El domingo pasado, como llevaba despierto desde las siete y poco de la mañana, me bajé a las rocas que separan la playa de ‘La Lombriz’ de la playa de al lado a eso de las nueve y pico, en La Torre de la Horadada. Ambas playas estaban casi desiertas, interrumpida su soledad únicamente por mí, por cuatro guiris que se bañaban en ‘La Lombriz’ y un tipo solitario que estaba de pie al final de la playa de al lado.
No le di importancia ninguna y seguí a lo mío: la contemplación de la luz del sol incidiendo sobre el agua del mar, algo parecido a esto:
pero que nada tenía que ver con eso, porque había murmullo de olas rompiéndose sobre las rocas, olor a mar y movimiento de agua y de viento, y calor y brisa corriendo.
Por el rabillo del ojo advertí que el tipo solitario hacía cosas raras. Con cosas raras quiero decir andar unos metros y volver a su posición de origen, girando su cabeza hacia el interior de la playa. Fue entonces cuando me fijé y observé que, además del tipo solitario, había sobre la arena de la playa, tumbada, una chavala. Este hecho me distrajo de mi contemplación marítimo-solar y centró mi atención, de modo que, en vez de mirar cómo la luz del sol se diseminaba sobre la piel del mar, me dediqué a observar el comportamiento de ese tipo, un comportamiento que se dividió en cuatro fases:
1. Disimular. En un primer momento, el tipo se dedica a hacer algo parecido a lo que yo hacía: mirar el mar, mientras pasea a lo largo de veinte metros de playa, girando a menudo la cabeza hacia el interior de la playa, hacia la arena, precisamente hacia el lugar donde tomaba el sol la chavala. Anduvo el tipo por delante y por detrás, en círculos alrededor de la chavala, dejando una distancia prudencial de unos cinco o diez metros, hasta que finalmente se sentó en unas escaleras que conducen a una casa de esas antiguas que tienen su propia escalera para bajar a la playa.
2. Mirar. Sin embargo, no era el mar lo que miraba, sino a la chavala:
3. Ocultarse. Entre las escaleras de marras y el barranco hay un espacio que queda prácticamente oculto a la vista, y que no es fácil de ver, porque la vegetación —una especie de hierba carnosa— lo disimula muy bien. En ese hueco desapareció el tipo durante unos minutos. Yo no sé si decir lo que creo que estaba haciendo.
4. Fotografiar. Finalizado su ocultamiento, salió de nuevo a la arena de la playa. Rodeó otra vez a la chavala, se dirigió a la orilla de la playa y, desde allí, situado frente a la chavala, me pareció ver que le hacía unas cuantas fotos al tiempo que, lentamente, se alejaba:
Y yo creo que la chavala ni se dio cuenta, o se dio cuenta pero le dio miedo increpar al tipo. Yo, además de para fotografiar el comportamiento de esta especie playera llamada mirón, me quedé sentado sobre las rocas hasta que el tipo se fue, por si acaso, aunque suponía que no se le ocurriría pasar de la visión a la acción, si bien es cierto que algo de acción solitaria sí que pareció ejercer sobre sí mismo en aquel hueco entre las escaleras y el barranco.





















