04 enero 2011

Revolución de fumadores (y III). ¿Pero crees que me importa la ley antitabaco?

Estimados fumadores y amigos del tabaco:

¿Realmente creéis que me importa la ley antitabaco? ¿Acaso no hay cuestiones más importantes y acuciantes que protestar por el hecho de que ahora no se pueda fumar en los bares? ¿Creéis que os va a costar adaptaros? ¿Que lo vais a pasar mal? Muy al contrario: os vais a acostumbrar en menos que canta un gallo. No va a hacer falta que el gallo cante tres veces. Vais a seguir yendo a los bares, os vais a acostumbrar a tomaros el café o la cerveza y salir mientras y/o después a la calle a fumaros el cigarro o los cigarros respectivos. Fumaréis menos, o no, pero seguiréis fumando y yendo a las cafeterías, que ya se encargarán, dentro de sus posibilidades, de poner sillas y mesas en la calle: por los dueños de los bares como si se pudren vuestros pulmones, pero lo importante es no perder clientela, pues qué son los clientes sino dinero andante y sonante.

¿No entendéis que al hombre lo acostumbran a todo? Lo acostumbran a creer en seres imaginarios y a no poder vivir sin las retransmisiones de fútbol. Os han acostumbrado a quejaros por nimiedades, como ésta de la ley antitabaco, o del precio de la gasolina, o de la subida de la electricidad, o de que los políticos sean corruptos, o de que un ministro diga, para variar, una tontería más, o de que... ¿Y? ¿Pasa algo? No, no pasa nada. Los gobernantes lo saben, y vosotros también lo sabéis, pero no tomais plena consciencia de la magnitud de los hechos.

Entonces, ¿qué revolución? La revolución empieza cuando tomas consciencia de cómo son las cosas: no de cómo parecen ni de cómo te las presentan, sino de cómo son, crudas, reales, sin concesiones. El tabaco, el fútbol, la iglesia, la televisión, las agencias de viajes, los centros comerciales, las compras, el trabajo, todo está enfocado a incrementar el nivel de alienación de las personas. ¡Hay (mucha) gente que no sabe qué hacer si no trabaja! ¡Hay quien se pone nervioso si no fuma! ¡Quien necesita ir de compras para meter más cosas en su armario! ¡Quien necesita viajar todos los veranos como un ritual! ¡Quien no va a la iglesia y tiembla de miedo por el pecado imaginario cometido y por la imaginaria condenación eterna que pesa sobre su cerebro corroído por el discurso religioso!* No son lavados de cerebro: son corrosiones de cerebro. Todo pautado: toda la existencia de los humanos mecanizada, regulada, organizada, sistematizada, reglada, dirigida.

Toda la existencia del ser humano vulnerada por un sistema político que es una prolongación del sistema religioso.


[Este texto viene de estos dos anteriores:

I. Revolución de fumadores (I). Cómo conseguir que los políticos se atraganten con el humo de su ley antitabaco

II. Revolución de fumadores (II). A vueltas con la ley antitabaco]

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*Nota para los católicos fumadores: fumar es un pecado mortal. Atentáis continuamente contra vuestra vida, y vuestra vida no es vuestra, sino de vuestro dios. ¿Cómo osáis hacer daño a vuestros cuerpos, si no son vuestros? ¡Fumar es un suicidio lento y progresivo! ¡Vais a ir al infierno! Pero no pasa nada: la confesión, ese denominado sacramento, lo borra todo. Puedes cometer un genocidio y si te confiesas y te arrepientes te puedes sentir tan limpio como Mr. Propper y sin que te recarcoma la conciencia la posibilidad de ir al infierno. Que no, que es broma: el infierno no existe, al igual que Dios. Son puras mitologías. Podéis fumar lo que queráis. No temáis ningún infierno, pero tampoco esperéis ningún cielo.

4 comentarios:

A Solas Con Lucía dijo...

Lo mejor? la nota del final. La realidad disfrazada de sarcasmo se digiere mejor.

Ed. Expunctor dijo...

Sí, y sería interesante ver lo que dice la iglesia al respecto, pero seguro que consiente en el tabaco. ¿Cómo no va a consentir en esa nimiedad? Si ha consentido y participado -¡con mayor regocijo y énfasis!- en el asesinato y exterminio de miles, millones de seres humanos a lo largo de la historia.

A Solas Con Lucía dijo...

Intereses logrados con el juego de la interpretación. Esa es la base de sus decisiones. Osados nosotros por no cegarnos ante la palabra divina.
Aunque a decir verdad, el cinismo se funde en mis palabras. No lograré quitar de mí, típicas frases como "gracias a Dios, que no quiera Dios, necesito un milagro...etc" Digamos que me niego a pensar que mi vida se termina con la muerte de mi cuerpo. Que los sentimientos son puras conexiones químicas, la imaginación una quimera...

Ed. Expunctor dijo...

Sí, es normal que "te niegues" a pensar que la vida se acaba con la muerte del cuerpo. Cuando comprendas que tú sólo eres un cuerpo (porque tu mente forma parte de tu cuerpo, y el alma es una invención idealista, una ficción; como dice Punset, políticamente correcto, "el alma está en el cerebro", es decir, lo que llamamos alma es una función que desempeña el cerebro: sentimientos, alegría y dolor emocional... El cerebro) y nada más que un cuerpo, quizá puedas afrontar el hecho de que esta vida es la única que tienes. Esto no es un videojuego: no hay truco para vidas infinitas ni inmortalidades. Cuando afrontes ese hecho (es muy duro) saldrás fortalecida y, entonces sí, ahí es cuando empieza a disfrutarse la vida, porque vas a hacer lo que quieras. Es una liberación completa.

La imaginación no es una quimera: es resultado igualmente de los procesos de nuestro cerebro. Es magnífica. Nos permite construir mundos posibles, inventar cosas, prever consecuencias... Permite la existencia del arte. Tan sólo hay que distinguirla de la realidad y no confundirla con ella.

*Como ejercicio te recomiendo que, en vez de decir "joder", "me cago en la leche" y otras palabras superfluas, empieces a decir "me cago en dios" como expresión sustitutiva de los tacos que empleas habitualmente. Es un ejercicio bastante gratificante.
Además, la leche existe; dios no existe. Es más justo cagarse en algo inexistente que en algo que realmente existe y, además, nos alimenta. La leche es un alimento indispensable para los niños; la idea de dios es una idea destructura del cerebro de los niños, porque les confunde la realidad con la ficción.