29 febrero 2008

Chimeneas

Un cigarro entre los labios nos convierte en chimenea. Entre las brasas de nuestra lengua, el humo revolotea y se precipita por los conductos que desembocan en los pulmones, narguiles simétricos que van volviéndose negros al tiempo que se consume el cigarro entre nuestros labios.

Una máscara de humo danzarín cubre nuestra cara, enrojece nuestros ojos, ángel de la guarda infecto, mortífero.

La ceniza reflexiva cae despacio, nos roza la camisa e impacta contra la punta del zapato como una lágrima de barro.

Cuanto más fumamos, más se dilatan nuestras paredes, más se calientan nuestros ladrillos y más se atrancan nuestros fuelles.

Cuanto más fumamos, más chimenea somos, pero, paradójicamente, menos tiro tenemos, hasta que nos convertimos en chimenea sin resuello, sin salida, sin aliento. Chimenea sin fuego, sólo ceniza, humo, polvo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Mencanta!!

-=+

Ed. Expunctor dijo...

Ya dejará de encantarte... ¿Cuánto tiempo hace que eres chimenea? Al final uno se cansa de serlo, y entonces se suele advertir que, como los diamantes, las chimeneas son para siempre... XDDD

Anónimo dijo...

No hay nada para siempre,y si tengo que ser algo eterno,no sera una chimanea.

-=+

Ed. Expunctor dijo...

Una vez que se es chimenea, hay una parte del humo que se queda adherida a las paredes por los siglos de los siglos... Y ojalá así no fuera...