22 septiembre 2009

Prohibiciones y prohibidores

Si llegan a prohibir fumar en los bares, espero que sean consecuentes —los señoritos del poder legislativo, que vienen a ser los del ejecutivo, que nombran a la mayoría de los del judicial— y prohíban circular a los coches y funcionar a las fábricas, porque si yo te mato con mi humo, no te matan menos los humos de los coches ni los de las fábricas.

En este punto, las prohibiciones de los políticos son tan hipócritas y tan incoherentes como en tantos otros temas. Prohíben el cannabis y permiten el alcohol; prohíben el asesinato y entrenan a asesinos; prohíben la prostitución y se prostituyen ellos mismos; prohíben el robo y roban, y prevarican, y cohacen, y malversan, y manipulan, y mienten, y se justifican y se sonríen y siguen robando.

Deberían prohibirse a sí mismos, y dictar una ley tanática que les decrete su guillotina.

Macroerotismo panóptico-confuso

El macroerotismo panóptico-confuso es aquel mundo-vorágine intensivo y extremo del erotismo donde confluyen sucesiva y simultáneamente todas las facultades y aptitudes conscientes e inconscientes de los sujetos, que se dilatan y se concentran en función de la confusión de sentidos imperante en cada momento o en cada simultaneidad de momentos, pues dentro de los confines macroeróticos el tiempo se desdobla, se indetermina o queda en suspenso, según los sentidos que se junten y se mezclen, y según qué tratos hagan o deshagan.

Si en el microerotismo sólo entran en juego el fuego y la lengua, en el macroeromundo panóptico-confuso no sólo entran, sino que también salen, con un movimiento variable en rapidez y tensión, todos los órganos —que son ya pura incandescencia— que conforman el cuerpo, desde la uña del dedo índice de la mano izquierda hasta el lóbulo más íntimamente oculto del cerebro, que para un libre nadar debe ser despojado de todo lastre del que se tenga o no consciencia.

Consciencia e incandescencia: he aquí dos asideros irrenunciables del macroerotismo, guías conspicuos de la corporeidad que se despojan mutuamente de sí mismos y se reintegran. Desprendimiento y restitución: he aquí dos momentos necesarios del macroeromundo, instantes de durabilidad indefinida que se adelantan o se superponen siguiendo siempre el ritmo de la respiración, que proporciona a cada poro una galaxia de ojos reptiles y táctiles y convierte los cuerpos en un inmenso tótem panóptico-confuso.

21 septiembre 2009

Microerotismo volcánico-lingüístico

El microerotismo volcánico-lingüístico es aquella parcelita del erotismo donde concurren simultáneamente el fuego /...la lava/ y la lengua /el susurro.../, en proporciones tan minúsculas pero con tanta concentración e intensidad que no hay voces articuladas, sino suspiros intrascendentes, instintivos, reflejos, pues la lengua no puede a la vez hablar y besar, ni hay explosión, sino crecimiento, aumento, progresión, pues siendo fuego, la lengua no puede ser palabra.

Sólo conforme crece el suspiro, cuando el fuego empieza a extenderse desde la punta de la lengua —desde donde brotan los susurros primeros y las primeras chispas— y a convertir los cuerpos en vivas e inquietas incandescencias, vamos abandonando los límites del microerotismo volcánico-lingüístico y nos adentramos en los confines del macroerotismo panóptico-confuso.

20 septiembre 2009

Hasta las gafas

Aún resollando, tuvo que agacharse para recoger la llave del suelo y, temblando, trató otra vez de introducirla en la cerradura, pero ya era tarde, porque notó en su hombro cómo una mano le agarraba con fuerza, y ni siquiera gritó, porque el terror le atenazó la mente de tal manera que no pudo mover un solo músculo ni articular un solo sonido.

Con ojos sumisos se dejó caer sobre el suelo, incapaces sus piernas de sostenerle, arrepintiéndose (mientras se lo robaban todo) de las tres cerraduras (el reloj) que había instalado (la cadena de plata) dos semanas atrás (el móvil) en la puerta de su casa (el anillo de oro de su boda) para evitar (la cartera) que le robaran (su mujer, últimamente obsesionada con la seguridad, se había empeñado), pero a él (dentro de la cartera, en un ticket del supermercado, escrito con lápiz verde de ojos, estaba el número de teléfono de la mujer morena que llevaba el turno siguiente al suyo en la pescadería, la mujer del piercing en la ceja izquierda, la de aquella sonrisa) no le había dado tiempo (el maletín) ni siquiera (el portátil) a abrir (¿Y si no volvía a encontrársela?) la segunda cerradura (hasta las gafas).

La religión contra la ciencia. Historia cíclica de una oposición continua

Del mismo modo que en la Edad Media la Iglesia se oponía a que los médicos investigasen con cadáveres, en el siglo XXI la Iglesia se opone a que los médicos investiguen con células madre.

Como se observa, la Iglesia se opone sistemáticamente a los avances de la Ciencia (como leí hace poco en Buenos presagios, de Terry Pratchett y Neil Gaiman, lo de los fósiles de dinosaurios es una broma que los arqueólogos no terminaron de pillar...), porque la Ciencia destruye y aniquila las bases de las religiones, y pone en evidencia que no son más que una sarta irracional de cuentos infantiles, falacias, mitos, relatos mágicos y leyendas.

Ésta, y no otra, es la explicación de la oposición constante de la Iglesia a la Ciencia. La fe se derrumba, claudica, muere ante la razón, de ahí que la Iglesia se vea obligada a impedir y obstaculizar con todas sus fuerzas y con todo su poder el avance de la Ciencia, la luz de la razón, la claridad del intelecto racional. Y ello aún a costa de la vida de tantos hombres y de tantas mujeres...

P. D. La Iglesia, por ejemplo, no condona la vida con condones. Condena al sida. Sencillamente, señores, el Papa, entre otras cosas, hace apología de la enfermedad y de la muerte. Niega la eficacia del preservativo (la Iglesia se opone, otra vez, a la Ciencia), no ya como anticonceptivo, sino también como protector de enfermedades venéreas y mortales, casi como los pecados, que se dividen en veniales y mortales. Es decir, el Papa miente y engaña, y difunde su mentira por todo el mundo, porque esto no es una cuestión de opinión, señores, sino un hecho científico comprobado: si lo niegas eres un tonto, un ignorante o un hijo de puta, según la intención con que lo niegues y las consecuencias de tu negación.

Cualquiera diría, entonces, que el Papa no es sino Muerte, uno de los Jinetes del Apocalipsis, que disemina su semilla allá por donde pisa y arrasa con las vidas de los hombres y de las mujeres que pueblan la tierra. Cualquiera lo diría, si no fuera porque los Jinetes del Apocalipsis no existen. El Papa sí existe, y en este punto —en el punto de su contribución al contagio y expansión de la enfermedad y de la muerte a las gentes que no usan preservativo haciendo caso de lo que dice el representante de Dios en la tierra— tiene una responsabilidad. ¿Responderá? No creo.

19 septiembre 2009

La vida y el sentido

La vida es una sucesión interrumpida y discontinua de casualidades que se producen, únicamente, porque el mundo es pequeño y limitado. Tratar de ordenarlas y darles sentido es una pura obsesión metafísica, al igual que es una pura obsesión metafísica tratar de buscarle un sentido a la vida más allá de la vida misma, más allá del vivir, del estar vivo, del estar viviendo.

P.D. Al sentido de la vida hay que añadir los sentidos del cuerpo (que son seis: vista, oído, gusto, tacto, olfato y cerebro), que nos permiten disfrutar —¡y de qué maneras, señores, de qué maneras!— de la vida.

¿Hacer o no hacer?

Le bastó un par de segundos para darse cuenta de que, en realidad, aquello no tenía más importancia ni trascendencia de la que el mundo le daba, de modo que el asunto era irrelevante, y su insignificancia era tal que no podía, por más que su primera reacción fuera rechazarlo, dejarlo pasar, porque estaba allí, expuesto, exhibido ante la vista de todos, y semejante derroche de esplendor era, sin duda, una provocación, incluso un insulto, a sus ropas raídas y a sus zapatos viejos y a su estómago vacío.

Advirtió que su reacción no respondía a una iniciativa suya, sino a las directrices que le habían instalado en el cerebro a lo largo de su vida, pues desde que era pequeño le habían estado enseñando, por activa y por pasiva, que aquello no había que hacerlo porque estaba mal.

Pero, pensó, el mal no puede existir. Cayó en la cuenta de que el mal no es más que un invento de ellos, una invención que, de tan arraigada como estaba en el mundo, se tomaba como algo natural y evidente.

Así pues, una vez que tuvo clara la distinción entre lo que el mundo exigía y lo que él deseaba, actuó en consecuencia, y lo deslizó bajo su abrigo. Salió de la iglesia disimulando tanto que sólo cuando alcanzó la calle se dio cuenta de que silbaba, apretando el crucifijo de oro macizo bajo el brazo, la banda sonora de Por un puñado de dólares, que era, ni más ni menos, lo que él necesitaba.

17 septiembre 2009

El hombre que desafiaba a los transeúntes

Y sin embargo estaba sangrando. Eso sí: no sentía el más mínimo pudor. Su sangre manaba a borbotones de su nariz mientras él tosía. No tenía el más mínimo reparo en exhibirse allí, en medio de aquella plaza llena de gente. Su ropa, toda blanca, ya era de un color rojo insistente, y desprendía un olor tan rojo y tan intenso y tan densamente líquido que aturdía a todos los transeúntes que le rodeaban. Sus rostros delataban una aversión inconmensurable, pero sin embargo miraban: no podían dejar de mirar, a pesar de que sentían una repulsión máxima, una repugnancia extrema.

Miraban cómo su cuerpo se desangraba por su nariz, miraban cómo tosía con ese descaro, con esa mirada desafiante, con tanta desvergüenza que parecía un desalmado; miraban la poca consideración con que se moría, el poco aprecio que mostraba por la vida y por la muerte.

Si hasta parecía que, en los intervalos durante los que no tosía, sorbiera su propia sangre para regurgitarla a caso hecho con el siguiente ataque de tos, como diciendo me la bebo y la escupo, la vida, y me mancho la ropa, y me muero, y qué, pero con esa mirada que cualquiera diría.

Salvo mirar, ninguno de los transeúntes dijo nada, pero la mayoría hizo fotos con las cámaras de sus teléfonos. Algunos, incluso, grabaron la escena.

10 septiembre 2009

Complicaciones

Se levantó después de estar media hora esperando que sonase el despertador, se ató los cordones de los zapatos, se puso los zapatos, abotonó la camisa, se puso la camisa, abrochó los botones del pantalón, se lo embutió con alguna dificultad, masticó dentífrico, se restregó los dientes con el cepillo de dientes, se enjuagó la boca y se quitó, con unas pinzas de depilar, las legañas. Fue, antes de desayunar, a la gasolinera, y volvió al garaje de su casa con la boca llena de gasolina, abrió el depósito y escupió adentro. Repitió la operación cuarenta y siete veces, hasta que por fin, a las siete en punto de la mañana, pudo irse a trabajar. Menudo día le esperaba. Otra vez.

Se complicaba la vida de una manera...

07 septiembre 2009

Hombres-víctimas y hombres-verdugos

No hay hombres buenos ni hay hombres malos. Lo que hay son hombres que actúan dentro de las posibilidades de acción que tiene el hombre.

Hay hombres que roban, y a éstos los llamamos ladrones. Hay hombres que matan a otros hombres, y a éstos los llamamos asesinos. Hay hombres que ayudan a otros hombres, y a éstos los llamamos solidarios.

Hay, en fin, entre tantos otros, hombres que se aprovechan de la ceguera de otros hombres y dirigen sus vidas, y las ordenan, y las determinan, y las manipulan, y las formatean, y los conducen por caminos fácilmente escrutables; y si a estos hombres-víctimas los llamamos ciudadanos, súbditos, fieles, vasallos, siervos o feligreses, a aquellos hombres-verdugos los llamamos políticos, gobernantes, pastores, dirigentes, curas, líderes o papas.

06 septiembre 2009

La religión y los videojuegos: coincidencia y divergencia

Coincidencia. Al igual que en los videojuegos el jugador dispone de varias vidas, en la religión el individuo tiene, además de la suya, otra vida, con la ventaja insuperable de que esta segunda vida es eterna, opción que en el videojuego sólo puede lograrse con el truco que da al jugador la invulnerabilidad.

Divergencia. Mientras que en los videojuegos el jugador es —salvo enfermedad mental— plenamente consciente de que vive una ficción temporal que acaba cuando termina la partida, en la religión el individuo —debido a su alienación— es plenamente inconsciente de que vive una ficción que acaba cuando termina la vida.

Figuras retóricas II: “Los caminos del Señor son inescrutables”

En la oración “Los caminos del Señor son inescrutables” se aprecia la figura retórica o enfermedad mental llamada esquizofrenia, que consiste en atribuir a un ser ficticio las cosas que ocurren en la vida de las personas, principalmente aquellas desgracias y catástrofes que fastidian, hieren, destruyen, humillan, aniquilan o hacen sufrir al ser humano.

04 septiembre 2009

Figuras retóricas I: “La fe es ciega”

En la oración “La fe es ciega” se aprecia la utilización de la figura retórica llamada hipálage, que consiste en referir un complemento a una palabra distinta de aquélla a la que debería referirse lógicamente.

En este caso, hay un desplazamiento del adjetivo, pues “ciega” no se refiere a la fe, sino a la persona que dice tener fe.

Dictadura o sistema totalitario Iglesia Católica

Premisa 1: Toda dictadura o sistema totalitario prohíbe un gran número de libros.

Premisa 2: La Iglesia Católica prohíbe un gran número de libros.

Conclusión: La Iglesia Católica es una dictadura o sistema totalitario.

Así, por ejemplo, en el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum de la Iglesia Católica figura la novela Madame Bovary de Gustave Flaubert, así como una gran serie de filósofos y escritores como Balzac, Zola, V. Hugo, Nietzsche, etc.

Sin embargo, el sistema totalitario llamado Iglesia Católica no prohíbe todos los libros. En su Índice de Libros Prohibidos no figura el Mein Kampf de Adolf Hitler.

01 septiembre 2009

Se vende burro

Si te interesa comprar un burro, en “El Morata” (Calle Mayor, 2, Los Dolores, Murcia, 30011, Tlfno.: 968260319) venden uno —por motivos de crisis— mejor que Platero. El precio, a convenir, seguro que es bueno, y viene así de segunda mano:

-Pocos kilómetros.
-Buena presencia y poco consumo.
-Ecológico.
-Multiusos.
-Alegre y muy dócil.
-Sonido personalizado.
-Equipado con alforjas, jarcia y aguaderas.

31 agosto 2009

Asunción

No hay más opción que asumir las estrellas.

Podemos ponernos unas alas
de terciopelo cósmico,
ascender universo, tocarlas
y que nos arda de amor el alma,

pero todo será metáfora,
como las mariposas de la barriga.

La próxima vez que te aleteen,
destrípate
y comprueba si anidan adentro.

Te saldrá sangre y quizá bilis,
y trozos de tripas e intestinos,

pero todo será realidad,
como el dolor que te atenace.

Asumamos las estrellas,
y evitemos la ceguera que impone
lo que impera desde arriba.

29 agosto 2009

El plop del vacío al liberarse

Por más que insistió, fue incapaz de abrir aquel bote de banderillas picantes. Recordó el truco de la cucharilla, así que cogió una, hizo palanca en la ranura que quedaba entre la tapa y el cristal y, tras tres intentos, escuchó el plop del vacío al liberarse de sí mismo.

Empezó a comer banderillas, una tras otra, a una velocidad pasmosa, engulléndolas enteras: el pepinillo, la guindilla, la aceituna, el pimiento y la cebollita, todo junto, todo dentro de su boca, que masticaba y tragaba, masticaba y tragaba, así hasta doce veces. Mientras se atiborraba a banderillas pensó en el plop del vacío al liberarse, porque aquel sonido era el sonio del vacío al liberarse de sí mismo y diluirse en... Aquí su pensamiento se paraba y vacilaba, aunque su boca siguiera masticando y engullendo, pues no le parecía bien que el contrario del vacío fuera “el lleno”, o “lo lleno”, aunque en rigor lo era: el antónimo de vacío es lleno, eso lo sabía hasta un niño pequeño, de hecho él lo estudió quizá en tercero de E.G.B., pero no sabía hasta qué punto ese vacío que había dentro del bote de banderillas antes de abrirlo era realmente un vacío: allí tenía que haber algo, porque, de no haberlo, en aquel vacío estaría entonces contenida la nada, pero la nada era inconcebible, nunca nadie la había visto ni nunca nadie la vería, de modo que en aquel vacío del bote de banderillas no podía haber nada. Como su pensamiento se enredaba y se arrinconaba, mientras su boca seguía masticando una banderilla con un trozo de pepinillo enorme, se dirigió a las estanterías de la habitación y cogió el diccionario. Resultó que vacío significa, entre otras cosas, espacio carente de materia. Esto le confirmaba su primera intuición, pues la nada no puede ni siquiera estar en un espacio, pues un espacio ya es algo, aunque carezca de materia, pero ya es un espacio.

Dejó, con una nueva mancha, el diccionario en su sitio y regresó a la cocina. Cogió la última banderilla y se la metió entera en la boca abierta, que inmediatamente cerró, y tiró del palillo en que estaban ensartados el pepinillo, la guindilla, la aceituna, el pimiento y la cebollita. Masticó y, entretanto, abrió una cerveza con el mechero, haciendo palanca con su mano, y entonces volvió a escuchar el plop del vacío, y pensó que qué más daba no saber qué diablos era aquello del vacío, porque las cosas al vacío estaban realmente buenas. Nada más tener este pensamiento dejó el casco vacío de la cerveza sobre la encimera y eructó. Entonces, concluyó, éste debe de ser el eco del vacío.

28 agosto 2009

Reservas

Un día empezó a sospechar que andar con tantas reservas por la vida sólo le iba a traer complicaciones, así que cogió su agenda y el teléfono para empezar a cancelar todas las que tenía hechas.

Se sorprendió al advertir que tenía, para el próximo mes y medio, ni más ni menos que cincuenta y tres reservas en sitios tan distintos como, entre otros, un restaurante vegetariano y una corrida de toros. Tras analizar pormenorizadamente todos los lugares y eventos para los que tenía reserva, empezó a comprender que su vida era una sucesión ininterrumpida de contradicciones, porque al día siguiente, el veintinueve de agosto, tenía previsto asistir a una conferencia contra el maltrato animal y a la manifestación correspondiente, pero dos días después, el treinta y uno, tenía reserva para asistir como espectador y apostar en una pelea clandestina de perros.

Por más que se empeñase en tratar de lavar su conciencia, no dejaba de advertir las incoherencias de su vida. Si el día treinta iba a asistir a una subasta en la que pujaría por un lote de ropa Made in Bangkok del que las autoridades se habían incautado en la aduana, el primero de septiembre tenía previsto acudir a firmar en persona a las oficinas de Amnistía Internacional contra la importación y venta de ropa fabricada por mano de obra infantil, práctica de la que no se jactaban empresas como Nüke y tantas otras, que tan buena tajada sacaban de cada prenda.

Conforme pasaba las páginas de su agenda, su rostro se demudaba. Empezó a preguntarse quién diablos era y, tras un ataque de ansiedad, no supo ni quién ni qué ni cómo ni cuándo ni por qué, así que cogió el teléfono y reservó hora para el psicólogo. Tras colgar tuvo un momento de vacilación, pero finalmente marcó otro número y le pidió cita al curandero de un pueblo vecino.

Qué muerte más complicada

Nunca pensó que morir fuese tan complicado. Cuando dos tipos colocados encontraron su cuerpo, con dos agujeros en el pecho, dentro de un contenedor de basura, lo llevaron a objetos perdidos, porque le habían robado la cartera y allí, entre el olor a podredumbre que salía de las alcantarillas y los maullidos agónicos de gatos famélicos, no supieron qué hacer cuando no le encontraron ninguna identificación en los bolsillos, así que lo metieron en un carrito de supermercado y lo dejaron en la puerta de la oficina de objetos perdidos.

Allí estuvo su cuerpo dos días —¡dos días!— dentro de la caja de un contrabajo. Al tercer día llegó el forense, abrió aquella caja y dictaminó, inmediatamente y sin ningún tipo de examen preliminar ni posterior, “una muerte por sendos disparos de bala del calibre cuarenta y cinco que han impactado en cada uno de los ventrílocuos del corazón”.

—Ventrículos —se corrigió, carraspeando—. Siempre los confundo —añadió en voz baja, casi avergonzado, antes de toser y dar otra calada a su cigarrillo. Lo apagó en uno de los cierres dorados de la caja del contrabajo y lo arrojó a la papelera, pero la colilla cayó al suelo, a metro y medio de su objetivo—. Siempre fallo... —dijo, afligido, mirando los ojos abiertos del difunto.

En aquella misma caja transportaron su cuerpo al depósito de cadáveres, pero hubo un accidente, un choque en cadena sobre el puente, y la caja, cerrada, cayó al río. Cuatro días después la encontraron veinte kilómetros río abajo, entre unos matorrales que se comían el agua con un ímpetu de pitón.

Por fin llegó al depósito, donde permaneció los siete días reglamentarios a la espera de que alguien lo reclamara, pero nadie lo reclamó. Sin embargo, lo visitaron varias personas que buscaban a sus respectivos desaparecidos. Una pareja de ancianos que preguntaba por su hijo, cuya descripción era parecida a la de nuestro muerto.

El lector ya imaginará que el cuerpo de nuestro difunto estaba gravemente deteriorado, pues había servido de banquete a cangrejos, peces, gusanos, moscas, ratas y, por último, a un perro hambriento que se llevó gran parte de las piernas y de los brazos. Aún así, hubo un tipo que hizo una reconstrucción a lápiz del rostro, y aquel rostro, el que había dibujado aquel tipo, se parecía infinitamente al hijo de aquella pareja de ancianos.

—Pero no es él —se resignó el hombre—. Ésta no es su cara.

También: una mujer de cincuenta y pocos años, un chico de veintitantos, otra pareja de ancianos, una mujer de cuarenta y tres y diecinueve estudiantes de medicina, que le abrieron el pecho, extrajeron las balas y volvieron a coserlo, pero no hicieron nada por reconstruirle los brazos o las piernas, que eran las partes de su cuerpo que mayores desperfectos presentaban.

Pasados los siete días reglamentarios y las veintiséis personas que lo visitaron, el enterrador se llevó su cuerpo dentro de una bolsa negra. De haber estado vivo se habría alegrado de que, a pesar de no haber sido reclamado por nadie —¡y a pesar de todos los amigos que tenía!—, no hubiesen oficiado ninguna ceremonia para fingir que aquél no era el fin, que ahora vivía otra vida mejor.

Pero no estaba vivo, así que ni le importaba ni le dejaba de importar. Nada. Se trataba de un hecho absoluta y radicalmente indiferente para él, aunque no para su memoria, pero su misma memoria era historia. Así que el enterrador lo bajó de su furgoneta frigorífica y lo metió directamente en uno de los nichos destinados a los indigentes y a los sin nadie. No guardó el cuerpo dentro de la correspondiente caja de madera, porque en aquella ciudad había muchos indigentes y muchos sin nadie, y la madera la vendía a buen precio a un amigo carpintero. Así, al menos, podía permitirse algunos lujos, y sabía que a ellos, a los muertos, les importaba un pito. Como él decía:

—Ni les importa ni les deja de importar. Están muertos, y ya.

También cogía las cruces de oro y los marcos de plata que mucha gente dejaba sobre las tumbas, o en la repisa de los nichos, y los vendía a buen precio a un joyero amigo suyo, que los transformaba en nuevas cruces y nuevos marcos, y anillos, y collares, que vendía a mejor precio.

Después de tapiar el nicho y colocar la lápida de yeso en la que él mismo escribió algo a lápiz, volvió a su furgoneta y se fue.

Y allí se quedó nuestro difunto, con el cuerpo medio amputado, rajado y cosido, metido en una bolsa de plástico negro, sin un mísero ataúd que custodiara sus huesos, tras una placa de yeso en la que apenas se podía leer este garabato:

Juan Nadie 236.932

Pero qué más le daba al muerto. Ni le importaba ni le dejaba de importar. Estaba muerto, y ya.

Trece días antes de que el enterrador escribiese aquel número en la lápida de yeso, uno de los tipos que habían encontrado un cadáver en un callejón se dio cuenta de que el otro, su colega, le había tomado el pelo, porque el muy cabrón tenía debajo del fregadero, detrás de los botes vacíos de cerveza, la cartera del muerto que se habían encontrado la tarde anterior. Antes de que su colega saliera del baño, sacó los cincuenta y cinco euros que había en la cartera y se los guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. A él tampoco le importaba que su colega le hubiera engañado. Ni le importaba ni le dejaba de importar, por lo que si yo fuera el enterrador diría que estaba muerto, y ya.

27 agosto 2009

La muerte y la fiesta

Yo no sabía que la muerte y la fiesta estaban tan íntimamente próximas. Recientemente descubrí que hay gente que va al tanatorio después de salir de fiesta, no porque algún amigo haya fallecido la noche de autos, sino porque el tanatorio, que tiene cantina, sigue abierto cuando ha cerrado todo lo demás. Anteayer, a las 6.30 a.m., me enteré en la barra de Mundaka, en la Carretera de Santa Catalina, de que una Heineken cuesta en el Tanatorio Arco Iris un euro y medio, mientras que en Mundaka cuesta tres (esto es lo que le reprochaba un cliente a la camarera).

Gran negocio, pues, el de las pompas fúnebres, que, además de servir de lugar de reunión para quienes sufren la pérdida de un familiar o un amigo, da de beber a aquéllos para quienes las ocho de la mañana es aún temprano para recogerse.

24 agosto 2009

Imposibilidad ontológica

Cómo contarte,
con qué palabras decirte,
cómo hacer para que comprendas,

(la poesía no sirve para este menester)

si no puedes entenderlo

(esto no es poesía, no quiere serlo)

porque todas tus lápidas
bloquean mis palabras
y sólo te quedan sordos los oídos
y llenos de cemento los ojos,

(no son metáforas, sino realidad
tus ojos y tus oídos formateados)

porque tu ser... Tu ser
es un ser ajeno.

(Han modelado tu ser).

No me escuchas.
¿Lo ves?

(Estas ya no son letras,
ni siquiera herejías.
Son payasadas
para que tú te rías
de las rimas fáciles
con tristes melodías).

No lo ves,
ni puedes verlo,
porque no escuchas.

¡Ni siquiera sabes de qué te hablo!

10 agosto 2009

El gato que fue Dios

—He aquí un gato del Diablo: la purísima reencarnación del Maligno nos acecha.

Pues no. He aquí un gato tímido, introvertido, huraño. Un gato que conoce al ser humano y sabe con toda precisión que el hombre es el único responsable de todo el mal y de todo el bien que hay en la Tierra. El gato, que ya fue Dios en religiones antiguas, queda hoy relegado a mascota, animal doméstico, felino salvaje que deambula con sigilo por callejones y contenedores de basura. Y tú, a este Dios que fue gato, a este gato que ha sido Dios, lo desprecias.

Por eso un día tu Dios será otra mascota, animal doméstico o criatura salvaje.


13 julio 2009

Y es lo que hay

¿Prefieres a ETA o a Al-Qaeda?

¿Prefieres a ETA porque ha asesinado a menos personas, o a Al-Qaeda porque ha asesinado a muchas más?

Pues yo no prefiero a ninguno, tío. Los repugno a todos, porque la diferencia entre ambos es cuantitativa, no cualitativa. Son esencialmente iguales. Estás de acuerdo en esto, ¿no?

Con las religiones ocurre lo mismo. La diferencia es cuantitativa, no cualitativa. Todas son esencialmente iguales, y sólo aparente y falsamente distintas. Han inventado a Dios para reprimirte, para controlarte, para anular tu voluntad, para llenarte de prejuicios, de tabúes: para convertirte en una persona incapaz de manifestar sus pensamientos, porque han sepultado tu identidad bajo toneladas de manipulación.

Tú no sabes quién eres, tronco: si crees en Dios, tú aún no sabes quién eres, porque eres otro borrego más, otra oveja del rebaño dirigida por los pastores. ¡No sabes quién eres, porque te han dicho -y tú lo has creído- que eres hijo de Dios, tío...! Te dicen que eres hijo de Dios y te lo crees. Pero esto te lo han dicho desde el principio, desde que eres un niño, y esa afirmación ha arraigado tan fuerte y hondo en tu subconsciente que eres inepto para plantearte seriamente la cuestión.

Si no ves esto, estás ciego.

¿Te has dado cuenta de que el Dios que te venden es justamente lo contrario de lo que tú eres? Dios es lo contrario del hombre, el polo opuesto a la naturaleza humana, y no puede ser otra cosa porque el hombre sólo puede construir conceptos a partir de su realidad, de forma que el hombre inventó a Dios a imagen opuesta de sí mismo. Tú eres mortal, finito, tu conocimiento es muy limitado, sólo puedes estar en un sitio, tu poder está restringido... Frente a ti, Dios es inmortal, infinito, omnisciente, ubicuo, omnipotente... Por eso lo amas, tío, por eso lo amas... Yo también amaría a alguien así, pero -seamos cuerdos, y no locos enajenados- alguien así no existe.

¿Lo ves o no lo ves?

Dios es una farsa, una ficción, una mentira, un cuento, una leyenda, un mito, una ilusión, una falsa esperanza que han tejido a lo largo de los siglos para tenerte sometido al poder terreno de ciertos hombres que te manipulan sin piedad, para tenerte callado, conforme, silenciado, mudo, inerte, pusilánime, temeroso, acojonado.

¡Tú no tienes alma, tío, tú no tienes espíritu! Eso no existe, tronco Eso son falacias. Lo único que tienes es tu cuerpo y tu mente, y punto. No hay nada más. Todo lo demás son tonterías que creen los ingenuos como tú. No eres un ser adulto: eres un niño, inconsciente, irresponsable, incapaz de aceptar y enfrentar la realidad tal y como se muestra ante ti.

Y la realidad es que Dios no existe. Lo que existe es una palabra que se utiliza para infundirte miedo: infierno, y otra palabra que se utiliza para infundirte esperanza: salvación.

¿Salvación de qué? ¿Tan poco vales que necesitas que te salven de la vida?

¡Eres un ingenuo, tío! Eso es lo que eres: un ingenuo.

Tu único problema es que tienes tan arraigadas las creencias que te han inculcado en tu educación y en tu entorno cultural, las ideas con las que te han adoctrinado y reprimido a lo largo de tu vida, que eres literalmente incapaz de pensar la realidad de una forma racional, porque al atisbar lo que implica se te cae el mundo encima y te acojonas. Te aterra pensarlo.

Y esto es lo que pasa. Que siempre estás acojonado. El sistema quiere personas como tú: personas acojonadas, que no se atrevan a enfrentarse a la puta realidad. Por eso en el sistema la religión es fundamental: porque la religión reprime, oprime, constriñe, actúa en el subconsciente... Y lo que te han metido en el subconsciente es sumamente difícil de sacar. Tu miedo pánico a una situación de conflicto extremo con alguien hace que rehuyas cualquier enfrentamiento, tío. ¿No te das cuenta? Eres incapaz. ¿Crees en Dios y no contemplas siquiera la posibilidad remota de que exista vida extraterrestre? ¿Qué te crees, que eres el centro del universo? Tú eres un flipado, tronco, pero no tienes toda la culpa, si esto te sirve de consuelo, como te sirve de consuelo pensar que después de esta vida te vas a ir al cielo, a la derecha de Dios Padre (la Trinidad, ese cúmulo de contradicciones que sólo se puede superar inventando el concepto de “fe”, un concepto irracional, primitivo, atávico, absurdo, ilógico: un concepto que atenta contra la misma naturaleza del ser humano, tío...).

Es lo que hay, y punto. Pero eso sí, si no te gusta la realidad, sigue alucinando con tu fantasía demencial de seres supremos que te van a salvar de la vida y de la muerte.

Ésta es la frase: es lo que hay, y punto. Lo aceptas, o no lo aceptas. Tú eliges, tío. Tú eliges, si es que puedes elegir, aunque la verdad es que lo tienes muy difícil, tronco: para ti, elegir es muy difícil, tío, casi imposible, porque te han arraigado las creencias religiosas con tanta fuerza y con tanta constancia y a tanta profundidad que consideras que yo estoy loco, tío. Pero yo te acepto como eres, ¿entiendes? Yo te acepto con tus fantasías irracionales. ¿Tú me aceptas? ¿Eh? ¿Tú me aceptas? Si no recuerdo mal tu religión dice que ames al prójimo. Yo no te amo porque no tengo religión: yo te comprendo y te acepto. ¿Tú me amas? ¿Eh? ¿Tú me amas, tío, tú me amas a mí? Tu religión te lo ordena en su segundo mandamiento, y disculpa que me diriga a ti, cristiano católico y apostólico, pero ésta es la religión que me ha hecho pasar casi 32 años de mi vida sin saber quién era. Pero ahora sé quién soy, tío, ahora sé quién soy: soy yo, tronco, y tengo una fuerza mental que me ha cambiado hasta la voz, hasta el color de los ojos, hasta la forma de gesticular. Eso es lo que pasa cuando te liberas: que te sientes, tío, que te sientes a ti mismo, que sabes quién eres. Homo, nosce te ipsum, decía el Oráculo de Delfos, pero la mayoría de hombres no pueden conocerse a sí mismos porque están castrados por la guadaña de la religión.

11 julio 2009

He vuelto

Y ahora soy ateo, es decir, soy realista racional.


Exactamente, ahora.


Ahora tengo plena consciencia de la inexistencia de Dios (palabra que se escribe con mayúscula porque es un nombre propio, igual que Antígona o Teseo), no tengo ni una sola duda de la falacia que constituye dicho concepto. Barajar siquiera la posibilidad de que exista es propio de alienados, y yo antes barajaba esta posibilidad también, junto a la posibilidad de su inexistencia. Yo, que criticaba a los alienados, estaba, sin ser consciente de ello, alienado.


Ahora puedo decir, y digo, que Dios no existe. Y no pasa nada. La razón y la realidad lo confirman, y quien no lo ve es porque está ciego, lleno de problemas psicológicos y traumas inculcados y determinados por el peso lapidario de la tradición religiosa en la que se ha desarrollado como individuo y que le ha amputado la capacidad de ver, la competencia para dialogar y para discutir. Y tiene una parte de culpa, pero no toda la culpa. La culpa mayor sólo es atribuible a quienes idearon los sistemas religiosos y a quienes los sustentan a día de hoy.


Hay que aceptarlo.


Es durísimo, porque la realidad es terrible, cruda y sin concesiones, y eso asusta mucho al principio. Es tener la certidumbre de que sólo hay un abismo de nada tras la vida, la certidumbre de que después de la vida no hay absolutamente nada, nada. Y al aceptarlo te liberas de todos los pesos, de todos los lastres que te han echado encima a lo largo de tu vida en el ámbito familiar, laboral, económico, político, religioso, cultural, deportivo, etcétera. En todos los ámbitos de tu vida durante toda tu vida, todos los días de tu vida, como un goteo constante e incesante que durante tantos años mina y amputa, en tu subconsciente, tu personalidad.


La realidad es lo único que existe, no las ficciones de seres supremos que nos van a salvar. ¿A salvar de qué? ¿De la vida? ¿Nos van a salvar de la vida? Pero resulta que lo único que existe es la vida, la realidad. La desnuda realidad. Es lo que hay. Y punto. Y la aceptas o no la aceptas, pero si no la aceptas tienes que recurrir a los cuentos infantiles de la religión, y entonces resulta que no eres adulto, sino un niño que vive engañado. Porque si nunca hubieras descubierto que los Reyes Magos son los padres y te siguieran dejando regalos el 6 de enero en tu balcón, seguirías creyendo en ellos: ¡Seguirías creyendo en los Reyes Magos!

12 octubre 2008

11 octubre 2008

Palíndromos varios

ATAR AL HADA, CROAR, AHORCADA LA RATA

A CROAR, AHORCA

A CROAR, ASAR, AHORCA

SALAR AHORCA, CROAR ALAS


¡ARRE! PAREMOS A LA SOMERA PERRA


LA METE MAL


ÁGIL SOTA, A TOS LIGA


SALAR SALAS RALAS


10 octubre 2008

Poesía matemática


ALBERGA ÁLGEBRA

(letra numérica / palabra matemática)
= igual =
(mente poética)

(poematemática)

09 octubre 2008

Manifestacionarte, o el entierro del arte

Ayer por la mañana leí en un periódico gratuito que a las ocho de la tarde había una manifestación contra la censura (ya saben de qué hablo: de cómo el PP de Murcia censuró, prohibió la actuación de Leo Bassi programada en el Festival AlterArte), así que a las ocho me planté allí, en Santo Domingo. Me dieron una pegatina, pillé una máscara blanca con la boca tapada y, como siempre estoy en el sitio adecuado en el momento preciso, cuando me quise dar cuenta me encontré sentado en el suelo con la máscara puesta, rodeado por un montón de gente vestida de color oscuro con sus máscaras blancas de protesta.

Fue entonces cuando pensé que, más que en una manifestación, estábamos en un entierro: los tipos con las máscaras éramos los restos de un accidente que se había cobrado la vida de la libertad de expresión. He ahí la víctima. El asesino, en cambio, no estaba allí, pero todos sabemos quién es: el de la boca negra y las manos sucias y la mentira presta. He ahí el tirano.

Porque, pensé, la censura es propia de estados dictatoriales, de estados fascistas, de autocracias que se retroalimentan de sí mismas, de la más pura endogamia política. Es propia de tiempos pasados en los que el poder omnímodo lo tenía el dictador en su puño tirano.

Sin embargo, en pleno siglo XXI y en una ciudad de un estado social, democrático y de derecho, practican la censura unos políticos pletóricos de perras para perpetuar su partido en el poder: el político imperante pretende imponer su pensamiento pestilente y que el pueblo se pudra entre patrañas.