Cuando dos semanas antes vio los carteles en los que se anunciaba aquella rifa, pensó que las autoridades no tenían la más mínima dignidad. Sin embargo, aquel tipo de cosas era muy propio de los condados del sur, y seguro que la mayoría de las mujeres, incluso las casadas, compraba alguno de aquellos boletos por diez dólares para tener la posibilidad de pasar una velada, más o menos romántica, con aquel hombre tan importante para todos.
Ésa fue la razón de que, cuando entró en el Seven-Eleven a por unas cervezas, comprase un boleto. Era una buena forma de parecer otra estúpida más que contribuía al mantenimiento de aquellas tradiciones anacrónicas, y con un solo boleto no iba a resultar ganadora, pero el dependiente le dijo, extrañado, que si sólo compraba uno tendría muy pocas posibilidades de ganar, porque casi todas las mujeres se estaban llevando diez. En su afán por parecer otra estúpida mujer de aquel lugar, optó por comprar los diez boletos de rigor, y supo mantener la compostura cuando el dependiente, un hombre lampiño de ojos marrones, tras preguntarle su nombre, lo apuntó en el ordenador junto con los números que había comprado.
—Hace años lo apuntábamos en una libreta, pero ahora, con esto de los ordenadores, si le toca el premio lo sabrá a los dos minutos —le dijo, con un entusiasmo que a ella, a pesar de su expresión interesada en aquellas palabras, le provocaba arcadas.
Tenía que pasar desapercibida, ser una más entre sus nuevos vecinos. Hacía casi tres meses que vivía en aquel condado y no quería llamar la atención. Doscientos kilómetros al norte, en las montañas que había al otro lado de la Interestatal 75, había dejado de recuerdo dos agujeros de bala en el cráneo y uno en la entrepierna de aquel tipo, que estaría en pleno proceso de descomposición si nadie había descubierto el cadáver.
¿Que por qué lo mató? Porque sí. Ya sabía que era una respuesta infantil, pero no tenía ninguna mejor. Le pasaba desde que tenía diecinueve años. Desde que aquel tipo de barba y ojos azules la violó en aquella fiesta. Los dos iban borrachos, pero no lo suficiente como para no saber lo que estaba pasando. Ella no quería, pero él, que era más fuerte que ella, se empeñó y lo consiguió, y antes de dejarla semiinconsciente en la cama le arrojó un billete de cien dólares, como si fuera una puta.
—Esto es por las molestias —le dijo.
Dejó pasar el tiempo. Semanas después fue a su casa, se le insinuó y, una vez dentro, cuando lo tenía con los pantalones bajados, sacó la pistola y le pegó un tiro allí, en aquella abominación, y dos tiros en la cabeza. Salió de la casa como si no hubiera pasado nada. Los silenciadores hacían maravillas.
Pasaron los años, y hubo muchos tipos con barba y ojos azules que se cruzaron en su vida, y muchos billetes de cien dólares entraron en sus bolsillos, pero ninguna abominación más volvió a entrar en ella. Después de seducirlos, se los llevaba a la cama y, una vez los tenía con los pantalones bajados, sacaba su pistola y les pegaba los tres tiros de rigor.
Este ritmo de vida le obligaba a cambiar constantemente de lugar de residencia. Durante los últimos años intentaba no mirar a los hombres con barba a los ojos. La presión policial era cada vez más fuerte, y el rastro de asesinatos con el mismo modus operandi trazaba una línea que, de no interrumpirla, conduciría inexorablemente hasta ella.
Sin embargo, aquella mañana no pudo evitar mirar a los ojos de aquel hombre. Volvió a sentir la misma sensación que sintió siete meses atrás, cuando se cruzó con aquel alpinista en una de las sendas que unían las montañas con la Interestatal 75, aquel alpinista con barba y ojos azules: la misma sensación que experimentó la noche en la que cumplía diecinueve años.
Cuando abrió la puerta, tras oír el timbre, lo primero que vio fue una reproducción gigante de un billete de lotería por cuya parte de abajo se veían dos piernas y por cuyo lateral sobresalía una mano que sostenía un ramo de rosas. En un primer momento no entendió de qué se trataba, pero enseguida asoció aquel billete con los boletos de la rifa. Cuando el hombre que sostenía el boleto gigante lo bajó a la vez que ponía el ramo de rosas ante su cara, pudo ver, por el uniforme, que se trataba del sheriff, e inmediatamente dedujo que, desafortunadamente, había ganado aquel estúpido sorteo en el que se rifaba una cita con el sheriff. Apenas le dio tiempo de volver a pensar, como hizo dos semanas atrás, que había que ser estúpido para rifar al sheriff, porque enseguida éste apartó las rosas de su cara, una cara con una barba muy bien recortada y unos abominables ojos azules.