suficiente protección, como había demostrado esa noche, aunque resultó que no.
Dos semanas
más tarde llegaron al campamento del Comandante Aristipo Restrepo y se
incorporaron a sus filas, sin tener muy claro ni haberse planteado si algún día
podrían salir de donde acababan de meterse, aunque tampoco les importaba mucho,
porque la alternativa no era mejor.
Y pasaron
los años, doce, uno tras otro, y se acostumbraron a lo que había que
acostumbrarse e hicieron lo que había que hacer, que era lo que les mandaban
hacer, que era lo mismo que otros le habían hecho a Don Aurelio Giraldo, pero
qué remedio, a esas alturas todo el mundo sabía que cada uno tiene su vida, y
allá se las arregle cada cual.
Entonces
llegaron las conversaciones entre las Autodefensas y el Gobierno, y empezó la
desmovilización, y Mery y los extrabajadores de su padre, que habían
permanecido muy unidos durante aquellos años, se subieron al carro del desarme
y la reinserción, pues ya había estado bien de guerrear o lo que fuera que
hubieran estado haciendo, así que una noche de cierto ajetreo hicieron mutis
por el foro y se largaron del campamento. Volvieron a El Doncello y, tras
reparar lo justo y necesario, o tras levantar las paredes y el techo
necesarios, se establecieron en sus antiguas propiedades, que a aquellas
alturas seguían reducidas a escombros y cenizas, aunque cenizas quedaban pocas,
pues los vecinos sabían que eran buenas para mezclarlas con los abonos. Tenían
la idea de irse a la ciudad, lo que no tenían era el dinero suficiente para
vivir en ella, así que decidieron quedarse en su pueblo, donde al menos tenían
unas paredes y un techo.
Sin
embargo, Mery tenía alguna ambición más allá de vivir entre escombros, así que
decidió desenterrar la mochila. Entonces descubrió que no había una mochila,
sino cuatro, y no contenían pesos colombianos, sino dólares estadounidenses, un
montón de fajos en cada una, de billetes de cien y de cincuenta. Cogió una
mochila, lo enterró todo otra vez y les dijo a sus compañeros que volvería en
unas semanas para llevarse con ella a quien quisiera irse a vivir a la ciudad.
Y se marchó
a Bogotá, donde contrató un abogado que puso en orden su situación financiera y
la herencia de su padre, que había quedado congelada en espera de que
apareciera la hija, de la que nada se sabía desde el día en que fusilaron a Don
Aurelio Giraldo en el baño de su casa, a su mujer en el dormitorio, a sus dos
hijos de cuatro y siete años en sus camitas, a su hermano y a sus dos primos en
la cantina y a su perro mientras este soñaba en su caseta con una perra con
cascabeles y lazo, en orden inverso al que se ha seguido en esta enumeración, y
sin silenciador.
Como
siempre le había gustado el mundo de la moda, aunque entre los catorce y los
veintiséis años tuvo que hacer una pausa forzosa en su afición, decidió montar
una tienda de ropa, pero no una cualquiera, sino aquella que se veía desde la
ventana del despacho del abogado: 8&N.
—Pero eso
es una franquicia —objetó Enrique Quintero, el abogado.
—¿Y?
—Objetó Mery a la objeción de Enrique.
—Que será
más cara.
—Pero ya
está todo montado y funcionando, y ya estoy harta del trabajo sucio.
Dos días
después, Enrique Quintero había acordado un traspaso del negocio a nombre de
Mery Giraldo a cambio de cincuenta mil dólares, todo incluido, con el visto
bueno de los responsables de franquicias de 8&N, que no pusieron reparos a
que una mujer que había estado desaparecida doce años se encargara a partir de
entonces de aquella sucursal.
—Entonces
aquí tú eres la patrona, según entiendo —supuso Lidia.
—Ahí
estamos, pues —afirmó Mery.
Desde el
momento en que compró el negocio todo fue sobre ruedas. Volvió a El Doncello,
habló con su grupo y todos se fueron a Bogotá, donde algunos viven en la
tercera planta del edificio de 8&N, en la que solo hay un despacho, pues
todas las demás puertas conducen a habitaciones.
Ninguno de
ellos sabía nada sobre el mercado de la moda, pero igual que habían aprendido
primero a arar la tierra, sembrar semillas y recoger sus frutos, y después a
extorsionar a la gente, secuestrar a algunos y matar a otros, también
aprenderían a desembalar la mercancía, ponerla en los estantes y venderla a los
clientes. Como la venta de ropa no era demasiado lucrativa, y ellos eran
muchos, aprovecharon un contacto de su época en la Autodefensas para
incrementar un poco sus ganancias con el negocio de la coca: Donde no llegaba la ropa, llegaría la coca,
era el eslogan que había acuñado Mery Giraldo para venderles la idea a sus
compañeros, aunque luego hubo que reformarlo porque, precisamente, solo llegaba la coca adonde llegaba la ropa.
Y a ese
punto se aferró Lidia para exponerle a Mery la idea que le iba rondando la
cabeza desde el momento en que se bajó del avión y Zé habló con ella.
—Porque yo
veo, Mery, que aquí estáis estancados en la misma estrategia comercial que se
seguía cuando compraste la franquicia, pero otras franquicias de 8&N, como
la de Murcia, hacen pedidos a otros centros de distribución distintos al de
Madrid, así que tu otro negocio podría ampliarse casi sin límites, y creo que
si te interesa podríamos hablar largo y tendido, yo ya lo he estado pensando y
tengo muchas opciones en la cabeza, pero tiene que ser esta noche, porque ahora
van a traer una estatua que pondremos en frente de la de la sirena.
Y al día
siguiente, como ocurrió con la sirena, una avalancha de curiosos visitó la tienda, que volvió a experimentar un máximo histórico de ventas.
***
Las
cantidades de cocaína que manejaban eran pequeñas, pero dada la pureza y la
condición ilegal de la sustancia, los ingresos que obtenían eran grandes y les
permitían vivir bien y ahorrar para sus jubilaciones a todos los compañeros
que, tras una serie de avatares, abandonaron definitivamente El Doncello para
trabajar en Bogotá tras su paso por las Autodefensas. Se trataba de un grupo
heterogéneo, pero con una serie de elementos comunes, de los cuales el más
aglutinador era Don Aurelio Giraldo, que fue un padre no solo para su hija,
sino también para sus trabajadores, a los que cuidaba y de los que se encargaba
como si fuesen de su familia, lo cual explica que el vínculo entre estos no se
hubiera roto después de los doce años en las Autodefensas, donde algunos de
ellos, necesariamente, murieron en algunos enfrentamientos con los guerrilleros
y con el ejército.
Lidia
tuvo ocasión de conocer de primera mano el proceso por el que la cocaína se
enviaba a España, que era la misma que poco después enviarían a otras ciudades,
en una ampliación sin precedentes del negocio de los botones. Una tarde se fue
con Zé y con Jairo a El Alto, aunque antes pasaron por Monserrate para fumar y
ver el anochecer sobre la relinda Bogotá de sus amores. En El Alto tenían una
casa en la que preparaban los botones. Allí estaba la mitad de los trabajadores
de la empresa, los que en aquella época habían sido despedidos y volverían a
ser contratados cuando se cumpliese el plazo correspondiente: mientras no
trabajaban en 8&N, preparaban botones para el negocio de la devolución y,
de paso, cobraban el subsidio por desempleo. Un botón de cocaína, según su
tamaño, podía pesar entre uno y cinco gramos, bien compactado y recubierto por
una película plástica de color y de un fuerte olor que neutralizaba el de la
droga. Lo único que había que hacer era, primero, darle a las palancas de las máquinas,
que se encargaban de prensar y recubrir, y, segundo, coser los botones a las camisas,
pantalones, blusas, faldas, abrigos, en fin, a cualquier prenda que llevara botones,
o que pudiera llevarlos: una vez le cosieron un botón minúsculo a cada uno de
los cinco mil baberos que devolvieron, con lo que enviaron cinco mil botones, es
decir, cinco kilos de cocaína pura, a la península.
***
Cuando
despertó en el sofá de su casa con la bolsa de guisantes completamente
descongelada encima de su regazo, fue a la cocina para guardarla en el
frigorífico, con la idea repentina de hacerse un guiso para comer y así no
desperdiciarlos, aunque ya los había amortizado al ponérselos un buen rato en
la cabeza. Al abrir el frigorífico tuvo otra taquicardia y un ataque de
ansiedad, que calmó en cuanto consiguió una bolsa con la que ayudarse a
respirar, aunque, con la manía de los supermercados de no dar bolsas, no
encontraba ninguna a mano, y acabó utilizando la de los guisantes, que terminaron
rodando por el suelo. Quince minutos después tuvo otra taquicardia y otro
ataque, pero tenía la bolsa a mano y lo controló rápido.
Aquel
domingo y los tres días siguientes supusieron una crisis existencial en la vida
de Lidia. De repente, por su ofrecimiento absurdo, por la interpretación
literal de su supervisora y por una extraña casualidad, iba a meterse en medio
de alguna de las mafias de la droga colombianas, que hasta se tomaban la
molestia de ir a avisarla, seguramente para hacerle ver que si habían ido una
vez a España podrían volver; y eso en el
mejor de los casos, pues quizá esos dos eran sicarios que vivían en el país,
quién sabía si en su misma ciudad, donde, desde luego, había gente de todos los
países de América, salvo quizá de Canadá y de Alaska, o al menos ella nunca
había odio hablar de un canadiense en Murcia, ni de un alask…, ¿alaskense?,
¿alaskeño?, bueno, de alguien de Alaska, qué más daba cuál fuese el gentilicio,
aunque se le ocurrió que podría buscarlo en internet, pero desechó la idea
porque, además de que tenía otras preocupaciones, seguro que, fuese como fuese,
sonaría mal.
***
—¿Aló?
—Escúchame,
papito —le dijo Mery—, hay un asuntico en el que me tiene que colaborar.
—Dígame,
que yo le colaboro —dijo Zé a través de su móvil de usar y tirar.
—Pues
verá, mijo, los de la franquicia van a mandarnos a una mamita de allá para
arreglar las ventas, y he pensado que lo mejor será que le hagás una visitica y
le platiques sobre nuestro negocio y le digas que queremos que todo siga del
tamaño que está, bien amarradico, ¿sí me entendió?
—Pues
cómo no, patrona, ya eso está hecho, solo me dice en dónde es que yo encuentro
a esa woman.
—Tenés
que acercarte —le indicó Mery— a Murcia, una ciudad que hay bien cerquita de
donde estás, y me buscás a una tal Lidia Devil, que vive en un pueblito llamado
Llano de Brujas…
—¿Llano
de Brujas dijo? —Preguntó extrañado Zé.
—Sí,
entendió bien, de Brujas. Calle Trinidad, número 7, 6ºA. Y trabaja en el
8&N de Murcia, que está en la calle Gran Vía. Me la controlan unos días y
luego le platican, ¿estamos?
—Estamos.
—Y
dígale al Pinche que no gallinacee con esta mamita, ¿sí?, porque escúcheme bien
esto que le voy a decir, esta mamita tiene que venir y tiene que volverse para
que el bisnes continúe sin problemas, así que ya saben.
—No
se preocupe, yo le digo ahora mismito al Pinche que no sea cansón y tenga el
pico cerrado, y pues por esta mamita no se preocupe.
***
Después
de una hora acostada en el sofá sin que le hubiese dado otra taquicardia, pero
con la bolsa de guisantes vacía aún cerca, se sentó frente al ordenador y abrió
el explorador de internet. Iba a buscar información sobre mafias y cárteles en
Bogotá, pero tenía la mente embotada, no dejaba de imaginar posibilidades, que
incluían desde su asesinato hasta “su suicidio”, así entrecomillado apareció en
su imaginación, lo que quería decir “su asesinato pero presentado como si ella
se hubiera suicidado”. Estaba entrando en un bucle de pensamientos negativos y
lo advirtió: Como siga pensando estas
cosas al final me voy a suicidar yo de verdad. Entonces recordó lo que le
había dicho un amigo unos días antes: Hay
que ser optimista y pensar con alegría.
Pero
en su situación no se podía pensar con… O sí. De pronto un calor empezó a
recorrerle el cuerpo, su respiración se ralentizó y sus mandíbulas se apretaron
con fuerza. En realidad sí se podía. Incluso ese tipo de vida se podía llevar
con alegría, y no solo pensar en ella con alegría. A fin de cuentas en ese
mundo te llevas la plata o el plomo, matas o te matan, se trata de una
elección, se les ofrecía a todos los que, voluntariamente o no, entraban, y
ella había elegido la plata. Trescientos mil dólares, le habían dicho. Por
dejar que las cosas siguieran pasando como hasta entonces en aquella
franquicia. Seguramente esta tuviera malos resultados y los de gestión de
8&N habrían seguido el protocolo de actuación, que incluía enviar a una
empleada competente a poner orden y restablecer las ventas, habrían pasado una
nota a los supervisores de las sucursales de la península preguntando si había
alguien dispuesto a irse a Colombia y, por supuesto, la pava de su jefa habría
dado su nombre.
En
estas suposiciones y otras muchas cábalas pasó ocupada el resto del día, y el
lunes, y el martes, y el miércoles, si bien aprovechó algunos ratos para leer
por internet acerca del narcotráfico en Colombia, especialmente en Bogotá. Y,
aunque ella no se dio cuenta, su cerebro barajó distintas tácticas para
afrontar su supervivencia en los próximos meses, y eligió cuatro de entre las
cuales seguro que alguna resultaba útil.
***
Y,
efectivamente, iba a resultarlo. Aunque no sabía muy bien cómo, en su cabeza
habían ido tomando forma ciertas ideas con respecto al otro negocio, aquel en
el que no tenía que meterse. En el suyo, en el de la ropa, no tenía demasiadas
ideas, pues en una franquicia los empleados no tienen mucho que pensar, ya que
todo está organizado desde los franquiciantes y hay una obligación de imitarlos
en todo, hasta en los uniformes, por eso lo que diferencia a unos empleados de
otro es únicamente su actitud frente al trabajo y su aptitud para tratar con
los clientes, y en eso era muy buena.
Sabía
que no debía meterse, pero tras las palabras de agradecimiento de Mery, que
reconocía haber dejado un poco abandonado el negocio de la ropa y se alegraba de
que se reactivasen las ventas, se metió:
—Porque
estábamos teniendo en los últimos meses —añadió—
problemas con los franquiciantes, que no querían que la imagen de su marca
perdiera popularidad en Colombia y habían empezado los trámites para acabar con
la franquicia, pero a nosotros nos interesa mantenerla porque no levanta
sospechas en aduanas, a fin de cuentas es una gran multinacional, a diferencia
de un comercio local que envíe mercancía al extranjero, y más siendo este el
país de origen...
Aquella
noche, cuando 8&N cerró sus puertas, Lidia y Mery, junto con Zé, Jairo y
Darío, se fueron al bar Ensenada a tomar unos aguardientes. En un reservado
estuvo Lidia exponiéndole a Mery lo que le rondaba la cabeza sobre la expansión
del negocio: nuevos proveedores, nuevos países de origen, nuevos centros de
devolución, nuevos envíos, nuevos precios.
—¿Sí
me entiende, mijita? —Le preguntó Lidia, que en su cuarta semana en Colombia ya
utilizaba expresiones lugareñas. La que más le había gustado hasta entonces era
la palabra “verraca”.
—Vos
sos muy verraca, Lidia —le dijo Mery—. Ya sé adónde querés llegar, y me gusta,
mija, me gusta.
—¿Sí?
—Se extrañó Lidia—. Yo tenía la idea de que no querías ampliar ese negocio…
—¿Vos
tenías la idea? ¿Y por qué la tenías? —Inquirió aún más extrañada Mery.
—Pues…
No sé… Como Zé me dijo que tenía que dejar que las cosas siguieran como hasta
entonces…
—Claro,
verraquita, y así van a seguir.
—¿Entonces?
No entiendo… Porque si se toman nuevos proveedores, las cosas no van a seguir
así, se van a hacer más grandes…
—Pero
seguirán igual de amarradas, mija… Lo que Zé te quería decir es que ni se te
pasase por la cabeza hablar con la policía ni con nadie del negocio de las
devoluciones, porque entonces las cosas no seguirían del tamaño que están, así,
amarradicas. Pues lo tienes que perdonar, lo de hablar claro no es una de las
virtudes de Zé, pero aun así es el más locuaz de todos los compañeros.
Entre
chichas y aguardientes, continuaron la conversación sobre nuevas posibilidades
de expansión del negocio.
***
Por
la mañana, Mery hizo una lista con nombres de ciudades en las que tenían algún
contacto que pudiera gestionar su producto. Tras unas horas de trabajo, Lidia
consiguió proveedores en tres de las quince; dos días después tenían en todas
las ciudades.
Cuando
se cumplieron los seis meses de estancia de Lidia en Bogotá, el negocio de los
botones había multiplicado sus ingresos de una forma exponencial, especialmente
desde el cuarto mes, cuando se volvió a ampliar la lista de proveedores una vez
establecido un contacto que se encargara de los trámites en la ciudad
correspondiente.
En
vez de trescientos mil dólares, como le dijeron al principio, regresó a España
con un millón y un currículum impecable, pues el negocio de 8&N
experimentó, ya desde la cuarta semana, una mejora inaudita en sus resultados,
lo que le valió algunos elogios de su supervisora en Murcia cuando se
reincorporó a su puesto.
—¿Y
qué tal la vida por allí? ¿Es muy diferente? —Le preguntó esta tras
felicitarla.
—No
mucho, quizá la arquitectura y el clima, por lo demás igual…, bueno, y los
bares, allí se puede fumar —respondió mientras recordaba el día que en una
cantina, mientras tomaba aguardiente con Zé, con quien estuvo raspando fiesta
como hasta las cinco de la mañana, balacearon y dieron chumbimba a aquel man que
parecía haber tomado caldo de payasito, así no más por no más.