31 marzo 2007

De preposiciones olvidadas

Hay una preposición que ha caído en desuso, pero no por eso ha dejado de existir. Yo hoy la rescato y te la traigo a la memoria recitando de carrerilla la lista de preposiciones hasta llegar a ella: “a-ante-cabe”, y aquí me quedo: cabe, que significa cerca de, junto a.

Haciendo uso de esta preposición, a la pregunta:

-¿Dónde está la máquina de tabaco?,

el camarero puede responder:

-Cabe la puerta de los servicios.

Y haciendo uso de esta preposición, a la pregunta:

-¿Dónde se quedaron las famosas facturas del Ministerio?,

el investigador puede responder:

-Cabe Zaplana.

Comentarios periódicos

Que digo yo que tiene que haber gente currando a diestro y siniestro en eso, o sea, tipos que se pasan diez o doce horas sentados delante del ordenador, moviéndose por internet de un periódico a otro, revisando todas las noticias relativas a política, digo yo, y dedicándose a dejar comentarios a favor de su partido y en contra del otro; es que casi los veo, ahí sentados, con la mano en el ratón el ochenta por cierto del tiempo, y con un repertorio inmenso pero poco variado de comentarios en un archivo word para inundar las noticias políticas con sus comentarios prefabricados, copiando y pegando, rellenando los campos del nombre, la dirección de correo y los numeritos: los numeritos les resultarán especialmente pesados, porque el nombre y la dirección también se pueden copiar y pegar de un repertorio igualmente inmenso, ctrl+c y ctrl+v, un juego fácil de dedos, pero los numeritos... Digo yo que se cagarán en los muertos de los numeritos, porque esos sí que hay que escribirlos de uno en uno, y para escribirlos tienen que soltar el ratón y darle con el índice al teclado, aunque digo yo que alguna vez le darán con la fuerza del corazón, o sea, con el dedo corazón bien extendido y el resto de dedos cerrados porque ya estarán hasta los mismísimos de darle a los numeritos, digo yo, pero sólo es un decir conspiranoico.

Piñas

Las piñas caídas de los pinos, aun muertas, tienen una vida peculiar. La comprobación de esta aparente contradicción es sencilla: sólo hay que seguir la serie de pasos que a continuación describo.

En primer lugar, se cogen varias piñas abiertas y secas: debajo de cualquier pino encontraremos piñas dispuestas a ser sometidas a nuestra investigación.

En segundo lugar, se introducen en un cubo de agua con la intención exclusiva de que se despojen un poco del polvo que las cubre. La intención es esencial: si la operación se realiza con cualquier otra intención, es muy probable que el intento fracase. En mi caso, la intención fue únicamente ésa: sólo quería limpiar las piñas un poco para echárselas a mis jerbos, que las roerían hasta dejarlas convertidas en minúsculas astillas, serrín abundante, difunta madera.

También es importante dejar las piñas a solas. En caso de que se sientan observadas, es probable que no muevan un dedo.

Al cabo de varias horas, no sabría decir cuántas, pero sí puedo afirmar que yo regresé a las cuatro y ya fueron suficientes, volvemos. Si miramos en el cubo, veremos que las piñas que antes estaban abiertas, ahora están cerradas, compactas, apretadas, impenetrables.

¿Qué ha ocurrido? ¿Acaso tenían frío las piñas? ¿Por qué se han cerrado? ¿No estaban secas y muertas? ¿Cómo, entonces, han podido encogerse, plegarse, cerrarse?

Yo no sabría responder a estas preguntas, aunque continúo con este experimento iniciado casualmente: he dejado las piñas en el balcón a la espera de que les dé el sol, a ver si se broncean y vuelven a abrirse. Mantengo, eso sí, la persiana bajada para que no se sientan espiadas y puedan actuar con total naturalidad. De la misma manera, mi intención no es experimentar: sólo pretendo que mis jerbos las puedan roer.

*En la fotografía de arriba, una piña que sólo fue lavada por encima con un chorro de agua, sin sumergirla durante horas en un cubo, y que mis jerbos ya han empezado a roer.

Actualización doce horas después. Aun expuestas al sol, las piñas no se han abierto. El misterio sigue siendo impenetrable:

Actualización cinco días después. Expuestas al sol, las piñas ya se han abierto. El misterio, aparentemente resuelto, sigue siendo insondable:

30 marzo 2007

Orson Cafrune

No tengo yo por costumbre ir recomendando blogs, pero ha llegado la hora de hacer una excepción que anule la regla. El descubrimiento del blog que voy a recomendar tuvo lugar mientras buscaba blogs cuyo nombre contuviese el término ‘delirio’; encontré varios, como se puede observar en la columna de la derecha, debajo del contador de visitas, donde he puesto enlaces a varios, a los que estoy echando un vistazo.

De todos esos, hay uno que me ha gustado especialmente: Cafrunísticos y deliraciones, lugar en el que Orson Cafrune habla, pero el lector habrá de tener en cuenta que cuando Orson Cafrune habla,

“dice, no dictamina... y sepa que decir por decir no tiene nada de malo, al contrario... ¿qué importa si lo que digo hoy contradice lo que dije ayer? Por falta de medios de validación uno se perdería de decir cosas tan extraordinarias... ya alguien se ocupará de fundamentarnos... la palabra no requiere justificación ni base empírica, la palabra necesita simplemente ser expresada y que cada cual la interprete a gusto y piacere... que otros opten por el silencio y la cautela... antes de atragantarme con una burrada prefiero toserla hasta escupirla al mundo completamente cubierta por la flema de mi ignorancia y de mi libre albedrío... si digo lo que digo, lo digo por una cuestión lírico genital, quiero decir que porque se me cantan la pelotas, y esa es razón suficiente para mí...”.

Los cafrunísticos son las conversaciones que Cafrune mantiene con otros tipos; por lo que llevo leído hasta ahora giran en torno al cine, y son bastante... interesantes: ¿a quién, si no, se le habría podido ocurrir la idea de que dos locutores de fútbol radiasen una película de cine mudo? ¿Por qué nadie ha llevado a la práctica esta idea?

Las deliraciones son... dignas de leer. Y como son breves, te puedes leer una mientras que se cierra el mozilla: desde que le das a la cruz de arriba a la derecha hasta que la ventana se cierra, te da tiempo a leerte una, y en caso de que no, te quedarás con las ganas de saber cómo acaba, o cómo empieza. De momento hay 99 deliraciones, yo voy por la 33, que también es casualidad numérica, pero espero que cuando llegue a la 99 ya esté la 100, y en caso de que esté la 100 estará también la 124, lo que es algo incómodo de creer, pero qué duda cabe de la veracidad de dicha afirmación.

Orson Cafrune es una criatura de Matías Brasca y Mario Pozzo.

Homófonos

Yo estaba de pie tomando un café, leyendo un libro que mantenía apretado contra la barra de mármol, evitando moverlo lo más mínimo porque justo lo había puesto en un hueco cercado por manchas de café y cientos de granos de azúcar, de modo que estaba más pendiente de no manchar el libro que de las letras que tenía impresas y que yo pretendía, inicialmente, leer mientras me tomaba el café.

A mi derecha, dos tipos charlaban acerca de un tercero que, según le comentaba el primero al segundo, estaba totalmente en contra de los matrimonios entre homosexuales.

Cuando el segundo le preguntó al primero que por qué este tercero se oponía a dicha clase de casamiento, el primero respondió que el tercero alegaba razones religiosas, terminológicas y lingüísticas:

-Pero todo eso lo dice sólo en público -agregó en voz baja-: a los que somos sus amigos nos dice que está en contra porque es homófono, y tengo que reconocer que yo también soy un poco homófono.

29 marzo 2007

De cómo me encontré conmigo sobre el papel

Ayer estuve todo el día en La Merced, por la biblioteca, la sala de estudio, la cantina y el patio. Sobre las cinco y media de la tarde ya me había leído los diversos periódicos gratuitos que encontré al alcance de mi mano: veinte minutos, crónica, línea y el nuevo, qué!, lo que no quiere decir que estuviera más de media hora leyendo los cuatro periódicos, porque da la impresión de que todos tienen las mismas fuentes: sus noticias se repiten hasta la saciedad, aunque no me sorprende: pasa lo mismo con los telediarios. Lo único que cambia es el matiz, la tendencia hacia uno u otro lado. Otro aspecto, además del de la repetición, a tener en cuenta para comprender esta rapidez lectora es que salto las páginas dedicadas a los deportes: yo practico el de saltar esa sección, y a veces el salto es tan largo que aterrizo en la última página.

A eso de las seis menos cuarto me senté en un banco para esperar que pasara un cuarto de hora: me puse cómodo para leer las últimas páginas del Quijote (¡el libro más triste del mundo!), pero doblado sobre el banco estaba La Chuleta, así que pensé que sería mejor retrasar unas horas el final de Don Quijote y empecé a hojear el periódico, y en ese justo momento me extrañó que, siendo miércoles, y siendo los miércoles cuando lo reparten, no hubiese llegado a mis manos hasta ese momento. Así fue como me encontré conmigo sobre el papel, en la reseña que hace Diego Sevilla todas las semanas de los blogs del Planet Murcia:

Don Quijote

He vuelto a leer Don Quijote de la Mancha.

La vez anterior me reí mucho con las aventuras y desventuras de este sin par caballero, flor y nata de los andantes.

Esta vez, sin embargo, me ha resultado el libro más triste del mundo.

28 marzo 2007

Segurardina

Ante la falibilidad (que nada tiene que ver con ‘calidad de falo’, sino de falible) de nuestras fuentes, nos vemos obligados o corregir la noticia que en falsa exclusiva ofrecíamos el pasado 23 de marzo, fecha en la que decíamos que iban a construir dentro del Río Segura una microurbanización.

Las obras que se contemplan en el Río tienen por finalidad erigir un monumento a la Sardina. Sin embargo, bien podrían haber elegido otro animal para erigirle un monumento, pues en esta ciudad son muchos los animales que viven cerca del ciudadano: pensemos, por ejemplo, en las ratas del río, famosas por su tamaño y voracidad omnívora; pensemos en los patos que custodian las aguas putrefactas del Río Segura; pensemos en los murciélagos que dormitan bajo los diversos puentes que unen El Carmen y El Infante con el resto de Murcia y que por las noches ingieren considerables cantidades de mosquitos, otro animal al que se le podría hacer un monumento, por no hablar de otros animales que corretean incluso por el mismísimo Ayuntamiento: nos referimos a nuestras queridas cucarachas.

A pesar de tan atractivas alternativas, los decididores han elegido erigir el monumento a la Sardina, emblema pagano de la fiesta en la que los idólatras habitantes de esta ciudad y sus contornos se martirizan el hígado y los pulmones para celebrar la victoria de la carne sobre el espíritu.

27 marzo 2007

Carril bici, no: una razón en dos partes

Por fin puedo decir, tras mucho cavilar y más dormir, la razón incontrovertida por la cual en esta ciudad, al igual que en muchas otras, no se hará jamás un carril bici para que el común de los ciudadanos pueda ir a su trabajo cabalgando ese vehículo de dos ruedas, dos pedales, un manillar, un asiento (el asiento es fundamental, señores), una cadena y cero depósitos de gasolina.

La razón no es otra, digo yo, que la presión que ejercen, por una parte, las empresas que se dedican a la venta de coches, digo yo, porque en caso de que fuese posible circular por la ciudad en bicicleta con una seguridad, digamos, igual al cien por cien, no todas las familias, o al menos no el setenta y siete coma siete por ciento de las familias, tendrían dos coches, que son los que necesitan papá y mamá para ir a trabajar, digo yo, porque en todas las familias, o al menos en el mismo porcentaje antes alegado, papá y mamá trabajan en sitios distintos, creo yo. Sobraría con un coche para los desplazamientos de kilometraje considerable, pero seamos sinceros: ¿cogeríamos el coche si pudiésemos ir de una punta a otra de la ciudad en bicicleta, con este sol que nos ilumina los días y las noches? A esta parte de la razón hay que sumarle el negocio que deriva de otros colindantes como empresas aseguradoras, construcción de aparcamientos con las consiguientes adjudicaciones de obra, grandes movimientos de dinero, en definitiva.

Por otra parte, y ésta es, digo yo, la parte más importante de la razón, la presión que ejercen las empresas que se dedican a la venta de carburante, porque en caso de que fuese posible circular por la ciudad sin gastar ni un céntimo (¡ni un mísero céntimo!) en combustible, estas empresas del petróleo y sus derivados verían disminuidos en una parte considerable sus ingresos, digo yo, y la décima parte de ambiente que nos queda, porque por mucho que digan que nos queda medio mienten: con tantos años de contaminación es imposible que nos siga quedando el mismo que había desde el comienzo de la existencia la Tierra, donde ya sólo quedaba medio; que digo que la décima parte que nos queda se conservaría mejor, quizá incluso rejuvenecería, digo yo, pero, vamos, es un decir conspiranoico.

Palabras inexistentes

El diccionario a veces nos limita, nos constriñe. En sus entrañas no caben todas las posibilidades que nos ofrecen la lengua y el olfato.

Se nos viene a la mente una palabra, dudamos de su existencia (¡dudamos de su existencia!) y recurrimos al diccionario, pero no la encontramos, no aparece por ningún sitio. La palabra no está. ¿Acaso no existe? Sin duda, existe, pues la hemos pensado, y ya se sabe: “pienso, luego existo”, de donde deducimos que existe porque la pensamos.

Inmediatamente después nos planteamos: ¿Existiría si no la hubiéramos pensado? Sin duda, existiría, pues alguien la habrá pensado, y en caso de que nadie la haya pensado, ya la pensará alguien. Eso sí: como nadie la haya pensado y nadie la piense, no existirá: será una palabra inexistente.

Por ejemplo: se me viene a la lengua la palabra ‘noctífago’, dudo de su existencia (¡dudo de su existencia!) y recurro al diccionario: no la encuentro, etcétera.

También pienso si existiría en caso de que no la hubiera pensado, y recurro a google: la encuentro: al menos dos personas habían pensado la palabra noctífago. Voy más allá y la derivo: noctífagos (3), noctífaga (1), noctífagas (0).

No puedo, sin embargo, ofrecer un ejemplo de palabra inexistente: en cuanto la dijese, comenzaría a existir.

25 marzo 2007

Monogamia civilizadora

En el Antiguo Testamento, los patriarcas bíblicos practicaban la poligamia, y San Agustín inicialmente los defendió, alegando necesidades de reproducción y perpetuación de la especie, aunque más tarde cambió de idea. La Iglesia Católica la condena.

Para Lutero, la Biblia no se oponía a la poligamia, pero él le aconsejaba a un amigo suyo que la practicaba que fuese discreto. Calvino la condenó.

Unos cuantos mormones, alrededor de treinta mil, la practican.

La literatura judía clásica evidencia que estaba permitida, pero hoy en día se rechaza, a pesar de lo cual hay algunos que la practican.

En el islamismo la poligamia abunda, sobre todo en ciertos países árabes.

En el hinduismo, la poligamia es una práctica que viene de tiempos remotos, aunque a día de hoy, curiosamente, esté prohibida en la India para los hindúes, y permitida para los musulmanes.

Los hunos practicaron la poligamia: primero la poliandria y después la poliginia.

Antes de que el budismo llegase a Asia Central, la poligamia era de lo más normal en zonas como Tibet, Hindu Kush y otras cercanas.

Fue algo habitual en las tribus indias norteamericanas, al igual que en parte de África.

En definitiva, el proceso civilizador es decididamente monógamo.

Egoísmo

Desde que existe la llamada conciencia de autor, pocos escritores ha habido tan altruistas que hayan publicado sus textos como anónimos.

Quizá debido a que ya empezaba a haber escritores tan perezosos que tomaban los anónimos y los publicaban como propios.

24 marzo 2007

Janis

Lectura vertical

Las bibliotecas tienen una vida cuanto menos misteriosa. Sus itinerarios se prolongan como un fenómeno orquestal, complejo. Cuando nos sumergimos en sus estómagos, las estanterías de libros nos acosan, nos sitian, nos asedian. Los volúmenes nos incitan a estirar los ojos y a leer sobre sus lomos autores y títulos.

Esta acción mínima, el hecho de realizar la lectura vertical, provoca una tormenta de pensamientos minúsculos e instantáneos que levantan en la mente una cortina de asociaciones de todo tipo, lógicas e inverosímiles, mientras no dejamos de practicar ese placentero arte de la lectura vertical, lateral, instintiva, leyendo más títulos y nombres que se enredan con los anteriores y nos transportan a otros lugares, a otras épocas.

Nuestros ojos tienden a imitar el movimiento de la cabeza de los canarios, al igual que la nuestra propia, y a pesar de que intentamos contenerla, nuestro cuello ejecuta giros de acróbata espontáneo.

Nuestros dedos son atraídos por el espinazo de los libros, y no se quedan tranquilos hasta que sus yemas adquieren, enamoradas, el color de la ceniza.

Cuando salimos de la biblioteca, sólo son palabras de otros la pobre limosna que nos dejan las horas y los siglos que hemos pasado practicando la lectura vertical sobre las paredes y los muros del laberinto.

23 marzo 2007

Seguralandia

En Dubai están construyendo a destajo, a diestro y siniestro: Dubailand. Tanto construyen que la tierra se les queda pequeña, de modo que han invadido el mar, donde han levantado hoteles, macrourbanizaciones, ciudades. Aquí hay un reportaje fotográfico completo, y aquí una vista panorámica:

A imitación de Dubai, en Murcia, dado que las vocales de las dos ciudades son las mismas, van a hacer lo mismo, pero no invadiendo el mar, sino el Río Segura. Entre el Puente de los Peligros y la Pasarela se va a levantar una microurbanización, según fuentes cercanas al delirio. Aquí una fotografía tomada con alevosía y vespertinidad:

22 marzo 2007

Elástico, flexible

A veces necesitaría ser más elástico, tener un cuerpo más flexible, unos miembros capaces de un mayor estiramiento. No me refiero al hecho de tocar el suelo con las palmas de las manos sin doblar las rodillas: me refiero a la necesidad de estirar los brazos y tocar el techo con los codos, notar cómo se extienden mis tendones, sentir el crujir de los huesos: los omóplatos desplegándose como alas y las vértebras alargándose como el cuello de una jirafa.

Estirarme, ser más elástico. Echar una pierna hacia delante y no andar un paso, sino cruzar la calle de un solo paso. No me refiero a ser de goma, de chicle, de plástico: me refiero a estirarme: dejar suspensas durante unos segundos las uniones de los huesos de mis brazos y tocar, sentado en el sillón, las cuatro paredes de la habitación con las palmas de las manos.

Extenderme, ser más flexible. Cuando abro la mano y estiro los dedos, necesito que éstos continúen estirándose al margen de mi mano, que se prolonguen imitando la fisionomía de las garras de Lobezno. Mi propio rostro me reclama esta capacidad de la que carezco: cuando bostezo, mis labios, mi lengua, exigen expandirse, deshacer las formas de mi cara y besar el cielo, lamer nubes, comer tierra.

Sin embargo, no puedo, por más que lo intento. De momento me conformo con ver de forma paralela cómo toco el techo con los codos, cómo cruzo la calle de una zancada, cómo me como el cosmos de un bostezo.

21 marzo 2007

Cuadrilátero en la Carpa de Santo Domingo

No suelo escribir acerca de este tipo de eventos, pero hoy haré una excepción. He asistido a un par de mesas redondas esta tarde, una a las 18:00 y otra a las 20:00 h., en la Carpa que han instalado en Santo Domingo. Se trataba del teatro.

También se trataba del frío, porque llegó un momento en que mis pies dejaron de ser míos y empezaron a formar parte de la fría losa enmoquetada, y no era algo que me afectase a mí en exclusiva: todos los asistentes tenían puestos los abrigos: desde el fondo de la carpa, las sillas parecían percheros.

En la primera mesa redonda se ha elogiado el desusado arte de leer teatro, aunque creo que no era necesario tal elogio ante el auditorio allí congregado: los que hemos ido ya lo leemos, pero la intención es lo que cuenta.

La segunda mesa redonda era la que más prometía: tres dramaturgas han venido a hablar sobre su obra y su trayectoria en el mundo del teatro: Carmen Resino, Paloma Pedrero y Antonia Bueno. No voy yo a reproducir lo que han dicho, pero sí quiero destacar los últimos cinco minutos del encuentro, que han sido los que, sin duda, más interés han levantado en el público, porque la mesa redonda se ha convertido en un cuadrilátero.

Paloma Pedrero ha respondido a una pregunta del auditorio, considerando que la culpa del pequeño papel de la mujer en el teatro se debe al predominio del hombre, o algo así: los jurados de los premios están compuestos por hombres, y éstos prefieren una obra dramática sobre dos soldados antes que una obra dramática sobre la maternidad [pero pensaba yo: ¿De qué trata Yerma, de García Lorca?], y que prefieren llamar a un amigo para representar antes que a una mujer, porque los hombres, ha venido a decir, se cubren las espaldas, son muy colegas entre ellos.

Ante esta opinión, Carmen Resino ha disentido: si la mujer no tiene éxito en el teatro se debe a que todo depende de que tengas amigos en el poder, y si no los tienes, no representas. Ha añadido que ella es autora teatral, le gusta escribir, y a eso dedica su tiempo, y no a ir detrás de la gente para organizar representaciones.

Viendo lo que se avecinaba, la Profesora Virtudes Serrano, ejerciendo su papel de moderadora, ha intentado mediar en la disputa ofreciendo datos acerca de la ausencia de las dramaturgas en los manuales de Literatura, a pesar de que vienen estrenando sus obras desde los años veinte más o menos ininterrumpidamente. Sin embargo, el debate ha seguido un poquito más.

Paloma ha rebatido: que ella no tiene amigos en el poder y que estrena, y que, además, también están los teatros privados…

Y Carmen: sí, pero los teatros privados funcionan con subvenciones, y ningún empresario mueve un dedo si no tiene la subvención… Y que ella, a diferencia de Paloma, no tiene un promotor que mueva la maquinaria que hace falta para llegar a las tablas.

Los aplausos del público, todo hay que decirlo, se los ha llevado Carmen.

Ha sido un pequeño rifirrafe entre dos dramaturgas que ha hecho que mis pies entrasen en calor, lo que ha permitido que ellos se reintegrasen en mi cuerpo y que yo pudiera echar a andar en busca de una estufa.

P.D.: Siento no poder transcribir las palabras exactas de las autoras. He observado que había varios estudiantes tomando notas: si alguno lee esto y le interesa, me las puede pasar y rescribo el combate dialéctico.

Vecinos: clasificación

En función de sus usos salutatorios, podemos establecer tres tipos o clases de vecinos:

A) Vecino lógico: el que te saluda tanto dentro como fuera del edificio. Da igual que te lo cruces a las ocho y media de la mañana saliendo por la portería o que te lo cruces a las siete de la tarde por la Gran Vía. Este vecino te saluda.

B) Vecino ilógico: el que te saluda sólo dentro del edificio. Este espécimen de vecino es un tanto extraño, porque dentro del edificio te saluda, incluso con cierta efusividad, pero si te encuentras con él por la calle te ignorará. Puedes pensar: “A lo mejor no me ha visto”, pero cuando ya son muchas las veces que no te ha visto empiezas a pensar: “Será que no quiere verme”.

Sin embargo, no es nada personal: tras consultarlo con otros vecinos con los que tienes más confianza, descubres que a ellos les sucede lo mismo, así que no hay que tomárselo a pecho: es así de raro. El edificio es para él como un universo autónomo y autárquico, y una vez que sale de él entra en otro universo que no tiene nada que ver con el anterior: cualquier parecido entre universos será mera casualidad cósmica.

A mí me gusta vulnerar las leyes que rigen esos dos universos suyos, y me dedico a saludar en un tono de voz elevado a este tipo de vecinos cuando me los cruzo por la calle.

C) Vecino alógico: el que no te saluda, ni dentro ni fuera del edificio. Es éste un caso excepcional, rara vez visto. Yo, sin embargo, tengo la suerte, la fortuna, el privilegio, de tener uno de estos ejemplares dentro de los límites de mi edificio. Al principio lo saludaba, y me daba igual que él no lo hiciese: tenía la confianza de que terminaría por saludar pero, tras varios años, aún no me ha devuelto el saludo. Ya he desistido: me hastía su monotonía. No lo saludo; tampoco lo ignoro: lo omito.

Sin embargo, tampoco es nada personal: he hablado con otros vecinos y les sucede lo mismo: jamás les ha saludado, ni dentro ni fuera del edificio. En contra de lo que se pueda pensar, este vecino tiene mujer y dos hijos, incluso tuvo un perro.

Moraleja: cuando algo no es una cuestión personal, es una cuestión de educación. Siempre he dicho que saludar es gratis: sólo nos cuesta un pequeño esfuerzo articulatorio en nuestro aparato fonador, lo que suena complicado, pero es tan fácil como decir "ola", porque la hache no la pronunciamos.

20 marzo 2007

Diferencia de número

En nuestra tradición encontramos dos tipos fundamentales de letanías. Unas son las Letanías de la Virgen; otras, las Letanías de Satán. En las primeras el orador le pide a la Virgen que ruegue por nosotros; en las segundas el orador le pide a Satán que tenga piedad de su larga miseria.

Las primeras tienen un autor colectivo, se han ido forjando a lo largo de la historia, si bien fue en el Vaticano donde se le dio forma definitiva al texto; las segundas tienen un autor singular, único e irrepetible, desgarrado por el tedio, por el hastío: Charles Baudelaire.

Quizá por eso las primeras sean una súplica en plural y, por tanto, impersonal, diluida, y las segundas sean una súplica en singular y, por tanto, personal, compacta.

Ora pro nobis --- vs. --- Prends pitié de ma longue misère!

[Ruega por nosotros --- vs. --- Ten piedad de mi larga miseria]


‘Nosotros’ frente a ‘yo’. El contraste entre las dos letanías nos vuelve a mostrar la configuración del eterno enfrentamiento entre la sociedad y el individuo.

*A modo de píloro, apéndice o epílogo, añadiré que en las Letanías de la Virgen se ruega a ésta para que interceda ante Dios por nosotros, mientras que en las Letanías de Satán se ruega a éste directamente, sin intermediarios, de donde se puede extraer una consideración acerca de las distintas concepciones políticas subyacentes: lo mediato frente a lo inmediato nos lleva a la oposición entre una democracia indirecta y una democracia directa.


Envidia 2

Cuarenta y tres años antes de que naciera Jesucristo, un día como hoy, vino al mundo Ovidio, del que ya dijimos que murió cuando aquél era aún un adolescente con acné y cuatro pelos en la cara. También dijimos que Ovidio escribió Las metamorfosis.

Hoy haremos un repaso de la de Níobe, actualizando, eso sí, tiempos, lugares y circunstancias, pero no motivos, que permanecen.

Digamos que Níobe es vecina de Leto y ambas son mujeres de renombre en el pueblo, mujeres importantes: Níobe es hija de Tántalo, famoso funcionario fugitivo, pero es que Leto la supera en fama, dado que su padre es Zeus, alcalde absoluto, y por eso mismo se le tributan honores: ¿en qué pueblo no miman a la hija del alcalde?

Sin embargo, Leto sólo tiene dos hijos, Apolo y Artemisa, mientras que Níobe tiene catorce, siete hijos y siete hijas, así que, envidiosa de los privilegios de que goza Leto, se burla de ella porque la supera en progenie y descendencia, y propone que los honores se le rindan a ella, y no a Leto.

Estas burlas de Níobe tocan las fibras sensibles de los hijos de Leto: enfadados, iracundos, Apolo y Artemisa asesinan a casi todos los hijos de Níobe. Apolo mata a seis hijos; Artemisa, a seis hijas. Sólo quedan vivos Amiclas y Melibea.

De esta forma, Níobe se queda con un hijo y una hija, igual que Leto. Empate. Pero un empate transitorio, pues Amiclas, que sale a buscar venganza, también muere.

Resultado final: Leto 2 - Níobe 1.

Entonces llega el dolor tremendo e incontenible que comienza a sufrir Níobe debido a la pérdida de sus hijos. Si apenas podemos describir el sufrimiento infinito de una madre que pierde a un hijo, ¿cómo es posible describir el dolor incalculable de una madre que pierde a trece hijos?

Es, no obstante, posible. La metáfora, el mito nos ofrece una imagen que nos comunica lo indecible: Níobe, llorando, arrodillada junto a los cadáveres de sus hijos, le pide a Zeus que la convirta en piedra, y así se le concede: Níobe se transforma en una roca de la que emana agua.

Acordaos de ella cuando veáis una fuente, un manantial. E imaginad su dolor.

19 marzo 2007

Encuesta

¿Qué diez libros te llevarías a una isla desierta donde vas a pasar, solo, el resto de tu vida?

[Tienes cinco segundos para responder, tres,

dos, uno... Tiempo]

a) Diez de los más gruesos y grandes, y cuyo papel arda bien.

b) Mis diez favoritos.

c) ¿Qué es un libro?

d) Diez que no haya leído.

e) Las obras completas... ¿cuentan como un solo libro?

f) ... y los dos últimos, en idiomas que no entienda, digamos... ¿ruso y chino?

g) El primero, el diccionario...

Metametametaburdel

Metametaburdel

Metaburdel

Pinzas olvidadas

18 marzo 2007

Calcetines

Con el paso del tiempo, los calcetines nos deparan grandes sorpresas. Poca importancia tiene el hecho de que se desgasten o de que, debido entre otras cosas a la altivez de nuestras uñas, les salga un agujero justo enfrente del dedo gordo. Irrelevante hasta cierto punto es la posibilidad de que la cabeza de un hilo asome y amenace, día tras día, con estirarse.

Sin embargo, mayor relevancia tiene otro hecho. Tenemos muchos calcetines de color negro: algunos pares son idénticos, pero otros no los compramos en un pack de seis y son, inicialmente, distintos, aun por pequeños detalles. A partir de este estado de cosas, éstas se van complicando.

La complicación no tiene su inicio en el momento de ahogar a los calcetines en agua envenenada con detergente, ni siquiera a la hora de ahorcarlos con pinzas en una cuerda. La complicación comienza cuando ya tenemos los calcetines limpios y secos sobre la mesa y tenemos que emparejarlos.

Hay varias formas, varios métodos para emparejar calcetines, pero todos conducen, inexorablemente, al fracaso.

El primer método consiste en coger, al azar, un calcetín y buscar su pareja. El problema esencial en esta situación es que hay calcetines muy introvertidos y excesivamente solitarios: tras compararlo con todos sin encontrar su pareja, finalmente desistimos y lo arrojamos, desesperados, a una esquina de la mesa. Por regla general, su pareja, igualmente introvertida y solitaria, estará escondida debajo de un jersey.

Seguimos cogiendo calcetines al azar y buscando su pareja, con las ventajas de que, conforme avanzamos en esta operación, cada vez quedan menos calcetines y, sobre todo, de que ya hemos observado, minuciosamente, muchos de ellos por si eran la pareja de otros calcetines que ya hemos emparejado, lo que nos permite seguir emparejando con una velocidad considerablemente superior a la inicial.

El segundo método consiste en extender sobre la mesa todos los calcetines en paralelo, si es que es posible juntar las palabras ‘calcetín’ y ‘paralelo’ sin crear confusión en la mente. Una vez alineados, es importante contar cuántos calcetines tenemos sobre la mesa. En caso de que el número sea impar, nos veremos obligados a buscar y rebuscar entre toda la ropa otro calcetín. Si lo encontramos, lo alineamos con el resto; si no lo encontramos, estaremos especialmente alerta durante el resto del procedimiento.

Mientras realizamos la operación de emparejamiento calcetinesco, nuestro rostro tendrá una expresión similar a la que adopta cuando realiza un crucigrama sin tener las soluciones a la vista, de forma que si alguien nos viera pensara que, en vez de emparejando calcetines, estamos resolviendo un problema de física cuántica.

El desarrollo de ambos métodos, como hemos dicho, conduce irremediablemente al fracaso: siempre acabaremos la faena con la sensación de que hemos cometido una atrocidad emparejando calcetines cuya compatibilidad no teníamos muy clara, y con el remordimiento de conciencia que nos producirá el sabernos culpables de que, al menos, cuatro calcetines se pasarán varios días soportando una inaguantable vida de pareja.

Nos sentiremos atormentados porque sabremos que, hasta que no regresen a la mesa, los calcetines que hemos malemparejado sólo van a tener sufrimiento: la pareja equivocada, el ahogamiento, el ahorcamiento. La mesa, pues, es el paraíso de los calcetines: en ella pueden disfrutar, al menos, de unos momentos de libertad.

No obstante, hay quien consigue un emparejamiento perfecto de sus calcetines, y siempre los guarda en perfectas parejas. Flaco favor a una gran mayoría de calcetines, que también gustan de nuestros errores, puesto que les permiten practicar el intercambio de parejas e, incluso, algún que otro trío.