06 enero 2011

Los jinetes

Agazapado entre las sombras proyectadas por las nubes esperaba sigiloso la llegada de los tres jinetes. Él sabía, porque así lo reveló el humo de los huesos quemados por la bruja, que pasarían por allí aquella noche. Esperó. Su cimitarra destellaba con cada uno de los pocos rayos de luna que se filtraba por el cielo, pero de pronto emitió un destello fulgurante que momentáneamente lo cegó. No era la luna, sino una estrella que viajaba por el firmamento, bajo las nubes que oscurecían la noche. Era la señal.

Puso a salvo el destello de su espada entre las telas de sus ropajes y asomó los ojos sobre la roca tras la que esperaba. Allí estaban los tres jinetes, recortados contra la repentina y mortecina luz estelar que inundaba el horizonte, como siluetas, en fila. Un momento. No eran tres, sino cuatro. Uno, dos, tres..., y allá, retrasado, apenas a cien metros, el cuarto. Cabalgaban al paso sobre enormes caballos, con las faldas de sus trajes suntuosos y largos casi arrastrando por el el suelo. Una, dos, tres y cuatro flechas sacó de su carcaj e impregnó los dedos índice y pulgar de su mano diestra con saliva.

Una para el cuarto. Silenciosa, letal. Tan perfecto el disparo que el jinete no cayó, sino que, atravesada su cabeza por la flecha, continuó sobre su montura, inerte.

Otra para el tercero, y en apenas tres segundos el segundo y el primero también atravesados por las flechas. Con su precisión de arquero imbatido, con su elegancia de asesino. Los cuatro jinetes ya eternamente sonámbulos.

Divisaba a los jinetes estáticos sobre sus caballos, que poco a poco se fueron deteniendo, hasta que el cuarto alcanzó a los tres primeros y allí quedaron, esperando las órdenes que no llegaban, interrogándose acerca de aquella pausa inesperada en el camino.

Se acercó tranquilamente. Un botín de oro y joyas lo esperaba, un botín mayor del que suponía, pues no eran tres, sino cuatro los sabios magos que del Oriente venían. Mejor para él, porque la bruja no sabía nada del cuarto, así que todo lo del cuarto sería para él, incluso el nombre si pudiera averiguarlo. La posesión del nombre le valdría ingentes riquezas futuras. Los nombres de los tres primeros ya los conocía: Serakin, Magalath y Galgalath, también conocidos como Bithisarea, Melichior y Gathaspa, pero esos nombres no le valían porque la bruja los quería y él había aceptado el trato. Los tres nombres para mí, dijo la bruja, y la mitad de las riquezas; lo demás puedes quedártelo, a mí no me interesa. Así que el cuarto nombre era suyo.

Llegó a la altura de los caballos. La noche estaba entonces otra vez oscura. Ya no había estrella que iluminara el horizonte ni luna que alumbrara entre las nubes, porque no había huecos entre ellas. Encendió una hoguera. Se llevó una sorpresa cuando la luz de las llamas le dejó ver los caballos. Un caballo blanco, un caballo rojo, un caballo negro y un caballo pálido. Se quedó helado, completamente inmóvil y aterrorizado. Un caballo blanco, un caballo rojo, un caballo negro y un caballo pálido. Blanco, rojo, negro y pálido, blanco, rojo, negro y pálido, blanco, rojo, negro y pálido, blanco, rojo, negro y pálido, blanco, rojo, negro y pálido, susurraba en una letanía sin fin. El caballo pálido relinchó y, asustado por el crepitar de las llamas, hizo una cabriola. El jinete cayó desplomado sobre el suelo, junto a la hoguera. El arquero salió de su ensimismamiento y enfrentó su vista al rostro del jinete, una pálida cadavera.

Tú, tú eres Muerte —susurró, tartamudeando— . Y tú —agregó, mientras señalaba al resto de caballos— tú, tú eres Hambre, y tú eres, eres Guerra, y tú eres Vic..., Victoria. Victoria, Guerra, Hambre y Muerte... ¿Pero cómo —se preguntaba en apenas un murmullo— es posible? No puede, no puede ser, no puede... ¿Dónde están los sabios? ¿Dónde...? ¡Maldición! —Comenzó a gritar, histérico, desenfrenado—. ¡Maldición! ¡Maldita bruja! ¡Maldita perra rabiosa hija del demonio! ¡Arrggghh! ¿¡Dónde están los sabios, dónde, mi fortuna!? ¡Estoy condenado! ¡Condenado! ¡Maldita seas diez mil veces, perra ingrata! —Gritaba dirigiendo su mirada al oeste.

En su frenesí comenzó a dar patadas a la hoguera. Las brasas saltaron. Una impactó en los cuartos traseros del caballo rojo. Asustado, dio una coz instintiva, que alcanzó al arquero justo en la cabeza. Ni siquiera tuvo tiempo de arrepentirse de su descuido, de su incapacidad para reaccionar, para salir corriendo, intentar al menos evitar su fin: al menos intentarlo. Cayó desplomado, como un peso muerto, después de que crujieran los huesos de su cráneo y que su cuello se estirase y se partiese como una rama seca. Quedó tumbado sobre el jinete del pálido caballo, que aprovechó para quitarse de encima a aquel hombre y levantarse. Se arrancó la flecha de la cadavera y la arrojó al fuego.

Qué nochecita llevamos, ¿eh? —Les dijo a los otros jinetes.

Y que lo digas, hermano —respondió el del caballo rojo, que en ese momento comenzó a mover el brazo para sacarse la flecha del cuello.

¿Es la quinta vez que nos confunden esta noche e intentan matarnos? —preguntó Hambre.

La séptima —corrigió Victoria.

¿La séptima? —repitió incrédulo Hambre.

Sí, la séptima. Intentar matarnos...

Unas risas estentóreas inundaron el horizonte.

Prosigamos, pues.

Y siguieron su camino los cuatro, en fila, impávidos.

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2 comentarios:

Arenas dijo...

Ja, ja, ja...Una buena vuelta de tuerca, o tres o cuatro...Es lo que tiene la ficción, siempre nos reserva asociaciones sorprendentes.
;**

Ed. Expunctor dijo...

XDDDD. Al ataquerl!!

:D*

P.D. Hay versiones de cuatro sabios de oriente (el cuarto llamado Artabán, aunque en las leyendas rusas recibía el nombre de Ogamyer Otraucle), y los armenios enumeran doce...