15 junio 2013

Disyuntiva amorosa

El amor plantea una disyuntiva
en su concepción: aceptar al otro
completo, con sus vicios
y virtudes, afectos y defectos,
o buscar lo intermedio
a través de renuncias y renuncios.

El amor, en su expresión más sublime,
reside en la aceptación del otro
sin plazos y sin treguas.

Cuando el amante exige
al amado que renuncie
a una de sus uñas,
o viceversa,
quizá precisa de una versión nueva
que satisfaga sus nuevos deseos.

¡Oh, amado/amante, tras la renuncia
última actualizado,
qué pronto vas a quedar obsoleto
de nuevo, con la árida esperanza
del yacer, tras cuántas otras renuncias,
inmóvil en la órbita cementerio!

Aún está por nacer

[José Saramago: Ensayo sobre la ceguera]
«[...] en verdad aún está por nacer el primer ser humano desprovisto de esa segunda piel a la que llamamos egoísmo, mucho más dura que la otra, que por nada sangra.»

14 junio 2013

Legítima incertidumbre


No sé si llamarte
o llamearte,
ni sé si arañarte
o añorarte,
ni siquiera sabría
si cogerte
o soltarte,
pero en un momento incongruente
soy una legítima contradicción,
soy una incertidumbre coherente.

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Nota a fin de verso:
v. 1: Cuando no estás.
v. 2: Cuanto te acercas.
v. 3: (Aquí vive la lujuria.)
v. 4: (Aquí habita un error.)
v. 5: En este instante.
v. 6: Salvajemente.
v. 7: Con una dulzura infinita.
v. 8: Como ese, como aquel, como este.
v. 9: (Quítate el pantalón.)
v. 10: (La televisión sigue encendida.)

13 junio 2013

Como la ceniza

Pues resulta que quiero
vivir bajo tu lengua,
en una madriguera
cálida y esponjosa
para oler tus pulmones
cuando me ponga
romántico, y suicidarme
colgándome del borde mismo
de tu ventrículo siniestro.

También realizaría
una expedición sin igual
y sin posibilidad de retorno
al centro geográfico
de tu cerebro,
donde cultivaría
tentativas de amor
hasta que un rayo me partiera;
mas no por ello partiría
a lo más hondo de tu hígado
para revolverte la bilis
y los recuerdos,
sino que simplemente
me marcharía
como se va el olor, el tiempo
o la ceniza.

12 junio 2013

Blanco epitafio

Es el asma del cuerpo, es el asma del alma;
es la blanca fisura de mis tráqueas etéreas;
el chirriante desgarro de mi pulmón profundo,
mi ser crucificado y enterrado en agua
con alambres de esperas y lápidas de nada;
es mi confianza ciega vulnerada, en sangre
blanca empapada, llena de puñales y balas;
es mi fe en lo eterno quemada, destruida;
la muerte de la idea que era ya materia
soldada a mis entrañas;
                                           entonces, sólo cáncer
que con sus uñas blancas destripa mi cerebro
izquierdo y tremolante y a un silencio helado
me sentencia, a un blanco y brillante epitafio.

11 junio 2013

Donde el dolor palpita

Aquí palpita el blanco dolor encadenado,
inconcluso lamento que deshizo tu rostro
con sus surcos de espanto, quemó la sacra casa
donde tu alma guardaba sus amadas reliquias,
diez mil púas de erizo en tu pupila virgen
y un sacrilegio ciego que al olvido condena
tu hermosura de asfixia blanca ya caducada;

aquí, brillando, blanco dolor, encadenado
a tu lengua, constriñe tu corazón inquieto
y aprisiona tu cuerpo con su garra invisible,
te bloquea la mente, martiriza tu verso,
aprieta tu garganta, adereza con clavos
esas tristes comidas que no se precipitan
a un estómago vivo, sino a un abismo pálido
que se seca sin tregua, se reseca sin pausa
y se repliega blanco hasta yacer exhausto.

Aquí dolor palpita infinito e informe:
ingrato pajarraco, obsceno y maldito,
exhibiendo tus plumas de eterna y blanca ausencia,
cacareas mis ruinas, festejas mi tragedia,
degüellas mi pupila y anidas en mi entraña.

10 junio 2013

In heavy clouds of rain

[Asaf Avidan: One Day]
[Letra] 
[Wankelmut Remix]

Invertebrada

Aguardando que la furia te invada
y seas finalmente toda magia,
mujer invertebrada,
serpiente de lujuria
o espada
                 que me asaltas.

09 junio 2013

Te quemaría las entrañas

[Hjalmar Söderberg: Doctor Glas]
«No busques la verdad: no la encontrarás y te perderás tú mismo. No debes preguntar. La suma de verdad que te es útil se te da de balde; viene mezclada con error y mentira, pero es por tu bien, ya que en estado puro te quemaría las entrañas. No intentes purgarte el alma de mentiras, porque con ellas se irán muchas otras cosas en las que no has pensado, y quedarás vacío de ti mismo y de todo lo que es valioso para ti. No debes preguntar.»

Un constante y penoso y ofensivo recuerdo

[Hjalmar Söderberg: Doctor Glas]
«No, las estrellas no pueden congratularse de que gozan de la popularidad de antaño. Mientras se creía que el destino dependía de ellas, se las temía pero se las quería y adoraba. Y cuando éramos niños, desde luego, todos creíamos que eran bonitas lucecitas que Dios encendía para divertirnos, y que nos guiñaban el ojo a nosotros. Pero ahora que sabemos algo más de ellas, nos están resultando un constante y penoso y ofensivo recuerdo de nuestra insignificancia.»

07 junio 2013

Pecado de lujuria

[Juan Carlos Onetti: Dejemos hablar al viento]
«Sin pensar, Gurisa, que la furia nuestra estaba un poco más allá del amor, sin pensar que todos los sufrimientos y las felicidades de los amantes verdaderos apenas rozaban nuestra angustia, el desesperado y novedoso deseo de conocernos el alma y los intestinos, de construir una unidad hermafrodita que soportara natural y gozosa cuatro brazos, cuatro piernas, un solo cerebro, un solo sexo emperrado en éxtasis y comunión.
     [...] Pero un macho y una hembra descolocados por ambiciones imposibles, por la ilusión de creer realizable el pecado de lujuria —único camino para lo absoluto, lo eterno y la pequeña creencia en la comunicación verdadera—, Gurisa y yo, no estuvimos nunca dentro del tiempo. Entramos y salimos sin que nadie tuviera sospechas.»

06 junio 2013

El perpetuo deseo del solitario

[Hjalmar Söderberg: Doctor Glas]
«Tanto más, por cuanto siento el perpetuo deseo del solitario, de ver gente a mi alrededor —se entiende, gente extraña, que no conozco y con la que no necesito hablar.»

05 junio 2013

Sometido

[Gabriel García Márquez: Cien años de soledad]
«No era comprensible que una mujer con aquel espíritu hubiera regresado a un pueblo muerto, deprimido por el polvo y el calor, y menos con un marido que tenía dinero de sobra para vivir bien en cualquier parte del mundo, y que la amaba tanto que se había sometido a ser llevado y traído por ella con el dogal de seda.»

04 junio 2013

El gran premio indudable

[Juan Carlos Onetti: Dejemos hablar al viento]
«—Qué pasa ahora —dije mientras limpiaba una espátula, miraba la suciedad diversa del trapo, pensaba enmarcarlo y sería el gran premio indudable del salón nacional.»

03 junio 2013

Con un cordel de seda

[Gabriel García Márquez: Cien años de soledad]
«Amaranta Úrsula regresó con los primeros ángeles de diciembre, empujada por brisas de velero, llevando al esposo amarrado por el cuello con un cordel de seda.»

02 junio 2013

El paraíso de la soledad compartida

[Gabriel García Márquez: Cien años de soledad]
«Ambos evocaban entonces como un estorbo las parrandas desatinadas, la riqueza aparatosa y la fornicación sin frenos, y se lamentaban de cuánta vida les había costado encontrar el paraíso de la soledad compartida.»

31 mayo 2013

Como ella había imaginado el amor

[Juan Carlos Onetti: Dejemos hablar al viento]
«(Se estuvo riendo sin burla; no creía, simplemente. Pero como yo estaba enloquecido de amor por ella y además ella no me importaba, pude soñarla en la mañana gris, avanzando a la orilla del agua, pequeña, encogida y friolenta, buscando a los pescadores, buscando herir al mundo y, tal vez, de paso también a mí dormido, ausente, arropado, incapaz de quererla como ella había imaginado el amor.)»

30 mayo 2013

Es siempre revolucionaria

[Juan Carlos Onetti: Dejemos hablar al viento]
«Pero el lector merece la verdad y, además, todos sabemos que la verdad es siempre revolucionaria.»

29 mayo 2013

Una verdad efímera

[Gabriel García Márquez: Cien años de soledad]
«[...] hasta que terminó por recomendarles a todos que se fueran de Macondo, que olvidaran cuanto él les había enseñado del mundo y del corazón humano, que se cagaran en Horacio, y que en cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.»

23 mayo 2013

Uñas

Uñas irregulares. Altas, bajas.
Bailarinas que danzan en el teatro
de mi espalda con pulso cirujano.
Ejecutan coreografías varias

improvisando el salto, el giro, y clavan
su nácar en mi carne, escenario
que será, al final, polvo, o barro,
pero que es ahora tabla en la que bailan

sus uñas, diez esclavas virtuosas
que en sádico arrebato de su dueña
ensimismada muerden mi materia

con dulces dentelladas, y en mi boca,
pecho y vientre taladran y resuellan
hasta exprimir fecundas mis arterias.

22 mayo 2013

Solos

[David Chase: Los Soprano]

"Todos estamos solos en este puto universo" (Corrado Jr. Soprano)

El gran precipicio

La vista se nubla.
La fuerza se extingue.
El cuerpo agoniza.
Quizá sea la muerte,
que viene a llevarnos.
La mente confunde
sencillos conceptos.
El tiempo, el espacio,
no tienen sentido.
Apenas un eco
se escucha a lo lejos.
Parece el latido
de dos corazones
que penden del filo
de un blanco barranco.
Deciden soltarse
y caen al vacío.
Los raptan las bocas
de un remolino
y son arrojados
con furia hacia el fondo
del gran precipicio.
Quizá sea la muerte
que viene a llevarlos.
¿La muerte?
                      Mentira.
Es sólo un orgasmo.

21 mayo 2013

Tal vez

[Juan Carlos Onetti: Dejemos hablar al viento]

Electroerótica

Su sexo es un generador
de espasmos electroextáticos,
una dinamo que irradia
el voltaje máximo
ante el mínimo contacto,
un émbolo insaciable
que comprime mi cilindro
con sus giros regulables,
un imán que polariza
mis labios con descargas
de tormenta pornomagnética,
un pararrayos cósmico
de filamentos carnívoros;
la pura atracción,
el conductor paradigmático
de corrientes eróticas,
el ingrávido circuito
que incinera mi fusible,
el enchufe al otro mundo
donde muero calcinado.

20 mayo 2013

Donde habite lo húmedo

Donde habite lo húmedo,
en los profundos abismos de luz de su entraña;
donde yo sólo sea
una lengua sublime que recorre paredes de carne
y precipita su cuerpo,
las papilas abiertas como pechos sangrantes,
para beber el licor de su sexo.

Donde el tiempo se estanque,
donde relojes carezcan de agujas;
allá donde enfrente mis labios
a otros labios mayores, arcanos,
y mi lengua fallezca persiguiendo la esfera
que sus pliegues custodian celosos.

Donde esté el movimiento sometido
a la cámara lenta
del gemido que su boca pronuncia;
donde mi nombre sólo sea recuerdos de letras
que se pierden en el bosque de su aliento incendiado.

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
donde mi esencia escape de su cárcel,
de este cuerpo que limita,
aferrada a las alas de ese ángel divino
que me asciende a las regiones supremas.

Allá, allá entre sus piernas;
donde habite lo húmedo.

19 mayo 2013

Diluvio sacrosanto

Es la pulpa de tu orquídea
alimento de mis labios
y su estambre placentero
y sus pétalos rosados
son el cáliz donde bebo
su diluvio sacrosanto,
pues tus flujos son la sangre
de Cristo crucificado
que me arrastra hacia la muerte
y me deja agonizando
con los poros como erizos
y los ojos vueltos blancos,
en mi frente una corona
de laureles y de clavos
y en mi espalda cinco surcos
que tus uñas van trazando
con sus filos desiguales
mientras bebo tus orgasmos.

18 mayo 2013

Una pasión tan desaforada

[Gabriel García Márquez: Cien años de soledad]
«[...] pero eso no impidió que pasaran una luna de miel escandalosa. Los vecinos se asustaban con los gritos que despertaban a todo el barrio hasta ocho veces en una noche, y hasta tres veces en la siesta, y rogaban que una pasión tan desaforada no fuera a perturbar la paz de los muertos.»

07 mayo 2013

Aporía en el colectivo

Aquel pibe, recién salido al tránsito de la rúa, recién parido del sueño, como si dijéramos; aquel pibe, recién despertado, con legañas en las comisuras de sus ojos aún y aún con las marcas de la almohada en sus mejillas, con la boca llena de bostezos todavía y todavía con los pulmones hinchados por los humores somníferos de la noche recién abandonada, se arrojó dentro del colectivo como una exhalación epidérmica. El chofer apenas vislumbró su sombra y aceleró por la avenida infinita a una velocidad de caracol, pues el embotellamiento astronómico de la ciudad no permitía a semejante hora del mediodía (que solo podía ser una y no otra) que los carros se manejaran a más de quince millas por hora.
Aún fecundado por el sueño, aquel pibe se puso, sin saber por qué, a pensar en Aquiles y en la tortuga. Cómo se puede ser tan boludo, Aquiles —susurraba entre labios—, si vos te ponés a correr, ¿acaso no vas a echar delante a la tortuga? Mandá al carajo a Zenón y sus aporías y agarrá ya la tortuga para hacer una sopa afrodisíaca, a ver si te cogés a Patroclo antes de que lo maten.
—¿Perdón? ¿Decías? —Le preguntó al pibe ensimismado una mina que estaba parada junto a él, con la mano aferrada a la misma agarradera.
—Sí, decía —respondió el pibe saliéndose temporalmente de su ensimismamiento—, claro que decía. De no decir, no habría dicho nada, ¿no creés, linda?
—Pero qué boludo que sos, bala tenías que ser.
—Disculpa, linda, pero no soy bala, en eso te equivocás.
—¿No?¿Y por qué sueñas con Aquiles cogiéndose a Patroclo? Andate…
—¿Acaso vos los conocés? Qué lindo, una mina que conoce a estos tipos; pero no, no sueño, mirá, es solo que no sé por qué se me baila ahora en la cabeza una historia entre estos dos personajes…
—Ya, no sigás, no sigás: porque vos creés que nunca se les hizo justicia poética, ¿cierto?
—¿Y vos de dónde salís?
—Pues… ¿Me guardás la confesión, loco?
—Como una tumba un cadáver.
La mina susurró algo al oído del pibe, cuya cara dio un vuelco de ciento cincuenta y nueve grados y despertó del todo: se le cayeron las legañas, se le desinflaron los pulmones, los bostezos se le evaporaron y las mejillas recobraron su lisura. Repasó el pibe con su mirada aquel cuerpo, y se detuvo especialmente incrédulo allí, en la pollera ajustada, y entonces él, coloreándosele ahora el rostro, le dijo que no, que no se notaba nada, momento en que ella, aprovechando el ligero frenazo del colectivo, se apoyó con fuerza en él y así pudo él comprobar que aquella mujer resultaba no serlo del todo.

El cangrejo y la muerte

Él no pensaba nunca en aquella cosa, de hecho sus padres cambiaban de canal cuando salía en la tele, o lo dejaban en casa de algún amigo cuando la cosa era de verdad y tenían que ir a aquel sitio que no era para niños, de modo que no era un tema en el que pudiera pensar porque constantemente se le había escamoteado. En el sexo, sin embargo, aunque se le ocultaba de la misma manera, sí que pensaba, sin saber cómo ni cómo no, y de vez en cuando se sorprendía con pensamientos de esa índole.
Pero un día tuvo que afrontar aquella cosa. Era un sábado templado de invierno y él exploraba la playa, que estaba llena de cañas y de corchos y de maderas y de latas y botellas y bolsas de plástico y de docenas de otros objetos (paraguas rotos, tapones, tampones, zapatillas y zapatos destrozados, jirones de ropa, etcétera; todo manchado con pegotes de galipote), que la marea había arrastrado hacia fuera. Cualquier otro fin de semana habría estado con tres amigos, pero esta vez estaba solo, y se moría de ganas por encontrar algo chulo en aquel revoltijo que el mar había vomitado sobre la playa de una manera furiosa, como si el propio mar tuviera una indigestión de tanta porquería con que lo infestan los humanos.
No podía parar de preguntarse de dónde saldrían tantas cañas: cientos, miles de cañas entrecruzadas que formaban una plataforma por la que podía caminar con cuidado a un metro sobre la arena. Caminaba despacio, fijándose muy bien en dónde ponía los pies, y deteniéndose cada dos o tres pasos para escrutar entre las cañas, a ver si encontraba algo guay que enseñarles el fin de semana siguiente a sus amigos de la playa.
Él también llevaba una caña larga para afianzarse en su avance y, de paso, tentar los objetos que iba viendo entre las cañas. Con la caña pudo comprobar que un balón de cuero estaba pinchado, que a un muñeco le faltaba la cabeza y un brazo, que un coche de juguete estaba lleno de galipote, que lo que parecía un joyero era en realidad un trozo de corcho, que lo que le pareció una pulsera de oro simplemente era un trozo de hilo dorado. Con la caña se ahorraba tener que descender entre el amasijo de cañas hasta el objeto en cuestión y comprobar si estaba en condiciones para quedárselo.
Y con la caña afrontó aquella cosa que encontró a mitad de la playa, atrapada por las cañas. Al principio le pareció una muñeca hinchable, con su pelo negro artificial y largo sin brillo, y se ilusionó, aunque no fuese a quedársela, simplemente por verla, pues nunca había visto ninguna de verdad, tan solo a través de Internet; pero en cuanto quitó con la caña la bolsa de plástico que había sobre lo que sería la cara, empezó a tomar consciencia de qué era. Es un muerto, pensó, no, es una muerta, tiene el pelo largo. Tener ese pensamiento, que se generó como una explosión en su cerebro, tuvo unas consecuencias inauditas en él. Notó cómo el pecho se le hinchaba y el cuerpo se le llenaba de una sensación de miedo, o de inseguridad; como si le hubiera salido del estómago una mano que se estuviera abriendo paso dentro de su barriga y le provocase una ligera corriente eléctrica que lo inmovilizara durante unos segundos, al cabo de los cuales cayó en la cuenta de que había dejado de respirar, así que volvió a hacerlo, expulsando todo el aire que había guardado en sus pulmones desde que vio el cadáver. La sensación se transformaba, y ahora le recorría todo el cuerpo una especie de cosquilleo lento que le provocaba un entumecimiento en los brazos y en las piernas.
Volvió a dejar de respirar cuando de la nariz del muerto asomó la pinza de un cangrejo. La reconoció de inmediato, pues era un experto en pescar cangrejos en las rocas y los conocía muy bien. Una mañana cualquiera de verano podría pescar veinte o treinta cangrejos, y con suerte alguno de esos enormes y peludos cuyas pinzas eran tan grandes como su dedo índice. El cangrejo salió, se detuvo en el labio, abrió y cerró despacio sus pinzas, se las llevó a la boca, movió los ojos y volvió a meterse lentamente dentro de la nariz.
Exhaló otra vez el aire que había quedado congelado en sus pulmones y su respiración se aceleró. Miró alrededor por si veía a alguien a quien decirle lo que había allí, pero no vio mucho. Se sentía confuso, desubicado. Su pulso se disparaba. Volvió a darle al cadáver con la caña. Estaba muy duro, muy rígido, parecía de madera, y le vino a la memoria el maniquí que habían utilizado hacía un mes en clase de gimnasia para practicar los primeros auxilios.
Al cabo de un rato dejó la caña allí mismo y se fue a su casa sin apenas darse cuenta de que volvía a su casa. Sus padres lo recibieron enfadados porque llegaba muy tarde: comían a las dos y eran las tres y media. Les dijo lo que había visto. No sé cuánto tiempo estuve mirándolo, no podía dejar de mirarlo, me he retrasado por eso, les dijo. El resto del día lo pasó en casa, sin levantarse del sofá, sin apenas hablar. Sacó sus propias conclusiones sobre aquella cosa que era la muerte, aunque a lo largo de su vida tales conclusiones fueron modificándose conforme leyó. A lo largo de su vida, sin embargo, jamás volvió a pescar un solo cangrejo.

Es imposible transmitirla

[Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas]
«—... No, es imposible; es imposible transmitir la sensación de vida de una época cualquiera de la propia existencia; lo que le confiere veracidad y significado, su esencia sutil y penetrante. Es imposible. Vivimos igual que soñamos: solos.»