10 noviembre 2009

¡No es cuestión de cristales!

Recuerde:

Usted no encontrará
unas gafas
que le permitan ver.
.

Limítese, o no

Su nariz
tiene un límite.

No escarbe más.


Sin embargo:


su mente
carece de l í m i t e s.

No deje de escarbar.
.

Supersticiones

Recuerde:

Usted no cree
lo que cree creer.
.

09 noviembre 2009

Donde habita...

Recuerde:

El olvido
habita
la memoria.

.

23 octubre 2009

No se corte

Recuerde:

Existe
el erotismo.

Dios
no existe.

Usted
existe.

Practique
el erotismo.
.

22 octubre 2009

¡Pero aún puede desfibrilar!

Recuerde:

U s t e d
e s t á
C I E G O.


Por tanto,

usted no puede
bajo ningún concepto
comprender estas palabras.
.

Consúltelo

Recuerde:

La luz
no está
al final del túnel.

La luz
está

aquí mismo.

Si usted no la ve,
consúltelo
con otro oculista.
.

21 octubre 2009

Reivindíquese

Recuerde:


Usted no es nadie
para no ser alguien.


Reclame, exija
su personalidad.
.

Las distopías no son novelas, son metáforas de la realidad

La ignorancia da la felicidad. Y usted tiene derecho a ser feliz: tiene todo el derecho del mundo a ser feliz. En consecuencia, usted no sólo tiene el derecho, sino también la obligación de ser ignorante. Por tanto, el gobierno de su país se encarga de proporcionarle a usted la felicidad, toda la felicidad del mundo.

Distopías como 1984, Un mundo feliz, Fahrenheit 451 o Rebelión en la granja, no son novelas. Repetimos: no son novelas. Precisamos: no son ficción.

Son, sencillamente, metáforas de la realidad. Puesto que hacer una descripción de la realidad tal y como es no sirve para nada, los autores de estos textos optaron por elaborar metáforas de la realidad.

Como se sabe, toda metáfora tiene dos planos: el plano real (R) y el plano evocado (M). El libro sólo presenta el plano evocado (M). El lector debería advertir que el plano real (R) se sitúa, ni más ni menos, donde mueve su culo, es decir, en la mismísima realidad. Y al advertirlo se dará cuenta de que él forma, como le ocurre a los personajes de la metáfora que lee, parte de un sistema que aniquila la personalidad, la identidad, la individualidad.

La literatura arroja luz sobre los ojos, pero los ojos, que están hechos para recibirla, están acostumbrados a la penumbra en la que viven durante tantos años. Primero: el Ratoncito Pérez, el Hombre del Saco, el Coco, el Niño Jesús, los fantasmas, los Reyes Magos, los espíritus. Después: Cupido, la media naranja, el alma y el espíritu, el Cielo y el Infierno, Dios y Satanás.

Tantas mentiras inculcadas –consciente e inconscientemente– desde la más tierna infancia tejen al hombre una telaraña en las pupilas y lo convierten en un ser incapaz de ver. La literatura va rasgando las telarañas y permite que se adentren en tus ojos rayitos de luz, hasta que un día no es un rayito, sino el sol mismo el que se adentra en tus ojos y entonces ya tú eres todo visión.

Al calificar estas obras como “novelas” el lector se despista. Cree que lee ficción, que lee cuentos, que lee mentiras. (Marcel Bataillon no quería que lo llamasen filósofo, porque la filosofía es más ficción: reivindicaba que lo que él hacía era describir la realidad, pero se le sigue encorsetando bajo la etiqueta de filósofo y, por tanto, de constructor de sistemas racionales de pensamiento.)

Así que, repetimos: no son novelas, no son ficciones. Son metáforas de la realidad. El lector que piense que lo que lee es pura ficción y que no tiene mucho que ver con la realidad en la que vive será, sin duda, el hombre más feliz sobre la faz de la tierra: el hombre más ignorante, porque ya se sabe: La ignorancia da la felicidad.

Así que ya saben: si ustedes quieren ser extremadamente felices, profundicen en su ignorancia. Sigan manteniendo sus ojos cerrados, no permitan, ni por un instante, que les entre un poquito de luz, porque la luz quema, y sus ojos, que se hicieron para ver, están más tranquilos tras los párpados, bajo el sueño.

La ignorancia da la felicidad. Y usted tiene derecho a ser feliz: tiene todo el derecho del mundo a ser feliz. En consecuencia, usted no sólo tiene el derecho, sino también la obligación de ser ignorante. Por tanto, el gobierno de su país se encarga de proporcionarle a usted la felicidad, toda la felicidad del mundo.

Desprecie el conocimiento.

El conocimiento no da felicidad.

Sea ignorante.

Sea feliz.

20 octubre 2009

Irremedible

El día que Jesús bajó de nuevo apenas reconoció nada: tan cambiado estaba todo. Pasó varios meses deambulando por las calles de diversas ciudades, por diferentes países. Escuchó. Observó. Conversó e interrogó, hasta que a la tercera semana tuvo su visión, y comprendió que no. Así se lo comunicó a uno de los hombres:

—Esta vez ni siquiera vale la pena hacerme pasar por profeta —le decía a un hombre ebrio que, apoyado en la barra, seguía bebiendo—, porque ya son demasiados los que fingen, muchos de ellos ni siquiera son conscientes de que viven una mentira inconmensurable. He visto que incluso se han organizado en sociedades y en asociaciones para profetizar. Lo de profeta fue un buen truco en aquella época, pero hoy no tiene sentido, por lo que veo, aunque sigue funcionando. Así que, mucho menos morir. No valdría de nada porque...

—Bueno... —murmuró el hombre borracho—, igual hoy ya no te certifican, digo..., te crucifican, igual no te crucifican y sólo te meten veinte años, según lo que hagas, claro, o igual si te vas a Estados Unidos o a Irán o a la China igual allí te ejecutan con una inyección, o te matan a pedradas, o te liquidan con un tiro en la cabeza, pero igual si me invitas a otra copa...

El hombre miró a Jesús y éste concedió. Le hizo una señal al camarero.

—No, eso no serviría de nada. Si acaso, para redimiros, tendríais que destruirme con una bomba atómica tan potente que redujera el mundo a ceniza, a polvo cósmico.

—Eso, mejor no nos remidas, digo..., no nos redimas, que yo quiero seguir bebiendo...

—Redimas... Eso me recuerda a Dimas. Dimas era...

—Sí, ya sé, el buen ladrón. A otro con ese cuento. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Yo, Jesús, encantado.

—Ya, claro, cómo no, Jesús. Yo soy Gestas, igual, un placer.

—¿Gestas?

—Sí, el ladrón hijo de puta, jajaja...

—En realidad dio lo mismo, ¿sabes?

—Sí, igual da lo mismo, que no vamos a ningún sitio, ¿verdad?

—Hombre, ¿qué quieres que te diga yo?

—Quiero que desaparezcas.

Y Jesús pagó la cuenta y despareció. El hombre ebrio apuró su última copa y, contento por no tener que pagar, se marchó. Jesús estaba afuera, bajo la lluvia.

—Entonces no te has ido aún.

—No, quería despedirme.

—Pues igual no te despidas, déjame en paz.

—No puedo. Me han puesto por todos sitios. Mira, allí encima —señaló el portón de madera de una casa— también me han puesto.

—Me da igual. Adiós.

—¿Ves? Hasta ahí me han puesto, hasta en el lenguaje me han metido.

—Bueno, remide a, digo..., redime a quien quieras, igual yo me tengo que ir. Igual nos vemos otro día por aquí y me sigues contando..., si me invitas a algo, claro.

—Te acompaño un poco en tu camino —le dijo Jesús, mientras pasaba su brazo sobre los hombros del hombre.

—¡Te he dicho —gritó, exaltado, embriagado— que me dejes en paz! —Y le empujó con todas sus fuerzas. Jesús cayó y se golpeó la cabeza contra el escalón de la puerta del bar. Después de permanecer inmóvil un minuto, el hombre echó a andar, mirando hacia todos lados, dejando tras de sí un desfile de huellas ensangrentadas.

Cuando llegó a su casa se quitó la ropa y se metió en la cama. No podía dejar de pensar en Jesús y en la hilera de huellas sangrientas que había dejado desde la puerta del bar hasta el portal de su casa, que estaba a escasos quinientos metros. Pero daba igual. Igual lo iban a encontrar, porque la gente del bar lo conocía y lo habían visto con Jesús toda la noche y la policía no tardaría en presentarse en su casa.

Él no negó nada, sino todo lo contrario: se explayó en los detalles. Les contó cómo había coincidido con Jesús por la mañana y cómo había pasado el día con él recorriendo bares. Jesús era un tipo solitario, les dijo, pero generoso. Le había invitado a todo: a las cervezas, a comer, al carajillo, a las copas. A todas las copas.

# # #

No pusieron en duda su condición de borracho, porque sólo había que verlo para saber, al instante, que era un hombre alcohólico hasta el extremo y que necesitaría meses para rehabilitarse, si es que era posible rehabilitarlo. Pedía una cerveza, aunque sea una cervecita, un montón de veces. Necesitaba beber, porque llevaba semanas sin probar más líquidos que agua, zumos y café. Estaba nervioso siempre, con la mirada inquieta y las manos incapaces de permanecer inmóviles. Aunque sea una cervecita, suplicaba cada pocos minutos.

—Igual me pagó quince copas, o más, yo no sé, pero qué faena, porque mañana iba a invitarme a más. Yo qué culpa tengo de que se haya matado, si fue un accidente, y además, para que vean, por cierto, ¿una cervecita no...? Bueno, igual después me traen una, ¿no?

—Ya veremos —le decían siempre—, según cómo te portes.

—Pero si yo, jefe, yo igual me porto bien, ya se lo he dicho todo. Que lo empujé porque me quería..., la verdad es que no sé lo que quería, pero parecía que quería besarme y, mire, jefe, yo eso no, ¿eh?, que igual borracho sí puede que sea, pero marica, no, y porque igual a usted no le ha pasado, pero es que a mí me pasa mucho, que vienen maricones a invitarme a beber y, claro, yo me dejo, pero cuando luego quieren hacer cosas sin ni siquiera preguntar pues no, igual no me da. Y lo empujé y se mató, igual fue mala suerte, aunque él no debería haber muerto, igual no lo entierren todavía, ¿eh?, porque de aquí a tres días éste se levanta, si es Jesús, jefe, si ya lo hizo, cómo no lo va a volver a hacer, aunque se le veía tan decaído que yo ya no sé, jefe, igual no se levanta más y no nos remide, digo, no nos redime. A mí, igual, seguro que no, jefe, porque sé que de aquí ya no salgo, ¿no, jefe?

—Si te portas bien, Gestas —le decía uno de los enfermeros—, puede que salgas en unos meses, pero tienes que tomarte la medicación. ¿Te la tomas?

—Claro, si ya sabía yo que ustedes igual son gente de palabra, claro que me la tomo, venga esa cervecita, jefe...

18 octubre 2009

Dolor de dedos

Por más que insistía, no era capaz de desatar aquella cuerda. Estaba atada al respaldo del banco del parque en el que se sentaba todos los días a la hora del almuerzo. Cuando empezaron a dolerle las uñas, sacó las llaves y lo intentó con ellas, pero también le dolían las yemas de los dedos, y las uñas se le ponían blancas de la presión, pero, para presión, la que experimentó en las uñas de sus dedos índice y corazón de la mano derecha cuando ésta resbaló y golpeó, con una fuerza tremenda, el respaldo de madera del banco.

Fue como sentir dos alfileres enormes atravesándole las uñas a esos dos dedos y las respectivas yemas. Fue un dolor tan intenso que le provocó un mareo vertiginoso. Se le nubló la vista. Sus ojos parecían estar ardiendo. Le gustaría decir que apenas sentía sus dos dedos, pero, taladrados por aquellas púas, los sentía demasiado, y pensó que hay ciertas cosas que no habría que sentir tanto.

En cambio —pensaba mientras, aún con los ojos cerrados, se chupaba las puntas de sus dos dedos, las embadurnaba en saliva y les soplaba—, otras cosas más importantes ni siquiera las sentimos, porque no somos conscientes de la realidad de su existencia, de hasta qué punto existen con tanta o más, claro, muchísima más intensidad que este dolor de dedos incapaces de desatar un mísero nudo.

#x#

17 octubre 2009

Responso en rojo limbo

.......................................in memoriam O. G.
Roja de roja pulpa
y acuosa roja gula,
a quien el rojo orgasmo
ardió la roja vulva
de roja poseída,
mientras el rojo airado
quemaba su pupila
de roja ardiente vida,
al fundir su rojura
de intacta roja furia
y roja enardecida.


...............................Arenas &
.................... ...Ed.Expunctor

Responso en negro abismo

.......................................in memoriam O. G.
Negra de negra arcilla
y abierta negra tiza,
a quien el negro barro
cubrió la negra mano
de negra enfebrecida,
mientras el negro manto
tapaba su ceniza
de negra esencia hendida,
al hervir su negrura
de exacta negra duda
y negra bendecida.


...............................Arenas &
.................... ...Ed.Expunctor

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Esto hicieron dos poetas
que bebían
y fumaban
en el sótano de un bar.

13 octubre 2009

Timidez

Perfectamente
un toro mugiéndome adentro de la faringe,
o un búfalo embistiéndome la tráquea,
incluso una locomotora que descarrila por mi garganta,
o una pequeña bomba repleta de cactus que estalla tras la lengua
con todas sus flores llenas de espinas;
también
termitas carnívoras
u ortigas enredadas,
y hablando de ortigas,
quizá sea una urticaria
tan íntima y tan tímida
que aún no se atreve a salir.


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[[Nota metatímida —que de tan tímida sólo se atreve a aparecer entre corchetes dobles—. Para ti, que llegas desde Google buscando cómo superar tu timidez: sólo tienes que abrir la boca y vomitarlo todo, sin concesiones, sin contemplaciones, sin reparos, sin preámbulos ni preludios, y mientras te sale todo verás que con todo también sales tú.]]

06 octubre 2009

¿Olimpiadas?

¿Os habéis quedado sin juegos olímpicos? ¡Oh, qué pena! ¡Ay, pobrecicos! Nuestros políticos, que pensaban que iban a dar el pelotazo de principio de siglo XXI y..., ¡casi! Ellos, que ya se estaban frotando las manos.

Observen, señores, que he dicho ellos, y efectivamente quiero decir todos, porque aquí, señores, cuando se trata de llenarse los bolsillos de billetes, se ponen de acuerdo al momento y sin ningún tipo de duda ni de preámbulo ni de comisión ni de pactos ni ná de ná.

¿Olimpiadas? Olieron dinero, ellos, todos ellos olieron dinero, un dinero... olímpico. Maletines de pértiga y billetes de relevos. Maratón de cheques. Eso es lo que olieron. ¿Acaso les importa España, el pueblo? Nunca les ha importado, y nunca les va a importar. Les importan sus cuentas corrientes..., que no son tan corrientes.

¿Eh? ¡Cómo mola! Los políticos de España, los que vacilan de ser nuestros representantes, esos que nunca se ponen de acuerdo ni para las pensiones ni para la educación ni para el color del papel del váter de los servicios de las Cortes; esos mismos, ante la perspectiva verde de las Olimpiadas, no dudaron ni un segundo, y dijeron sí, y animaron a su pueblo a apoyar las Olimpiadas en España, con un sí rotundo, un sí bancario, un sí con la manos prestas y los bolsillos abiertos.

El hombre de los seis millones de picores

Picar, pican:
pican, pican,
como pulgas,
como niguas.
Pican más
que la curiosidad;
más pican
que los mosquitos
estos picores,
estas tormentas sobre las pieles
de abrigo que llevo sobre la carne;
qué mejor que la carne desnuda y pura y viva y rebosante,
mejor sólo la carne
—¡la carne sola!—
sin más pieles que las mismísimas uñas,
que no pican,
y ojalá todo de uñas yo fuera,
pues no picaría.

04 octubre 2009

Estampa(dos)

tic tac toc
dice el reloj
talán talán
replica la campana
miaaaaau missss?
pregunta el gato
ra-ta-ta-ta-ta-ta
dispara el hombre
boooom buuum
el hombre insiste
aquí tiene el dinero
dice el banquero
chas chas chas
y apuñala con el cheque
muchas gracias caballero
agoniza el deudor
tic tac toc
sigue el reloj
taaaaalán taaaaalán
dobla la campana a traición
miaaaau miauuuu miss
advierte el gato
vuestros pecados serán perdonados
profetizan desde el púlpito
vuestro perdón es mero simulacro
responde alegre la vida
catacloc
sentencia la muerte
fin
concluye el autor

La culpa y la libertad

Hay una oración de la religión católica, el llamado “acto de contrición”, que dice: “yo confieso ante Dios todopoderoso [...] que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa [...]”.

Éste es uno de los infinitos ejemplos que ponen de manifiesto cómo de lo que se trata con la religión es de instaurar sistemática y perennemente el sentimiento de culpa en la conciencia de los hombres. Pero no sólo eso. Pecar “de pensamiento” se sitúa peligrosamente muy cerca de los llamados crímenes de pensamiento propios de los sistemas totalitarios, y no es casualidad que hace unos días se mentase aquí el sistema totalitario Iglesia católica.

Extendiendo al pensamiento el ‘pecado’ —recuérdese que, cuando la Iglesia controlaba y dominaba el poder civil, los pecados eran directamente crímenes, y como tal se juzgaba y ejecutaba, se asesinaba, a los pecadores, como ocurre actualmente con algunas teocracias musulmanas—, la conciencia del hombre que cree tales falacias permanece continuamente atormentada porque su naturaleza humana choca frontalmente con las reglas antinaturales que debe evitar para no caer en ‘pecado’. Nuestra naturaleza se dirige constantemente hacia ‘lo pecaminoso’, porque lo que la religión ha dado en llamar ‘pecaminoso’ es sencillamente un comportamiento natural en el ser humano: desde la mentira hasta la búsqueda de placer, todo acto codificado por la religión como pecado es un acto natural.

Al prohibirle comportamientos naturales, el individuo vive en una constante lucha consigo mismo. Las prescripciones religiosas calan tan hondo en la conciencia del hombre que éste está sometido a una tensión que sólo se resuelve de dos formas posibles: a) Asunción completa de tales prescripciones, que desde entonces se tendrán como reglas naturales e indiscutibles, con la consiguiente pérdida de su personalidad y de su identidad, pero en este caso la resolución de la tensión no es completa, pues la conciencia del sujeto sigue atormentada y confundida; b) Ateísmo, con la consiguiente liberación y recuperación progresiva de la personalidad y de la identidad propias del individuo.

El ateismo, pues, libera al hombre de las invenciones antinaturales, esquizofrénicas y delirantes de las religiones. Estas invenciones metafísicas, sin embargo, no sólo habitan en el mundo prerracional-mágico-religioso-ilógico, sino que se han instalado en el mundo civil, ¡en el mundo racional!, que las acepta y las fomenta, precisamente por el poder omnímodo que la religión ha ejercido durante tantos cientos de años sobre las sociedades, y porque al poder, a fin de cuentas, no le viene nada mal tener unos súbditos sumisos e ilusos.

El religioso, el creyente, es un hombre culpable —¡culpable hasta por nacer!—, mientras que el ateo es un hombre libre —libre hasta morir...—.

01 octubre 2009

Ojos que no vieron, pero ojos que ven

Ese desasosiego del cuerpo,
esa laxitud de los músculos
que corroe caníbal tus tendones y te desarma
y te deja con los brazos caídos
y la mandíbula batiente
-rabia viva, pura furia-.

Y todo ello, cortesía del conocimiento.

El conocimiento provoca en el organismo unos temblores, unas transformaciones... Cuando conocemos algo el mundo cambia, pero ese algo que modifica nuestra visión del mundo y nuestra sensación de estar en el mundo es un algo que es importante para nosotros. Conforme vamos conociendo, vamos cambiando. Ya no hay ojos que no vean ni cuerpo que no sienta, porque los ojos ven, y la visión produce una modificación del cuerpo y de su actitud en el mundo.

Ver es desilusionarse, es agonizarse, es endurecerse. Ya vemos y somos reales agonistas ailusos y curtidos. Como sabemos a qué atenernos pero desconocemos a qué se atienen los otros, sospechamos, y a través de las sospechas descubrimos las ranuras, los intersticios por los que resplandece, pura, dura, despiadada, virginal y corrompida, bella y sublime, dulce y terrorífica, la realidad.

30 septiembre 2009

Cuestión de género

Después de tocarla y manosearla durante varios minutos (¡cuántas cosas se pueden imaginar en pocos minutos!), tras mucho palparla por delante y por detrás con las yemas de sus dedos y con las palmas de sus manos (¡qué velocidad tiene la imaginación!), incluso acercando la cara a ella para olerla y notar su tacto contra sus mejillas (¡sus ojos cerrados le delatan y descubren lo que imagina!), acariciándola con sus labios (¡cómo le delatan sus labios...!); después de todo eso, mientras aspira embelesado, piensa que no sería capaz de decidirse entre si es una buena tela sin ningún género de dudas o si lo es sin ninguna duda de género, pero de lo que no cabe duda de ninguna especie es de que el género es excelente, vaya si lo es.

—Por favor, caballero —le interrumpe el encargado, que le apunta con un pañuelo de seda rojo—, se puede tocar el género, pero sin babear sobre él...

—Difcufpe —farfulla, abochornándose, y aparta la tela de sus labios. Durante unos pocos segundos (¡cuántas cosas se pueden imaginar en pocos segundos!) se queda callado, mirando a aquel chico del pañuelo rojo—... Disculpa... Me lo llevo. Todo lo que tenga..., lo que tengas, de este género... ¿Cómo te llamas? —pregunta, con el rubor aún en sus mejillas, mientras mira, delatándose con el brillo de sus ojos y con la sonrisa de sus labios, al encargado, que comienza a agitar lentamente, mientras se muerde el labio inferior, el pañuelo—.

28 septiembre 2009

Y también el sol...

Y también el sol
en el mar rïela.

La visión atea y la ilusión religiosa

El ateísmo es visión; la religión es ilusión.

La afirmación del ateo de que después de esta vida no hay nada es demasiado dura para los esquemas mentales del creyente religioso. Este creyente, que ha asumido y aceptado como un hecho normal y natural la existencia de una vida ultraterrena, suele decir que sería muy triste que después de esta vida no hubiera nada, porque, ¿entonces para qué? Unas veces el creyente utiliza el término triste; otras, desilusión; otras, incluso, mierda, o desolador.

Si comparamos la visión atea con la ilusión religiosa, ésta gana porque genera unas expectativas fabulosas (literalmente: fantásticas): ¡una vida eterna! El creyente que ha vivido imbuido en semejante ilusión es incapaz de atisbar siquiera, mucho menos de comprender, la realidad del mundo, porque esta realidad supone una desilusión enorme para quien ha crecido creyendo en una vida eterna a la que sólo tendrá acceso cuando muera.

El creyente tiene derecho a pensar como quiera (aunque no se sabe qué piensa él, porque lo que dice pensar no ha sido pensado por él, sino que es una metafísica que ha sido configurada a lo largo de dos mil años y que él ha asumido sin más), pero el creyente, en este punto, tendrá que admitir sin concesiones que él se sitúa en un punto de vista mágico, religioso, prerracional e ilógico, en tanto que el ateo se sitúa en un punto de vista realista, racional y lógico.

El creyente (irracional e iluso) y el ateo (racional y realista) se oponen, por tanto, de la misma manera que el ser humano (mortal, etc.) se opone a la idea de Dios (inmortal, etc.): una oposición frontal, absoluta, pues uno representa lo contrario del otro.

27 septiembre 2009

Asesinos en serie que matan con hambre

—Alrededor de 24.000 personas mueren cada día de hambre o por causas relacionadas con el hambre.*

* Dada la confusión reinante entre los verbos morir y matar, hay que aclarar que casi nadie muere de hambre, sino que a la inmensa mayoría la matan con hambre. Los gobiernos que no hacen nada realmente efectivo para evitar algo tan fácilmente evitable como es la muerte por hambre de seres humanos; esos gobiernos, que son todos los gobiernos, son responsables de la muerte por hambre de tanta gente... Esos gobiernos que representan a los hombres de la tierra: ¡los representantes de los hombres matan con hambre a otros hombres! ¡Nuestros representantes matan con hambre a unas 24.000 personas cada día! ¡Nos representan asesinos, pero asesinos en serie! Asesinos que no sólo matan con balas y bombas, y con fuego y armas químicas, sino que se han refinado en el arte de matar con hambre y no sentir ni mostrar el más mínimo atisbo de responsabilidad.

25 septiembre 2009

Reventadores (por cortesía de los gobiernos) de manifestaciones

Que digo yo que a las manifestaciones importantes, ésas en las que la gente se manifiesta a gran escala para reivindicar un mundo más justo y todo eso, sí, aquéllas en las que los manifestantes suelen tener ante sí un batallón de policía con cascos y con escudos y todo eso porque la manifestación tiene lugar frente a los lugares estos donde se reúnen los presidentes de los gobiernos de los países más poderosos del mundo, pues que digo yo que siempre, sistemáticamente, en todas las manifestaciones estas, las que suelen situarse frente al G-8, al G-20 o al Punto-G, para protestar contra el sistema político, el sistema económico o el sistema púbico, en todas hay un grupo de gente que las revienta, siempre encapuchados, que dices tú que sí, que pueden ser unos radicales de izquierda medio analfabetos y colocados, pues también, porque los hay, pero que digo yo, y sólo es un decir conspiranoico, que igual unos cuantos de ésos que revientan las manifestaciones son en realidad unos agentes infiltrados de algún grupo de élite creado por los gobiernos ex-profeso, o sea, a casico hecho, para reventar las manifestaciones y que la gente que las vea en las noticias sólo retenga esa impresión, eso mismo, a los encapuchados tirando piedras, cócteles molotov y quemando contenedores y coches, y que de esta manera la gente ya tenga una excusa fácil y cómoda para quedarse en sus cómodos sillones frente a la televisión, porque así no se fijan en que hay cierta gente que se mueve y protesta y reivindica un mundo donde no haya otras gentes que mueran de hambre, o de cólera, o de sarampión, o de rubeola, o de hambre, o de hambre, o de hambre, digo yo.

23 septiembre 2009

xxiii.ix.mmix

32
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XXXII
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32

22 septiembre 2009

Prohibiciones y prohibidores

Si llegan a prohibir fumar en los bares, espero que sean consecuentes —los señoritos del poder legislativo, que vienen a ser los del ejecutivo, que nombran a la mayoría de los del judicial— y prohíban circular a los coches y funcionar a las fábricas, porque si yo te mato con mi humo, no te matan menos los humos de los coches ni los de las fábricas.

En este punto, las prohibiciones de los políticos son tan hipócritas y tan incoherentes como en tantos otros temas. Prohíben el cannabis y permiten el alcohol; prohíben el asesinato y entrenan a asesinos; prohíben la prostitución y se prostituyen ellos mismos; prohíben el robo y roban, y prevarican, y cohacen, y malversan, y manipulan, y mienten, y se justifican y se sonríen y siguen robando.

Deberían prohibirse a sí mismos, y dictar una ley tanática que les decrete su guillotina.

Macroerotismo panóptico-confuso

El macroerotismo panóptico-confuso es aquel mundo-vorágine intensivo y extremo del erotismo donde confluyen sucesiva y simultáneamente todas las facultades y aptitudes conscientes e inconscientes de los sujetos, que se dilatan y se concentran en función de la confusión de sentidos imperante en cada momento o en cada simultaneidad de momentos, pues dentro de los confines macroeróticos el tiempo se desdobla, se indetermina o queda en suspenso, según los sentidos que se junten y se mezclen, y según qué tratos hagan o deshagan.

Si en el microerotismo sólo entran en juego el fuego y la lengua, en el macroeromundo panóptico-confuso no sólo entran, sino que también salen, con un movimiento variable en rapidez y tensión, todos los órganos —que son ya pura incandescencia— que conforman el cuerpo, desde la uña del dedo índice de la mano izquierda hasta el lóbulo más íntimamente oculto del cerebro, que para un libre nadar debe ser despojado de todo lastre del que se tenga o no consciencia.

Consciencia e incandescencia: he aquí dos asideros irrenunciables del macroerotismo, guías conspicuos de la corporeidad que se despojan mutuamente de sí mismos y se reintegran. Desprendimiento y restitución: he aquí dos momentos necesarios del macroeromundo, instantes de durabilidad indefinida que se adelantan o se superponen siguiendo siempre el ritmo de la respiración, que proporciona a cada poro una galaxia de ojos reptiles y táctiles y convierte los cuerpos en un inmenso tótem panóptico-confuso.

21 septiembre 2009

Microerotismo volcánico-lingüístico

El microerotismo volcánico-lingüístico es aquella parcelita del erotismo donde concurren simultáneamente el fuego /...la lava/ y la lengua /el susurro.../, en proporciones tan minúsculas pero con tanta concentración e intensidad que no hay voces articuladas, sino suspiros intrascendentes, instintivos, reflejos, pues la lengua no puede a la vez hablar y besar, ni hay explosión, sino crecimiento, aumento, progresión, pues siendo fuego, la lengua no puede ser palabra.

Sólo conforme crece el suspiro, cuando el fuego empieza a extenderse desde la punta de la lengua —desde donde brotan los susurros primeros y las primeras chispas— y a convertir los cuerpos en vivas e inquietas incandescencias, vamos abandonando los límites del microerotismo volcánico-lingüístico y nos adentramos en los confines del macroerotismo panóptico-confuso.

20 septiembre 2009

Hasta las gafas

Aún resollando, tuvo que agacharse para recoger la llave del suelo y, temblando, trató otra vez de introducirla en la cerradura, pero ya era tarde, porque notó en su hombro cómo una mano le agarraba con fuerza, y ni siquiera gritó, porque el terror le atenazó la mente de tal manera que no pudo mover un solo músculo ni articular un solo sonido.

Con ojos sumisos se dejó caer sobre el suelo, incapaces sus piernas de sostenerle, arrepintiéndose (mientras se lo robaban todo) de las tres cerraduras (el reloj) que había instalado (la cadena de plata) dos semanas atrás (el móvil) en la puerta de su casa (el anillo de oro de su boda) para evitar (la cartera) que le robaran (su mujer, últimamente obsesionada con la seguridad, se había empeñado), pero a él (dentro de la cartera, en un ticket del supermercado, escrito con lápiz verde de ojos, estaba el número de teléfono de la mujer morena que llevaba el turno siguiente al suyo en la pescadería, la mujer del piercing en la ceja izquierda, la de aquella sonrisa) no le había dado tiempo (el maletín) ni siquiera (el portátil) a abrir (¿Y si no volvía a encontrársela?) la segunda cerradura (hasta las gafas).

La religión contra la ciencia. Historia cíclica de una oposición continua

Del mismo modo que en la Edad Media la Iglesia se oponía a que los médicos investigasen con cadáveres, en el siglo XXI la Iglesia se opone a que los médicos investiguen con células madre.

Como se observa, la Iglesia se opone sistemáticamente a los avances de la Ciencia (como leí hace poco en Buenos presagios, de Terry Pratchett y Neil Gaiman —gracias, Jony—, lo de los fósiles de dinosaurios es una broma que los arqueólogos no terminaron de pillar...), porque la Ciencia destruye y aniquila las bases de las religiones, y pone en evidencia que no son más que una sarta irracional de cuentos infantiles, falacias, mitos, relatos mágicos y leyendas.

Ésta, y no otra, es la explicación de la oposición constante de la Iglesia a la Ciencia. La fe se derrumba, claudica, muere ante la razón, de ahí que la Iglesia se vea obligada a impedir y obstaculizar con todas sus fuerzas y con todo su poder el avance de la Ciencia, la luz de la razón, la claridad del intelecto racional. Y ello aún a costa de la vida de tantos hombres y de tantas mujeres...

P. D. La Iglesia, por ejemplo, no condona la vida con condones. Condena al sida. Sencillamente, señores, el Papa, entre otras cosas, hace apología de la enfermedad y de la muerte. Niega la eficacia del preservativo (la Iglesia se opone, otra vez, a la Ciencia), no ya como anticonceptivo, sino también como protector de enfermedades venéreas y mortales, casi como los pecados, que se dividen en veniales y mortales. Es decir, el Papa miente y engaña, y difunde su mentira por todo el mundo, porque esto no es una cuestión de opinión, señores, sino un hecho científico comprobado: si lo niegas eres un tonto, un ignorante o un hijo de puta, según la intención con que lo niegues y las consecuencias de tu negación.

Cualquiera diría, entonces, que el Papa no es sino Muerte, uno de los Jinetes del Apocalipsis, que disemina su semilla allá por donde pisa y arrasa con las vidas de los hombres y de las mujeres que pueblan la tierra. Cualquiera lo diría, si no fuera porque los Jinetes del Apocalipsis no existen. El Papa sí existe, y en este punto —en el punto de su contribución al contagio y expansión de la enfermedad y de la muerte a las gentes que no usan preservativo haciendo caso de lo que dice el representante de Dios en la tierra— tiene una responsabilidad. ¿Responderá? No creo.

19 septiembre 2009

La vida y el sentido

La vida es una sucesión interrumpida y discontinua de casualidades que se producen, únicamente, porque el mundo es pequeño y limitado. Tratar de ordenarlas y darles sentido es una pura obsesión metafísica, al igual que es una pura obsesión metafísica tratar de buscarle un sentido a la vida más allá de la vida misma, más allá del vivir, del estar vivo, del estar viviendo.

P.D. Al sentido de la vida hay que añadir los sentidos del cuerpo (que son seis: vista, oído, gusto, tacto, olfato y cerebro), que nos permiten disfrutar —¡y de qué maneras, señores, de qué maneras!— de la vida.