05 julio 2006

El Bosque Ensombrecido (III)

III

El Profesor Manu Tigio, gran experto en Cariciología Extensiva, centró sus pesquisas en la cueva más profunda del Bosque, de cuyo interior, según testigos auditores (una familia de chotacabras que anida en las esqueléticas ramas de un árbol próximo), salieron unos gemidos que parecían proceder de los más arcanos huecos en pleno ejercicio de actividades atávicas. Las memorias del Profesor Tigio son las que a continuación se exponen:

“En el interior todo está impregnado por una semioscuridad semiluminosa o viceversa, y es a esto a lo que los profanadores habrán denominado luz umbrosa, pues no es tal luz, sino una oscuridad a la que se ha añadido un porcentaje adecuado de luminosidad o viceversa, lo justo para que no predomine ninguno de los elementos, con el consiguiente surgimiento de esta semiluminosidad semioscura. Sin embargo, en mi expedición hacia las profundidades de la cueva, compruebo empíricamente que el porcentaje de oscuridad disminuye de modo progresivo a una velocidad ralentizadamente inconstante, y no sé bien si de forma inconsciente. La profundidad de esta gruta es inconcebible. Me están pasando factura los músculos del cuerpo de tanto caminar.

Llevo dieciocho días de expedición y no he cesado de andar. Cada vez es mayor la luminosidad que reina en esta cueva. Seguiré caminando. Aquí dentro parece que es de día; al menos hay más luz que la que proporciona el sol.

Menos mal que traje mis gafas de fabricación propia, factor sesenta mil trescientos dieciséis. La luz parece emanar del suelo; las paredes mismas parecen llorar luz, una luz abrumadora. Si la intensidad continúa aumentando y la cueva no llega a su fin, dentro de poco tendré que abortar la expedición, o mis ojos jamás volverán a ver otra cosa que esta luz, que parece querer agarrarse con sus dientes a mis córneas y mis iris.

¡Eureka! Ha de ser esto, sí. Lo tengo delante. Un pequeño charco de líquido espeso y sumamente odorífero que irradia la luz. Lo noto. No puedo describirlo porque no veo; hace dos días que quedé ciego, así que decidí continuar hasta el final, aunque ahora el problema es el calor. Los dedos con que he tocado el charco se han carbonizado y mi cuerpo parece consumirse entre los jadeos de los chorros de mi sudor. Este charco es, sin duda, el origen”.

El cuerpo del Profesor Manu Tigio fue, lamentablemente, hallado a diez metros de la salida de la cueva, semicalcinado y con las cuencas vacías. Nadie le dio más importancia que la derivada de la imposibilidad evidente de que explique ante el auditorio cósmico sus notas.

Dignos de ser reseñados son los apuntes que se encontraron en medio de un claroscuro del bosque, sobre unas rocas dispuestas en posiciones aparentemente obscenas. Están firmados estos papeles con un nombre que no consta entre los inscritos en la expedición, de modo que daremos por supuesto que se trata de un seudónimo. Firma una tal Doctora M. Lash Zibia. Transcribimos, sin más comentarios ni dilaciones, sus notas:

“Tras calcular los vectores de incidencia refleja tanto directa como indirecta de los rayos de esta luz umbrosa en las distintas superficies más refractoras que he podido encontrar en este bosque, en este punto y un radio de equis metros donde x £ π13 ha de encontrarse el foco de irradiación de tan singular iluminación. El punto centro se sitúa exactamente sobre esta roca con forma de altar, resulta curioso, y los primeros π metros de diámetro comprenden los seis menhires que apuntan con sus romas puntas hacia el cielo, estando este punto en unas coordenadas incógnitas sobre el plano y habiendo sido encontrado probable(que no posible)mente sólo por mi suerte.

En este punto, tras varios días de observación y de pruebas, la velocidad del viento siempre es inferior o igual a cero, y así lo indica con toda precisión el anemómetro, lo que indica sin lugar a dudas que precisamente aquí el viento: a) se detiene y lleva a cabo un rodeo; b) rebota y es devuelto hacia el lugar de procedencia; c) es absorbido.

He realizado nuevas pruebas y todos los aparatos indican que el viento es en este punto absorbido, al igual que las partículas de calina e incluso ocasionalmente alguna de las hojas secas que arrastra el viento cuando éste sopla desde el noroeste con una inclinación exacta de 24º 16’ 28” con respecto a la esquina mellada del altar”.

Había cien folios más repletos de notas que no transcribiremos debido a la imposibilidad de traducción, así declarada por los lingüistas más lenguaraces del universo: las únicas conclusiones a las que han llegado son las siguientes: que el signo “+” quiere decir aproximadamente “incongruencia ontológica” y que los símbolos “Zn^3” presuponen conocimientos de los que todo ser conocido carece.

(Continuará)