17 mayo 2008

Aquella lengua

Aquella lengua era, sin duda, la más experta que jamás se le había metido dentro. Qué dominio, qué precisión, qué maestría. Se movía lenta y se arrastraba con una delicadeza inaudita, sorprendente, fabulosa.

Las lenguas anteriores habían sido bruscas, inexpertas, rudas, pero aquella lengua... Aquella lengua le estaba proporcionando un placer sublime, un gozo extraordinario, unas expectativas supremas: sentía cómo incidía aquí y allí, y más acá, y más adentro, porque era larga aquella lengua, y eso le encantaba, que le llegase al fondo y le acariciase allá en lo profundo con una sensualidad tan exquisita, y que se lo chupase todo aquella lengua tan lúbrica de aquella libélula cuya cara ya estaba empapada de néctar.

15 mayo 2008

Meter la pata

No tardó ni medio segundo en darse cuenta de que había metido la pata hasta el fondo. Ni siquiera sintió la necesidad de comprobarlo, pues de todas formas no habría podido solucionar absolutamente nada.

Fue por eso que apenas se paró más del tiempo necesario para encenderse un cigarro, sin dignarse a mirar a su alrededor, indiferente a la gente que lo miraba, mientras sacaba la pierna de aquel agujero de cincuenta centímetros de profundidad, aquel agujero que no parecía más que un mínimo charco.

11 mayo 2008

Gregorio Martín

Tenía, sin duda, un ojo exquisito, una mirada penetrante y una intuición colosal. Él era capaz de contemplar, durante días, una obra de arte: para él, una obra de arte era un Picasso, el Quijote y su vecina de enfrente.

Sin embargo, Gregorio Martín nunca supo qué significa, qué sensación produce el hecho de ser contemplado, porque ni siquiera él era capaz de permanecer frente al espejo más del tiempo estrictamente necesario para asearse: tan feo era. Quizá fue ésa la razón de que se convirtiera en uno de los más feroces defensores de las estéticas de la fealdad y de lo grotesco. Aún así, nunca pudo escribir unas miserables líneas sobre su propia condición, dado que nunca se había contemplado el tiempo suficiente como para poder reflexionar sobre su forma.

Tan feo era que, pensó, si se diera a conocer, algún crítico podría considerar que no encajaba en los principios teóricos de tales estéticas y crear, en consecuencia, una corriente artística cuyo objeto de estudio fuera únicamente él: el gregorismo martiniano.

09 mayo 2008

Dolor de cuello

Llevo años con un dolor de cuello insoportable. Desde que tengo uso de razón, parece que un muelle alojado en mi tráquea me obliga a asentir incesantemente, a mover la cabeza hacia delante y hacia atrás y hacia delante y hacia atrás y así eternamente.

Este movimiento será constante no más allá de la muerte, razón por la que he decidido suicidarme, porque el dolor de cuello se me sube a la cabeza y tengo unos vértigos con los que alguien como yo no puede vivir.

Había pensado en suicidarme saltando desde lo alto de un edificio, pero después he pensado que será mejor dejarme atropellar, porque no sé si mi instinto me permitirá estrellarme contra el suelo. No sé hasta dónde llega el afán de supervivencia de nosotras, las palomas.

08 mayo 2008

La rosa profunda #6

07 mayo 2008

Tirar colillas al vecino

Esto es uno que buscaba a través de Google esto:

Y ha llegado aquí. Quizá lo han denunciado por tirar colillas, o quizá ha denunciado porque le tiran colillas. Por si acaso, no digo el nombre del lugar desde el que ha llegado no sea que siga el ejemplo que ha leído, llene su casa de cartones y pegamento inflamable y se fume un cigarro mientras ve, desde la terraza del bar de enfrente, cómo arde el edificio.

06 mayo 2008

Versión original

Después de ver tantas series y tantas películas inglesas y americanas en versión original subtitulada en su idioma, echó de menos, cuando viajó a Londres, ver pasar los subtítulos a la altura del pecho de los londinenses con los que trataba de comunicarse.

05 mayo 2008

Sueño rojo

Sólo cuando despertó pudo respirar tranquilo, al ver aquel techo tan sólido y tan blanco que lo liberó inmediatamente de aquel suceso tan líquido y tan rojo.

En aquel sueño él mataba a su mejor amigo. No recordaba bien por qué motivo, pero había un billete y una televisión. Trató de recordar. Hubo una discusión y una pelea. Su amigo lo perseguía enarbolando algo... ¿Una piedra, quizá? No, era un cenicero, el cenicero en el que tantos cigarros habían apagado a lo largo de los años, un cenicero que su amigo le regaló cuando volvió de su viaje al Machu Picchu, un cenicero grande y labrado en roca. Entonces él sacó un cuchillo, ¿no? No, no lo sacó.

En el techo blanco vio, como en una pantalla de cine, cómo él, huyendo de su amigo, llegaba a la cocina y cogía un cuchillo del fregadero, el cuchillo grande y afilado que horas antes había utilizado para partir las patatas que media hora después se comieron asadas. Entonces fue él quien persiguió a su amigo, justo después de que éste le lanzara el cenicero y le diera de refilón en la cabeza, que todavía le dolía.

Es algo que suele pasar después de sueños muy intensos. Recordó aquella vez en la que soñó que, haciendo rapel, se soltaba la cuerda, cuyo nudo había atado su amigo, caía diez metros y se rompía una pierna. Cuando despertó, la pierna le dolía horrores, aunque el dolor tardó unos segundos en desaparecer.

Le costaba recordar cómo seguía el sueño. Con la vista perdida en el techo blanco, volvió a repasar el sueño desde el principio. Cuando iba por el cenicero volando hacia su cabeza, recordó que la discusión había empezado por algo que vieron en la televisión, pero no era un programa. ¿Qué estaban viendo? En una pantalla azul... Quizá era el ordenador, y no la televisión. Pero no, tenía que ser la televisión porque vio, proyectado en el techo, cómo su amigo cogía el mando y, eso es, ponía el teletexto e introducía el número de una página, aunque fue incapaz de recordar de qué página se trataba.

Volvió al lugar del sueño donde se había quedado. Él corría detrás de su amigo con el cuchillo, pero su amigo llevaba algo en la mano. El cenicero no era, porque se lo acababa de arrojar a la cabeza. En cualquier caso, pudo ver en el techo cómo daba alcance a su amigo por detrás y le clavaba el cuchillo en el cuello, atravesándole la garganta de lado a lado. Su amigo cayó al suelo y...

Y la cabeza todavía le dolía. Se llevó la mano izquierda al lugar del dolor, encima de la oreja, y notó algo líquido. Inmediatamente se miró la mano, manchada de rojo, y cuando fue a mirarse la otra descubrió que todavía tenía agarrado el billete de lotería que días antes habían comprado a medias y que había resultado ganador del bote de tres millones de euros.

Sólo cuando despertó pudo respirar tranquilo, al sentir que se estaba purgando de aquel suceso tan líquido y tan rojo bajo aquel techo tan sólido y tan blanco de la celda de la prisión en la que llevaba encerrado siete años.

04 mayo 2008

Planepatio

En el Hospital Reina Sofía,
desde la ventana que hay junto a los libros flotantes

Concursos literarios y expolio

Hace algunos años leí en las bases de un concurso literario que la organización pasaría a detentar los derechos de propiedad de los textos ganadores. Pensé: vaya listillos. Miento. Pensé: vaya unos cabrones, que la finalidad de un concurso literario es, o debería ser, sacar a la luz a aquellos escritores cuyos textos tienen calidad, y no aprovecharse de ellos para, a cambio de pecunia, arrebatarles sus derechos de propiedad.

Esto fue hace algunos años. Lo había olvidado por completo hasta que ayer me pasaron las bases de un concurso de relato: III Certamen Relato Corto “Vallecas Cuenta”, en cuyas bases se lee:

12.- Todos los derechos de las obras premiadas pasarán a poder del Ayuntamiento de Madrid, incluyendo entre otros los de reproducción, transmisión, distribución, transformación y, en general, todas las modalidades de explotación y medios de difusión conocidos en la fecha de otorgamiento del premio. Por la primera edición del relato, los autores no devengarán, por ningún concepto, otra cantidad distinta del premio percibido (tanto los premiados en las categorías principales, como los finalistas). La organización podrá suscribir con terceros los acuerdos oportunos para posibilitar la óptima explotación de las obras premiadas en las diversas modalidades que estime oportunas.


Hasta cierto punto es comprensible que la organización se quede con los derechos de reproducción, transmisión y distribución. Lo que me ha arrancado la gran carcajada ha sido el derecho de transformación y, en general, todas las modalidades de explotación y medios de difusión conocidos en la fecha de otorgamiento del premio.

Éste es sólo un punto de los diecisiete que forman las bases, cuya lectura es bastante divertida. En el 15 se establece que cada autor se obliga a suscribir cuantos documentos sean necesarios para que los derechos de la obra cedidos a la organización queden inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual y el cualquier otro registro público nacional o internacional.

Creo que ya he dicho que la lectura de las bases es muy divertida. Por ejemplo, la base 2 dice que las obras deberán ser originales e inéditas y deberán estar escritas en castellano: escritas en castellano, no en español, que no es lo mismo.

Además, el jurado está compuesto, mayoritariamente, por gente que no tiene especial competencia en el ámbito literario: el Concejal Presidente del Distrito o persona en quien delegue, en calidad de presidente y los siguientes vocales: Un miembro de cada uno de los grupos políticos con representación en la Junta Municipal, dos escritores de reconocido prestigio en el mundo de las letras y un asesor técnico.

Interesante, sin duda, es la número 7: [...] El jurado, en virtud de las obras y el espacio disponible, determinará el número de relatos finalistas [...]. De modo que, además de los tres premios establecidos previamente, el jurado puede declarar finalistas (sin premio económico; sólo la edición del relato) a todos los que se han presentado. De esta forma, el Ayuntamiento podría quedarse con los derechos de propiedad de todos los textos presentados a concurso. OLÉ. Así, por un total de 3.800 € el Ayuntamiento puede comprar los derechos de propiedad de todos los textos presentados al concurso. Olé, olé y olé. Viva cierto tipo de concursos literarios y viva el expolio.

Las bases 11, 14 y 16 son también para echarse unas risas. La verdad es que no tienen desperdicio estas fabulosas bases.

03 mayo 2008

La rifa

Cuando dos semanas antes vio los carteles en los que se anunciaba aquella rifa, pensó que las autoridades no tenían la más mínima dignidad. Sin embargo, aquel tipo de cosas era muy propio de los condados del sur, y seguro que la mayoría de las mujeres, incluso las casadas, compraba alguno de aquellos boletos por diez dólares para tener la posibilidad de pasar una velada, más o menos romántica, con aquel hombre tan importante para todos.

Ésa fue la razón de que, cuando entró en el Seven-Eleven a por unas cervezas, comprase un boleto. Era una buena forma de parecer otra estúpida más que contribuía al mantenimiento de aquellas tradiciones anacrónicas, y con un solo boleto no iba a resultar ganadora, pero el dependiente le dijo, extrañado, que si sólo compraba uno tendría muy pocas posibilidades de ganar, porque casi todas las mujeres se estaban llevando diez. En su afán por parecer otra estúpida mujer de aquel lugar, optó por comprar los diez boletos de rigor, y supo mantener la compostura cuando el dependiente, un hombre lampiño de ojos marrones, tras preguntarle su nombre, lo apuntó en el ordenador junto con los números que había comprado.

—Hace años lo apuntábamos en una libreta, pero ahora, con esto de los ordenadores, si le toca el premio lo sabrá a los dos minutos —le dijo, con un entusiasmo que a ella, a pesar de su expresión interesada en aquellas palabras, le provocaba arcadas.

Tenía que pasar desapercibida, ser una más entre sus nuevos vecinos. Hacía casi tres meses que vivía en aquel condado y no quería llamar la atención. Doscientos kilómetros al norte, en las montañas que había al otro lado de la Interestatal 75, había dejado de recuerdo dos agujeros de bala en el cráneo y uno en la entrepierna de aquel tipo, que estaría en pleno proceso de descomposición si nadie había descubierto el cadáver.

¿Que por qué lo mató? Porque sí. Ya sabía que era una respuesta infantil, pero no tenía ninguna mejor. Le pasaba desde que tenía diecinueve años. Desde que aquel tipo de barba y ojos azules la violó en aquella fiesta. Los dos iban borrachos, pero no lo suficiente como para no saber lo que estaba pasando. Ella no quería, pero él, que era más fuerte que ella, se empeñó y lo consiguió, y antes de dejarla semiinconsciente en la cama le arrojó un billete de cien dólares, como si fuera una puta.

—Esto es por las molestias —le dijo.

Dejó pasar el tiempo. Semanas después fue a su casa, se le insinuó y, una vez dentro, cuando lo tenía con los pantalones bajados, sacó la pistola y le pegó un tiro allí, en aquella abominación, y dos tiros en la cabeza. Salió de la casa como si no hubiera pasado nada. Los silenciadores hacían maravillas.

Pasaron los años, y hubo muchos tipos con barba y ojos azules que se cruzaron en su vida, y muchos billetes de cien dólares entraron en sus bolsillos, pero ninguna abominación más volvió a entrar en ella. Después de seducirlos, se los llevaba a la cama y, una vez los tenía con los pantalones bajados, sacaba su pistola y les pegaba los tres tiros de rigor.

Este ritmo de vida le obligaba a cambiar constantemente de lugar de residencia. Durante los últimos años intentaba no mirar a los hombres con barba a los ojos. La presión policial era cada vez más fuerte, y el rastro de asesinatos con el mismo modus operandi trazaba una línea que, de no interrumpirla, conduciría inexorablemente hasta ella.

Sin embargo, aquella mañana no pudo evitar mirar a los ojos de aquel hombre. Volvió a sentir la misma sensación que sintió siete meses atrás, cuando se cruzó con aquel alpinista en una de las sendas que unían las montañas con la Interestatal 75, aquel alpinista con barba y ojos azules: la misma sensación que experimentó la noche en la que cumplía diecinueve años.

Cuando abrió la puerta, tras oír el timbre, lo primero que vio fue una reproducción gigante de un billete de lotería por cuya parte de abajo se veían dos piernas y por cuyo lateral sobresalía una mano que sostenía un ramo de rosas. En un primer momento no entendió de qué se trataba, pero enseguida asoció aquel billete con los boletos de la rifa. Cuando el hombre que sostenía el boleto gigante lo bajó a la vez que ponía el ramo de rosas ante su cara, pudo ver, por el uniforme, que se trataba del sheriff, e inmediatamente dedujo que, desafortunadamente, había ganado aquel estúpido sorteo en el que se rifaba una cita con el sheriff. Apenas le dio tiempo de volver a pensar, como hizo dos semanas atrás, que había que ser estúpido para rifar al sheriff, porque enseguida éste apartó las rosas de su cara, una cara con una barba muy bien recortada y unos abominables ojos azules.

01 mayo 2008

Dana, iluminada, contempla el horizonte

Iluminación y foto: Arenas
Mano: Ed. Expunctor
Jerba: Dana

29 abril 2008

Miedo a la oscuridad

Cuando abrió los ojos le asaltó primero la confusión y después la desesperación. Él no estaba allí antes, sino en otro sitio, en un lugar alegre, divertido. Sin embargo, ahora estaba completamente a oscuras, envuelto por una tiniebla horrible, pavorosa. No veía nada, ni nada sabía acerca de qué le rodeaba. El miedo se adueñó de su cuerpo. Le parecía que algo se movía en aquel lugar, algo informe que se acercaba a él, gruñendo, olisqueando. El ataque de hipo y espasmos inicial se convirtió enseguida en una ráfaga desatada de llanto desesperado, agónico, implorante. Todo su cuerpo era un manojo de miedo, un racimo de terror: su alma, en aquellos momentos, era el reino del espanto. Estuvo aterrado una eternidad, o quizá tan solo unos segundos, pero el pánico se le esfumó gradualmente del cuerpo en cuanto se abrió la puerta, se encendió la luz y su madre lo cogió en brazos.

28 abril 2008

Suicidio

Aquella tarde el cielo era más negro que de costumbre. El mundo se desplomaba cada día con más contundencia y él siempre estaba debajo, de modo que decidió poner fin a tanto sufrimiento y a tanta miseria. Se suicidaría esa misma tarde, allí mismo, en su casa. El mundo se seguiría desplomando cada día con más contundencia, pero él ya no estaría debajo para tener que soportarlo.

Optó por un cúter. En un primer momento pensó en saltar desde el ático, pero, aunque esa muerte sería más rápida, no tenía ganas de que nadie lo viera morir. También se le pasó por la cabeza pegarse un tiro, pero no tenía pistola ni sabía cómo conseguir una en tan corto plazo de tiempo. Una sobredosis de medicamentos fue una opción que tampoco se le escapó, pero dados sus conocimientos al respecto pensó que mejor otro camino para asegurar su muerte. No quería no morir cuando se suicidase. Puesto que todo le salía mal en la vida, al menos que le saliese bien la muerte.

Se decidió por el cuarto de invitados. En un primer momento pensó en la bañera llena de agua, pero lo consideró un tópico risible. También se le pasó por la cabeza suicidarse en el sofá, pero no quería que el televisor fuera la última imagen de su vida. La cama fue un lugar que tampoco se le escapó, pero pensó que, como había dormido allí solo los últimos treinta años, no quería morir solo en un sitio donde ni siquiera en sus sueños estaba acompañado.

De modo que optó por el cuarto de invitados y por un cúter. Se sentó en aquella cama en la que nunca había dormido, puso ante sí su brazo izquierdo y se miró la muñeca, blanquecina, surcada por venas azuladas, grisáceas. Con su mano derecha tomó el cúter de su bolsillo, sacó dos dedos de hoja y lo bloqueó para impedir que se cerrase. Puso el cúter sobre su brazo izquierdo y lentamente fue aproximándolo a la muñeca. Situándolo en perpendicular, hendió la hoja en su carne con un golpe seco. En el silencio de la habitación de invitados, se oyó el choque del metal con el hueso. Su intención era rasgar y sajar la carne y las venas de lado a lado, y ese primer movimiento tenía por finalidad afianzar la hoja del cúter para, a continuación, tirar del cúter hacia sí con toda su alma.

Con ese primer movimiento apenas había cortado un poco de carne: se había infligido una herida mínima, de ésas que se cierran presionando un par de minutos, pero de su muñeca salió una cantidad de sangre tal que nada más verla se desmayó, y se desplomó sobre el suelo a la vez que el mundo se desplomaba sobre él con una contundencia inaudita.

Las brigadas satánicas en Murcia

Conscientes de la dificultad de llevar a cabo su labor religiosa, las brigadas satánicas salieron el sábado pasado por las calles de las tascas murcianas para propagar su mensaje. Enarbolando una cruz invertida, cantaban himnos satánicos acompañados por unas guitarras y unas armónicas. A su paso por las tascas, repartían folletos en los que reivindicaban el uso del preservativo, el derecho al aborto y al consumo de drogas.

Este último punto casi les causa un conflicto con las autoridades. Unos agentes se dispusieron a ponerles una multa por apología de las drogas, pero el portavoz de las brigadas satánicas alegó que las drogas a las que se referían eran las legales: tabaco y alcohol, a cuyo consumo todos los ciudadanos tienen derecho cumpliendo con el requisito de la mayoría de edad. Efectivamente, en una nota a pie de página incluida en los folletos que repartían, se especificaba la referencia a este tipo de drogas.

Las brigadas satánicas no sólo se limitan a satanizar a los transeúntes, sino que el afán de propagación de su mensaje va más allá. Según nos informó el responsable de las brigadas satánicas, intentaron llevar sus reivindicaciones a las aulas de los institutos, pero su petición fue rechazada alegando ciertos principios morales que no vienen al caso.

Entre los actos realizados en esta campaña, se encuentran visitas a diversos hospitales de la Región, donde los enfermos recibieron a los jóvenes satánicos con confeti y copichuelas de caldo con pelotas. Precisamente por su éxito, uno de los jóvenes afirma que está dispuesto a volver a los hospitales para tratar de concienciar a los enfermos sobre los beneficios de los cuidados paliativos, del uso del preservativo y del consumo responsable de drogas.

No podemos cerrar este artículo sin hacer referencia a la suerte que acompañó a este grupo de jóvenes satánicos en su salida por Murcia el sábado pasado, ya que las brigadas católicas eligieron ese mismo día para salir por las tascas a propagar su mensaje radicalmente opuesto al de las brigadas satánicas. Quién sabe. Quizá unos se habrían puesto a invocar a Satán mientras los otros habrían contraatacado con el vade retro.

27 abril 2008

Al acecho

Siempre al acecho, mi jerba dana se arrastra por el suelo como si fuera una serpiente. Su inmovilidad supera límites de anacoreta. Un movimiento apenas perceptible de sus bigotes delata su actitud alerta, prevenida, cautelosa. Y sus orejas, como periscopios, giran hacia uno y otro lado atentas a cualquier estímulo sonoro.

Maneras de vestir

—... Si es que mira cómo salen hoy los jóvenes a la calle... Mira ése, qué pantalones lleva, todo rotos por los bajos y enseñando los calzones, ¿será posible...? Y mira qué pelo lleva ése, ¿tú te crees...? Y si no la muchacha que pasó hace un rato, con los pantalones pegados, rotos y descoloridos, y enseñando las bragas... No sé cómo no les da vergüenza salir así a la calle... Y mira aquél, con trenzas mal hechas y un pin en la ceja... —le decía ella a su vecina Maruja.

Con la cabeza llena de rulos, la bata y las zapatillas de estar por casa, se pasaban las tardes en la calle analizando las maneras de vestir de la gente.

26 abril 2008

Pesadez

No le gustaba ser pesado, ni siquiera parecerlo, y estaba dispuesto a llegar a las últimas consecuencias para conseguirlo. Por eso cuando se pusieron en venta las primeras casas en la luna compró una. Desde que vive allí, nadie tiene el atrevimiento de insinuar si quiera la más mínima sospecha sobre su pesadez.



Fear on the road


Al volante: Arenas
A la cámara: Ed. Expunctor
Al sonido: Iron Maiden

24 abril 2008

Operación 'Peine' (XXVIII)

El martes vi esto en el Jardín de la Constitución, detrás de La Merced, a eso de las dos de la tarde:

Me acordé inmediatamente de aquella noticia, y pensé que qué operación más larga, y que cuántos peines habrán gastado ya, y que cuántos les quedan.

23 abril 2008

El campeón de antes

No por llegar antes pensó que ganaría. De hecho, nunca pensó en llegar antes para ganar, pero cuando ganó sin llegar antes pensó en cómo llegar a ganar llegando antes.

22 abril 2008

Vivir en el olvido

Después de mentarle a la madre, la cogió de los brazos, la levantó del suelo, metió la rodilla derecha entre sus piernas, y la impulsó hacia arriba, y hacia abajo, repitiendo y acelerando cada vez más sus movimientos.

En la cara de ella se dibujaba la misma expresión entre asustada y nerviosa de las veces anteriores. La cara de él le sonaba, lo había visto algunas veces en todos estos años, aunque no sabría decir cuántas, pero lo recordaba sobre todo por eso: por cómo la cogía de los brazos, la levantaba del suelo y la ponía sobre su pierna, que subía y bajaba incrementando cada vez más el ritmo, hasta que ella explotaba en un ataque incontrolable de risa.

Apenas tres días después de que él se fuese ya lo había olvidado, y no volvería a recordarlo hasta que volviera de nuevo, o hasta que su padre o su madre le hicieran lo mismo, momento en que se le aparecía en el recuerdo la cara de aquel hombre de cuyo nombre ya no se acordaba. Aquel nombre vivía en el olvido hasta que su padre o su madre le hacían lo mismo y le preguntaban:

—¿Quién te hace el caballito? ¿El tito...? ¿Cómo se llama el tito? —pronunciando despacio, con un tono infantil.

— Eh... —ansiosa, confusa, los miraba interrogante.

—Aaan-toooo-niiii-ooo... —y la miraban, expectantes.

—Aaaatooonoo... —respondía ella, y se le iluminaba la cara durante unos segundos.

21 abril 2008

Avisado

No poco más pudo haber hecho antes de salir de allí. Podría haber cogido uno de los cubos que había en el aseo y haberlo llenado de agua. Mientras tanto, podría haber salido al rellano gritando como un poseso. A fin de cuentas eran cuatro pisos, y su voz resonaría por ellos como en una cueva. Además, aún habría tenido tiempo, antes de que rebosase el cubo, de liarse un cigarro y prenderle fuego. Fumando, podría haber cerrado el grifo, cogido el cubo, caminado hasta la cocina y arrojado el agua sobre la maceta incendiada de la repisa de la ventana.

Él estaba fregando los platos y vio cómo una colilla caía justamente sobre la maceta que decoraba la repisa de su ventana, una más de las cuatro macetas secas que le alegraban la vista mientras fregaba. Con las manos llenas de estropajo y espuma, se quedó mirando la colilla. Pensó en su vecino de arriba: ya le había dicho doce veces que hiciese el favor de no tirar colillas, y llevaba denunciándolo desde la octava: en aquella primera denuncia hizo constar que ya había avisado siete veces a su vecino y que éste no hacía ningún caso. Pensó que si apagaba esa nueva colilla que había caído en su maceta, a escasos centímetros de la cortina de la ventana, y subía de nuevo a casa de su vecino, serían ya trece las veces que le habría avisado, pero el trece es un número que trae mala suerte.

De modo que cerró el grifo, salió de la cocina esquivando las cajas de cartón, llegó a su habitación, cogió una mochila y metió en ella sus pertenencias imprescindibles. Se la echó al hombro y, esquivando las cajas de cartón, salió de su casa.

En realidad ni siquiera habría necesitado un cubo: en un primer momento podía haber cogido la colilla con la mano y haberla puesto bajo el grifo, pero ya estaba harto. Después de avisar por séptima vez a su vecino sobre los riesgos de las colillas que tiraba, optó por hacerle un seguro a su piso. Le hizo un seguro de un montón de millones. Los números de su cuenta bancaria se quedaron temblando cuando pagó la primera cuota. Pero era premio seguro, y el siete es un número que trae buena suerte.

Cruzó la calle y se sentó en la terraza del bar de enfrente de su casa. Entonces sí: sacó el tabaco y, tras pedirle una caña a Paco, comenzó a hacerse un cigarro. De vez en cuando miraba disimuladamente hacia la ventana de su cocina: la cortina ya había prendido. ¿Cuánto tardaría en propagarse el fuego por el cartón? Tenía la casa llena de cajas de cartón. Había perdido la cuenta de las cajas de cartón que tenía. Se dedicaba en sus ratos libres a pegar unas cajas con otras, sin forma definida y sin intención artística. Solo unía cajas con aquel pegamento altamente inflamable. Cuando apretó el mechero e inspiró para prender el cigarro, una bocanada de fuego salió de la ventana de su cocina como una lengua de mar al estrellarse contra una roca.

Entonces vino la actuación. Gritos, histerismo, incredulidad, agitación, nervios, inseguridad, desorientación. ¡¡Paco Paco Paco llama a los bomberos me cago en los muertos del hijoputa del de arriba que me ha quemao la casa!! Gritando, histriónico en el intento de darle a las teclas del móvil. ¡¡Cuál es el número de los bomberos Paco coño el número Paco que me quema la casa el hijoputa!! Doce minutos tardaron los bomberos en llegar, pero aquello ya era una antorcha que le olía a billetes para quemar.

20 abril 2008

De pelo en seso

Su incipiente calvicie le está dando unos quebraderos de cabeza inaceptables. Camina obsesionado, totalmente seguro de que todo el mundo tiene la vista puesta en su cabeza, en cuya coronilla se deja entrever un principio de alopecia que podría degenerar en una caída total de sus negras e hirsutas melenas. Este pensamiento lo mortifica sobremanera todos los días, y no encuentra la forma de que llegue la noche adecuada, que le traerá unas horas en las que podrá reconfortarse.

Los días se le hacen eternos. Desde que advirtió hace varios meses aquella circunstancia de su cabeza, no ha podido dejar de pensar en ella ni un segundo. La perturbación ronda su mente a todas horas, constantemente, ininterrumpidamente. En su imaginación todo son pelos que mueren y pelos que caen, pelos que se liberan de sus raíces y pelos que se suicidan.

Este acontecimiento lo aleja de la realidad conforme pasan los días, las semanas, los meses. Su mundo se va reduciendo cada vez más al asunto de su cabeza, al asunto del pelo que ya no hay en su cabeza. Ni siquiera tiene ganas de desayunar cuando se levanta, porque la parte convexa de la cuchara le sugiere una calva de plata reluciente, y la imagen de la calva y de la plata reluciente le produce escalofríos, y, como un autómata, hoy ha salido a la calle absorto como siempre en su problema, caminando hacia su lugar de trabajo.

Un ambiente onírico lo envuelve todo. No hay casi nadie por la calle, y sólo algún coche despistado circula perezoso por la ciudad. Él apenas se ha dado cuenta de estos detalles, tan abstraído como va en su problema. Lo que no le ha pasado inadvertido ha sido el hecho de que el edificio de la empresa en que trabajaba esté cerrado. Entonces ha caído en la cuenta de que quizá esté soñando, y la cara se le ha iluminado. Pero no. Sabe que no está soñando: su estómago ruge, así que se dirige al bar de la esquina y pide un café con leche y unas tostadas mientras ve en el cristal de la ventana el reflejo de su incipiente calvicie, aquel pequeño hueco sin pelo en su coronilla.

Cuando sale del bar dispone de una información valiosa: hoy es domingo. Piensa en irse a su casa a dormir, pero sabe que no podrá pegar ojo: del tamaño del de un cíclope es el espacio calvo en su cabeza, de modo que opta por pasear. Nunca antes había entrado en una comunión tan plena con el entorno. Casi todo lo que le rodea le sugiere caída de cabello, calvicie, lepra capilar. Un trozo de pared desconchado, un agujero en la acera, un hilo en el suelo, un coche abollado, un faro fundido, una manchita de aceite en la carretera. Por primera vez en su vida se compadece de una flor, cuyos pétalos se secan sobre el suelo, y ha estado varias horas contemplando aquel desastre, aquel cataclismo de la naturaleza.

El día se le está haciendo inacabable, al igual que todos los días de los últimos meses. Después de que su estómago le avise de que es la hora de la comida, entra al primer restaurante que encuentra, pero tiene que rechazar el menú del día. Ver los espaguetis en los platos de los demás clientes le está revolviendo el estómago. Durante la comida se ha levantado cinco veces para ir al servicio, donde ha inspeccionado su coronilla, que sigue igual de vacía.

A pesar del sufrimiento y desasosiego con que ha transcurrido la comida, sale contento de aquel restaurante: ha visto en el calendario que hoy es veinte de abril y que esta noche hay luna llena, así que sólo tiene que esperar unas horas para convertirse en hombre-lobo.

18 abril 2008

Virginia dorada

17 abril 2008

García Boquita

—Mamá, no sabes qué éxito el curado que me enviaste... ¡Lo mejor! A todo el mundo le encanta su sabor... Dicen que nunca han probado un queso igual... Sí, claro, mamá, es que... Es que, mamá, tú..., tú siempre eliges lo mejor... Bueno, mamá, te tengo que dejar... Es que... Es que aquí hay una rubia que me la quiere chupar...


Vecinos fumando

Ayer por la tarde, en un rincón de Murcia.

16 abril 2008

Okupa,


De nuestra parte.

15 abril 2008

Cansancio

Necesito desintegrarme. Diluirme en el aire durante un par de días, un par de meses. No sólo mi cuerpo quiere desaparecer: también mi alma y mi espíritu ansían la disolución temporal. Estar en suspenso, ser nadie allí, en algún punto indeterminado del cosmos. Sin continuidades, sin interrupciones, sin preámbulos ni epílogos. Sin saltos en el tiempo, sólo el tiempo como puro concepto: inconcreto, insustancial, sin importancia.

Cansado, ¡sí!, cansado.

Necesito desintegrarme. Dormirme en el aire. Ser nube y lloverme sobre toda la tierra para difuminarme sobre el polvo y perderme entre las grietas. Ser barro y salpicarme cuando me llueva sobre mí mismo. Ser humo y desleírme bajo el agua y sobre el barro. Todo yo disuelto y difundido.

13 abril 2008

Cuarto trastero: próximos bolos

Me comunican por un comentario en aquella entrada que los próximos bolos de Cuarto trastero serán:

17 de Abril en Atomic (Murcia)

7 de mayo en Sala 12&medio (Murcia)

8 de mayo en la CAM (Cieza)

29 de mayo en La Muralla (Cieza)

27 de junio Guanabana Jam (Molina)

***** Contacto con el grupo: Tlf. 654 27 47 90 *****

Si quieres disfrutar un rato de buena música, no dudes en pasarte. Habrá notas musicales incendiadas que mantendrán una conversación que sólo podrán comprender los pelos de tu cuerpo, que asentirán erizándose a los diálogos y a los monólogos de la guitarra y el bajo, respaldados por las afirmaciones de la batería.